La guerra en Medio Oriente entre narrativas y hechos
27 de Marzo de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: La guerra en Medio Oriente entre narrativas y hechos
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
La situación en Medio Oriente constituye una guerra híbrida en la que se entrelazan dimensiones militares, financieras, económicas, energéticas y civilizadoras. En este entramado convergen hechos, intereses y narrativas, configurando un escenario donde lo material y lo simbólico operan de manera simultánea.
En este contexto, se encuentran en juego factores geopolíticos orientados a la configuración de una nueva arquitectura global de carácter multipolar y multidimensional.
Desde esta perspectiva, los hechos no pueden disociarse de los intereses que los estructuran. Comprender el conflicto exige, por tanto, una lectura paralela de las narrativas en disputa. Surge entonces una pregunta central: ¿por qué las narrativas entre Teherán y Washington resultan tan divergentes?
Mientras Irán asume una lógica de guerra prolongada, Washington -particularmente en el discurso de Donald Trump- sostiene que el conflicto se encuentra bajo control estratégico e incluso en una fase favorable para Estados Unidos. Esta disonancia narrativa obliga a revisar los hechos verificables que han configurado la dinámica reciente del conflicto.
Para comprender esta divergencia no basta con un análisis coyuntural de los hechos; se requiere un marco interpretativo capaz de dar cuenta de la transformación estructural del sistema internacional. En este sentido, la noción de Tercera Modernidad no debe entenderse como una simple periodización histórica, sino como una mutación civilizatoria del orden moderno.
Si la Primera Modernidad se articuló en torno a la expansión imperial bajo el esquema westfaliano del Estado nacional, comprendida entre los siglos XVI y XX, la Segunda Modernidad puede definirse como un periodo estructurado inicialmente por la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética y, posteriormente, por la consolidación de una unipolaridad global bajo la hegemonía de Washington. En este marco, se configura el régimen liberal/neoliberal como modelo dominante de organización estatal y económica a escala global.
Esta etapa se caracteriza por la centralidad de flujos estratégicos -energía, información y capital- como ejes de articulación del poder. De ello deriva una redefinición de la soberanía de otros Estados que pasan a operar, en distintos grados, como estructuras funcionalmente subordinadas dentro del sistema internacional, particularmente durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del siglo XXI.
En la Tercera Modernidad emerge un nuevo horizonte multipolar en lo geopolítico general y una tripolaridad hegemónica planetaria -Rusia, China y Estados Unidos-. El poder ya no se define exclusivamente por el control territorial, sino por la capacidad tecnológica de intervenir, regular y legitimar sistemas complejos en un entorno global interdependiente y altamente interconectado.
Los hechos visibles de la guerra en Medio Oriente
El punto de inflexión puede situarse a finales de febrero de 2026, con una ofensiva atribuida a la coordinación entre Washington y Tel Aviv, denominada Epic Fury, dirigida contra objetivos estratégicos en territorio iraní. De acuerdo con fuentes de verificación internacional como Reuters y Financial Times (2026), los ataques habrían buscado degradar capacidades clave vinculadas a la defensa iraní, en un contexto de creciente riesgo de escalada regional. Fue presentada como una intervención de “decapitación de régimen”; sin embargo, la información sobre la muerte del líder supremo iraní Alí Jamenei no cuenta con confirmación plena en fuentes internacionales, por lo que debe considerarse dentro del campo narrativo en disputa, incluyendo su eventual sustitución por Mojtaba Jamenei.
En respuesta, Irán calificó la operación como una violación de su soberanía, invocando el derecho a la autodefensa. Esta reacción habría incluido ataques contra objetivos israelíes y posiciones asociadas a Estados Unidos en la región del Golfo, evidenciando una ampliación del teatro de operaciones, según reportes recogidos por The Washington Post (2026).
Diversos informes, provenientes de fuentes abiertas y reportes regionales, señalan el uso de misiles y vehículos aéreos no tripulados contra instalaciones militares en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin e Irak. No obstante, el nivel de confirmación pública sobre impactos directos en todas estas bases es desigual, por lo que estos reportes deben interpretarse con cautela analítica y como información en disputa.
Asimismo, se han registrado acciones de proyección extendida -directas o indirectas- hacia instalaciones estratégicas fuera del teatro inmediato del conflicto. Más que evidenciar un control operacional sostenido, estas acciones sugieren una capacidad de disuasión ampliada.
En el plano energético, se reportan afectaciones en instalaciones petroleras y gasíferas en países del Golfo; sin embargo, de acuerdo con coberturas de medios como The Guardian (2026), la evidencia disponible permite hablar con mayor precisión de interrupciones parciales y presiones estratégicas, más que de una disrupción sistémica del sistema energético regional.
En el plano táctico, la guerra asimétrica adquiere centralidad. El uso intensivo de drones de bajo costo introduce una lógica de desgaste en la que el costo de defensa estadounidense e israelí supera significativamente al de ataque iraní, según análisis difundidos por HuffPost (2026).
Por parte de Estados Unidos, se ha documentado el despliegue de activos navales, incluyendo grupos de portaaviones y destructores. De forma paralela, según reportes atribuidos a fuentes iraníes -sin confirmación independiente en medios de verificación internacional-, se habría producido un ataque al portaaviones USS Abraham Lincoln (CVN-72) y al USS Gerald R. Ford, mientras que Washington sostiene que algunos incidentes corresponden a accidentes operativos. En la misma línea, se mencionan ataques a destructores, el derribo de un dron MQ-9 y afectaciones a aeronaves militares, así como el accidente del Boeing KC-135 Stratotanker. Estos eventos deben ser considerados como parte del campo narrativo en disputa.
En el caso de Israel, el sistema Domo de Hierro ha mostrado tensiones operativas ante la intensidad de los ataques, evidenciando los límites de los sistemas de defensa frente a estrategias de saturación, sin omitir los costos humanos y las pérdidas civiles asociadas al conflicto.
En términos generales, predomina una estrategia de desgaste acumulativo, donde los actores privilegian impactos selectivos sobre capacidades estratégicas antes que confrontaciones directas de gran escala, junto con una intensa guerra cognitiva y narrativa orientada a imponer interpretaciones.
Dimensión global y energética
La escalada adquiere una dimensión global al involucrar infraestructura energética y rutas marítimas críticas, con potenciales efectos desestabilizadores sobre el suministro regional, de acuerdo con análisis de The Guardian (2026).
En este contexto, se han reportado restricciones marítimas selectivas en el Estrecho de Ormuz que, según coberturas de The Washington Post (2026), no constituyen un cierre total, sino medidas intermitentes de presión estratégica. Este corredor representa aproximadamente el 20% del tránsito mundial de petróleo y se encuentra bajo una influencia geoestratégica significativa de Irán.
La intensificación del conflicto a inicios de marzo generó volatilidad inmediata en los mercados energéticos, conforme a reportes de Bloomberg (2026). Hacia finales del mes, los precios del crudo se ubican en rangos elevados, reflejando un entorno de alta incertidumbre geopolítica.
Posteriormente, el conflicto entra en una fase de estancamiento relativo, caracterizada por la ausencia de una victoria decisiva y por dificultades en los procesos de negociación, según Reuters (2026).
Cabe aclarar que, antes del conflicto, el Brent Crude Oil y el West Texas Intermediate (WTI) se mantenían en equilibrio (65–70 y 59–65 dólares). Con la escalada, los precios superaron los 100 y rozaron los 119, impulsados por el riesgo geoestratégico.
Hoy, 26 de marzo, el Brent (105–108) y el WTI (93–95) reflejan una estabilidad sui generis, alta pero tensa. El petróleo deja de ser solo un commodity: su precio expresa una prima de riesgo geoestratégico que reordena la dinámica energética global (Reuters, 2026; Bloomberg, 2026 y portales especializados en mercados energéticos).
Simultáneamente, se observa una fractura interpretativa: mientras en Occidente se conceptualiza el conflicto como una estrategia de contención, otras lecturas, provenientes de medios con alineamientos geopolíticos alternativos como Sputnik y Global Times (2026), lo interpretan como evidencia de una transición hacia un orden multipolar.
Narrativas en conflicto: soberanía vs. contención
La posición iraní respecto a un eventual cese de hostilidades no se presenta como un alto al fuego convencional, sino como una formulación condicionada de soberanía estratégica. Entre sus planteamientos destacan el cese de ataques, garantías verificables de no repetición, reconocimiento de soberanía, mecanismos de responsabilidad internacional y reparación de daños, según Reuters y Financial Times (2026).
Este enfoque introduce una juridificación del conflicto que puede analizarse desde las categorías del derecho internacional público. En términos de ius ad bellum, Irán fundamenta su actuación en el principio de legítima defensa frente a lo que considera una agresión externa, buscando legitimar el uso de la fuerza en el marco normativo internacional. No obstante, esta justificación permanece en disputa, en tanto la calificación jurídica de Estados Unidos sobre los hechos -ataque preventivo, represalia o agresión- es objeto de interpretaciones divergentes.
Este debate remite al marco normativo establecido por la Organización de las Naciones Unidas, particularmente a su Carta fundacional. El artículo 2.4 consagra el principio de prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, mientras que el artículo 51 reconoce el derecho inherente de legítima defensa en caso de ataque armado. La tensión entre ambos preceptos constituye el núcleo jurídico del conflicto.
En paralelo, el desarrollo de las hostilidades remite al ámbito del ius in bello, es decir, al conjunto de normas que regulan la conducción del conflicto armado, particularmente en lo relativo a la distinción entre objetivos militares y civiles, la proporcionalidad en el uso de la fuerza y la limitación de daños colaterales. En este punto, tanto las acciones iraníes como las operaciones atribuidas a Estados Unidos e Israel se encuentran bajo escrutinio internacional.
Asimismo, la exigencia de garantías y mecanismos de no repetición introduce la dimensión de la responsabilidad internacional del Estado, desplazando el conflicto hacia una dinámica jurídico-política. Esto implica no solo el eventual reconocimiento de violaciones al derecho internacional, sino también la posibilidad de reparación, sanción o compensación, lo que complejiza cualquier salida negociada.
En contraste, la postura asociada a Donald Trump puede interpretarse también desde un fundamento jurídico implícito. La noción de defensa preventiva opera como una reinterpretación expansiva del ius ad bellum, orientada a neutralizar amenazas antes de su materialización. A su vez, la lógica de seguridad colectiva, inscrita en el sistema de la Organización de las Naciones Unidas, permite enmarcar la actuación estadounidense como parte de un esfuerzo de estabilización regional en coordinación con aliados.
Finalmente, la referencia a la estabilidad del sistema internacional introduce una dimensión funcional del derecho, en la cual el uso de la fuerza se vincula con la preservación de equilibrios estratégicos globales. En este sentido, de acuerdo con Associated Press (2026), el extitular del Centro Nacional Antiterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent, declaró que “Irán no representaba una amenaza inminente” y que el ataque a Irán fue producto de presiones de Israel.
De este modo, mientras Irán busca inscribir el conflicto en una lógica de juridificación explícita -centrada en soberanía, responsabilidad y reparación-, Estados Unidos articula una racionalidad jurídico-estratégica más flexible, en la que la legalidad se entrelaza con consideraciones de seguridad, prevención y estabilidad sistémica.
La divergencia entre ambas posiciones no es meramente táctica, sino estructural: expresa la coexistencia de dos racionalidades jurídicas en tensión, una de carácter normativo-restrictivo y otra de naturaleza estratégico-funcional. En consecuencia, no solo se confrontan intereses geopolíticos, sino concepciones distintas sobre la función del derecho en la regulación del sistema internacional.
Algunas conclusiones
El sistema internacional evidencia una transformación profunda de su lógica de funcionamiento: la guerra deja de ser un instrumento excepcional y se convierte en un mecanismo de reorganización del poder global.
En el horizonte de la Tercera Modernidad, la soberanía ya no se define únicamente por el territorio, sino por el control de flujos estratégicos —energía, tecnología, información y capital—, mientras que el derecho internacional se consolida como un campo de disputa por la legitimidad del poder.
En este marco, el conflicto en Medio Oriente no anticipa una paz convencional, sino la configuración de una nueva arquitectura de poder. La propuesta estadounidense busca administrar la guerra; la iraní, redefinir sus condiciones de legitimidad.
La disimilitud entre las narrativas de Teherán y Washington no es producto de percepciones divergentes sobre los hechos, sino el síntoma de una fractura profunda del sistema internacional. Estados Unidos interpreta la guerra desde una lógica de gestión y contención orientada a preservar su arquitectura e influencia; Irán, en cambio, la concibe como un momento constitutivo para redefinir las condiciones de soberanía, legitimidad y juridicidad del sistema internacional.
En la Tercera Modernidad, el conflicto no representa únicamente una disputa regional, sino un proceso de recomposición sistémica y multipolar en el que se rearticula la relación entre poder, soberanía y orden global.
Amanera de prospectiva
La evolución del conflicto en Medio Oriente no dependerá solo de la correlación de fuerzas, sino de la redefinición de los marcos de legitimidad del uso de la fuerza. Los equilibrios serán inestables, dado que la guerra híbrida actúa como mecanismo de ajuste. Más que una resolución, emerge una incertidumbre estructural en la que la soberanía se redefine según capacidades tecnológicas, control de flujos estratégicos y disputas por legitimidad global.
Referencias:
• Bloomberg. (2026). Mercados energéticos ante la escalada en Medio Oriente.
• Financial Times. (2026). Iran and US: conflicting narratives on Gulf conflict.
• HuffPost. (2026). Drone warfare and asymmetric tactics in the Middle East.
• Reuters. (2026). Middle East conflict updates: strategic developments.
• Sputnik. (2026). Analyses on US-Iran tensions and multipolar order.
• The Guardian. (2026). Energy infrastructure under threat in the Gulf.
• The Washington Post. (2026). Regional escalation and military operations in the Gulf.
• Global Times. (2026). Interpretations of the Middle East conflict from China.
• Associated Press. (2026). US counterterrorism official comments on Iran attack.



