Tercera Modernidad, desdolarización y Forex: anatomía de una hegemonía en disputa
20 de Marzo de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
En el umbral de 2026, la discusión sobre la desdolarización ha abandonado el terreno de la conjetura para instalarse como un problema estructural del orden global. Sin embargo, su formulación habitual -el fin del dólar frente a su continuidad- constituye una falsa disyuntiva. La evidencia empírica reciente sugiere un proceso más complejo: no asistimos a la desaparición de la hegemonía monetaria estadounidense, sino a su transformación en el marco de una Tercera Modernidad caracterizada por la multipolaridad, la guerra multidimensional y la mutación tecnológica.
La lectura convergente de Financial Times, The Economist y The Washington Post apunta a un fenómeno inequívoco: diversificación monetaria sin ruptura sistémica. El dólar pierde peso relativo, pero no funcional; disminuye su participación, pero no su centralidad operativa. En este matiz reside la clave interpretativa del presente.
Así, en la economía global contemporánea, más que anunciar el fin del dólar, se plantea una interrogante de fondo: discernir si asistimos a su declive o a su transformación. En este marco, la cuestión central emerge con claridad: ¿la desdolarización implica la sustitución de la hegemonía monetaria estadounidense o su transformación en un orden multipolar y tecnológicamente mediado?
La evidencia empírica y el análisis estructural sugieren que no estamos ante un proceso de sustitución hegemónica, sino frente a una transformación del poder monetario en un entorno multipolar, financieramente tensionado y crecientemente mediado por la innovación tecnológica.
Forex, blockchain y CBDC en la reconfiguración del orden monetario
La Tercera Modernidad no implica la superación del sistema financiero, sino su transformación interna desde una lógica multipolar dinamizada por la revolución tecnológica -particularmente en inteligencia artificial y ciencias computacionales aplicadas al ámbito financiero y monetario-. En esta fase histórica coexisten integración y fragmentación, incluso en un contexto de conflictividad geopolítica y guerras multidimensionales -como las que se observan en Ucrania, Medio Oriente y Taiwán-, donde se enfrentan, mediante guerras proxy, las potencias del llamado Occidente colectivo -encabezado por Estados Unidos- y el bloque euroasiático articulado en torno a Rusia, China, Irán y Corea del Norte, con proyecciones en el espacio BRICS y el Sur Global.
Desde la perspectiva de la guerra financiera, esta etapa puede comprenderse a partir de tres elementos estructurales: el Forex, la blockchain y las CBDC. Se trata de tres niveles analíticos de una misma transformación histórica: la mutación del dinero como instrumento económico, dispositivo político y vector de poder efectivo.
El Forex (Foreign Exchange) designa el mercado global de divisas: un sistema descentralizado donde se intercambian monedas a partir de la oferta, la demanda y variables macroeconómicas. Mueve alrededor de 9.6 billones de dólares diarios, según el Banco de Pagos Internacionales (BIS, 2025), una magnitud que no solo evidencia su escala, sino su función: ser el espacio donde se materializa, cotidianamente, la correlación de fuerzas del sistema económico y financiero mundial. No posee una sede física única; funciona como una red interconectada entre bancos, fondos de inversión, bancos centrales y operadores. En él se determina el valor relativo de las monedas y se reproduce la jerarquía monetaria global, con una centralidad persistente del dólar. Es, en términos estructurales, el espacio donde se expresa la correlación de fuerzas entre economías, configurando una arquitectura financiera profundamente asimétrica.
Por su parte, las monedas digitales de banco central (CBDC, por sus siglas en inglés) constituyen una forma de dinero emitido directamente por una autoridad monetaria en formato digital. No se trata simplemente de “dinero digital” en el sentido bancario convencional, sino de una transformación de la arquitectura monetaria y financiera: a diferencia de los depósitos -pasivos de bancos privados-, las CBDC son pasivos directos del banco central, equiparables al efectivo, pero en versión digital. En consecuencia, pueden definirse como instrumentos monetarios digitales, denominados en la unidad de cuenta nacional, emitidos y garantizados por la autoridad monetaria, destinados a cumplir funciones de medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor. Su especificidad radica en la capacidad de control, trazabilidad y eventual programabilidad del dinero (Reuters, 2025).
Las CBDC se consolidan como instrumentos de soberanía en un orden monetario en transformación, aunque su desarrollo es asimétrico. China lidera con el e-CNY, combinando escala y proyección geoeconómica, mientras que casos como India o Nigeria responden a lógicas domésticas de inclusión y eficiencia, sin alcance sistémico. Otros proyectos, como el euro digital, continúan en construcción. Así, las CBDC no constituyen aún un nuevo orden, pero sí un campo de disputa centrado en la infraestructura digital del dinero.
En este contexto, la ausencia de un “dólar digital” no implica rezago, sino una estrategia distinta: Estados Unidos preserva su hegemonía mediante una digitalización indirecta basada en su sistema financiero y en stablecoins como USDT y USDC. Por su parte, Rusia dispone de un rublo digital con una lógica defensiva, orientada a sostener su autonomía bajo presión geopolítica. La disputa ya no se define solo por la moneda dominante, sino por el modelo de digitalización capaz de articular poder e influencia global.
El concepto de blockchain refiere a una tecnología de registro distribuido que permite almacenar información de manera segura, transparente e inmutable. Se trata de una base de datos descentralizada que registra transacciones en bloques enlazados criptográficamente, sin necesidad de una autoridad central. En este sentido, constituye la infraestructura tecnológica del nuevo dinero. Su potencial disruptivo reside en la desintermediación de actores financieros tradicionales y en la redistribución del control sobre los flujos monetarios, como se observa en criptomonedas como Bitcoin. No obstante, esta promesa de descentralización ha sido parcialmente reabsorbida por actores estatales y corporativos.
En este punto emergen las CBDC como síntesis de ambas dimensiones: incorporan elementos tecnológicos derivados de la lógica blockchain, pero no buscan eliminar al Estado, sino reforzar su capacidad de control sobre la circulación monetaria. Desde una perspectiva sistémica, el Forex define el valor del dinero en el sistema global; la blockchain redefine la forma en que ese dinero se registra y se transacciona; y las CBDC reconfiguran la relación entre Estado, dinero y sociedad. No representan una ruptura con el sistema, sino una transformación del poder monetario dentro de él.
En términos de trading, la actual guerra financiera atraviesa una fase no de redistribución, sino de acumulación acelerada de riqueza y transferencia de valor hacia grandes operadores -las denominadas “ballenas” del mercado-, así como hacia ciertos minoristas.
En la economía global contemporánea, esta tríada revela una dinámica simultánea de continuidad y cambio: el Forex encarna el orden vigente, aún fuertemente dolarizado; la blockchain introduce la posibilidad de descentralización; y las CBDC constituyen la apropiación estatal de dicha innovación, dando lugar a una recentralización digital del dinero. La disputa ya no se limita a qué moneda domina, sino a quién controla la infraestructura, la emisión y la circulación del dinero. En la Tercera Modernidad, quien controle los sistemas de pago digitales controlará, en gran medida, los flujos de poder económico y político.
Sobre el dólar y la desdolarización
En este entorno multipolar, la supremacía financiera continúa siendo, en términos estructurales, estadounidense. El dólar no cae: se tensiona. Los indicadores de mercado reflejan un debilitamiento relativo desde 2025, prolongado en los primeros meses de 2026; sin embargo, este fenómeno no implica pérdida de centralidad. El dólar se mantiene como principal moneda de reserva global -en torno al 56-57% según datos del FMI (2025)-, activo refugio y eje de la liquidez internacional. La contradicción es estructural: el poder se erosiona sin ser sustituido.
La desdolarización en curso no constituye un reemplazo, sino una estrategia inscrita en la lógica de la guerra financiera. La moneda deja de ser un instrumento neutral para convertirse en un dispositivo de poder. En este marco, el sistema SWIFT -red global de mensajería financiera con centro neurálgico en Bélgica- evidencia el carácter geopolítico de la infraestructura monetaria. Su control ha permitido su utilización como herramienta de sanción internacional, confirmando que la arquitectura financiera global está políticamente condicionada. La dupla dólar-SWIFT configura, así, uno de los principales mecanismos de control del sistema económico y financiero global.
Frente a ello emergen alternativas. El CIPS (Cross-Border Interbank Payment System) es un sistema de pagos interbancarios transfronterizos desarrollado por China para facilitar las transacciones internacionales en yuanes (RMB). Permite realizar operaciones internacionales en yuanes, integrando mensajería y liquidación de pagos, lo que reduce la dependencia de infraestructuras occidentales (Reuters, 2025).
De manera análoga, el SPFS (System for Transfer of Financial Messages), es un sistema ruso de mensajería financiera, creado por el Banco Central de Rusia, para garantizar la continuidad de operaciones interbancarias en caso de exclusión del SWIFT; por ello, busca garantizar la continuidad de operaciones ante sanciones y disminuir la dependencia de Occidente.
Aunque sus alcance son limitados, ambos sistemas ofrecen ventajas en términos de autonomía,resiliencia y soberanía financiera.
Ni el CIPS ni el SPFS sustituyen al sistema dominante, pero sí configuran circuitos alternativos de soberanía financiera. En paralelo, las monedas de los BRICS operan como vectores de diversificación estratégica: no reemplazan al dólar, pero erosionan su predominio en ámbitos específicos, particularmente en el comercio energético y en acuerdos bilaterales.
Desde la intensificación del conflicto en Gaza en 2023 y su escalamiento regional hasta 2026 -con tensiones entre Irán, e Israel y Estados Unidos-, se han presionado las rutas energéticas, especialmente en el Estrecho de Ormuz. Esto ha elevado la volatilidad del crudo y los riesgos logísticos ante la interrupción selectiva iraní de los flujos, su efecto central es estructural: acelera la diversificación de los mecanismos de pago petrolero hacia monedas distintas al dólar, con participación creciente de China. Así, el petrodólar no colapsa, pero su exclusividad se erosiona.
El núcleo occidental conserva su densidad estructural a través del triángulo dólar-euro-libra. El euro funciona como moneda de equilibrio dentro del bloque europeo, mientras que la libra esterlina mantiene su relevancia como instrumento de intermediación en mercados sofisticados. Es en el mercado Forex donde se revela la estructura profunda del sistema: más del 80% de las transacciones globales involucran al dólar, confirmando su papel como moneda pivote (BIS, 2025).
Se perfilan tres comportamientos: la persistencia del dólar como eje estructural del sistema financiero; el fortalecimiento del euro como moneda de equilibrio dentro del bloque occidental; la expansión gradual del yuan y de otras monedas emergentes en circuitos regionales. Este escenario no conduce a un equilibrio estable, sino a una multipolaridad financiera asimétrica.
Nos encontramos, en rigor, en un interregno: el viejo orden no ha muerto; el nuevo comienza a desplegarse. En ese espacio de indeterminación, la moneda se convierte en campo de disputa. La desdolarización -junto con alternativas como CIPS y SPFS- no es un evento terminal, sino un proceso selectivo, estratégico y desigual.
En última instancia, la economía global no se desdolariza plenamente ni abandona sus infraestructuras centrales: se fragmenta, se digitaliza y se politiza. El dólar permanece como eje del sistema; el euro y la libra como soportes estructurales; las monedas emergentes amplían márgenes de autonomía; y las CBDC inauguran una nueva fase de competencia.
Algunas conclusiones
En términos prospectivos, la economía global no transita hacia una sustitución hegemónica, sino hacia una reconfiguración estructural del poder monetario. La persistencia del dólar como eje del sistema financiero y del mercado de Forex coexiste con una expansión selectiva de otras monedas en circuitos regionales, así como con el fortalecimiento de mecanismos de intermediación dentro del propio bloque occidental. Este escenario no deriva en equilibrio, sino en una multipolaridad financiera asimétrica, caracterizada por competencia permanente e inestabilidad estructural.
En este contexto, la desdolarización debe entenderse como un proceso estratégico, desigual y no lineal, inscrito en la lógica de la guerra financiera contemporánea. No implica la desaparición del dólar ni de las infraestructuras dominantes, sino la reconfiguración de su centralidad en un entorno crecientemente fragmentado, digitalizado y politizado.
El desplazamiento decisivo no ocurre únicamente en el plano de la moneda, sino en el de la infraestructura que organiza los flujos financieros globales. En la Tercera Modernidad, el poder ya no se define exclusivamente por la emisión monetaria, sino por la capacidad de controlar, articular y programar los sistemas de pago, registro y circulación del dinero. En ese sentido, la hegemonía no se extingue: se transforma y se redistribuye sin dejar de ser dominante.



