FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

Medio Oriente: flujos energéticos globales, guerra de desgaste, bloques internacionales y nuclearización

13 de Marzo de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: Medio Oriente: flujos energéticos globales, guerra de desgaste, bloques internacionales y nuclearización

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

A partir del seguimiento comparado de medios internacionales —como The Economist, The Guardian, The New York Times, The Washington Post, Financial Times y Al Jazeera, así como de medios del espacio euroasiático como Global Times, RT y Sputnik— pueden identificarse tres grandes ejes estructurales del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos: el energético-económico, el estratégico-militar y el sistémico-geopolítico. En este contexto, cabe preguntar: ¿en qué medida el enfrentamiento entre Irán, Israel y Estados Unidos constituye no sólo una guerra regional, sino también un proceso de reconfiguración del orden internacional, articulado en torno a la disputa por los flujos energéticos, la lógica de la guerra de desgaste, la competencia entre bloques geopolíticos y el riesgo de proliferación nuclear?
Esta pregunta condensa buena parte de los debates analíticos contemporáneos y permite distinguir cuatro dimensiones estructurales que orientan la interpretación del conflicto.

La guerra por el control de los flujos energéticos globales
Uno de los temas centrales en la cobertura económica internacional es el impacto del conflicto sobre el sistema energético mundial, particularmente en relación con el petróleo del Golfo Pérsico y el tránsito marítimo a través del estrecho de Ormuz. Los ataques contra infraestructura petrolera, las interrupciones en el tráfico marítimo y la amenaza iraní de bloquear rutas estratégicas han incrementado la volatilidad en los mercados energéticos globales.
Diversas compañías navieras han suspendido rutas en la región, mientras el transporte de hidrocarburos ha comenzado a reorganizarse hacia trayectorias alternativas, lo que incrementa los costos logísticos y presiona los precios internacionales de la energía.
Empresas estratégicas como Saudi Aramco han advertido que una prolongación del conflicto podría generar consecuencias económicas significativas, ya que cerca de una quinta parte del suministro energético mundial transita por el estrecho de Ormuz. En este contexto, la eventual utilización de este paso marítimo como instrumento de presión geopolítica por parte de Irán podría provocar una reconfiguración parcial de las rutas energéticas globales.
Aunque esta dinámica podría acelerar la diversificación del suministro energético fuera del Golfo Pérsico, dicha transición difícilmente ocurriría en el corto plazo. Entre las consecuencias más probables se encuentran el encarecimiento de los seguros marítimos, mayores costos de transporte energético y un nuevo ciclo de volatilidad en los mercados internacionales. Bajo estas condiciones, el conflicto podría convertirse en un factor adicional de presión inflacionaria a escala global.

La lógica de la guerra de desgaste entre potencias asimétricas
Diversos medios internacionales —entre ellos Financial Times, The Washington Post, The New York Times, The Guardian, The Economist, Reuters y Al Jazeera— estiman que el gasto inicial del conflicto ronda los 20 mil millones de dólares, aunque las cifras continúan siendo aproximadas.
Las estimaciones comparativas indican que Estados Unidos concentra la mayor parte del gasto, con entre 14 y 15 mil millones de dólares en las primeras semanas, debido al despliegue de portaaviones, bombarderos estratégicos, misiles de crucero y sistemas antimisiles como Patriot y THAAD.
Israel, por su parte, registra entre 3 y 7 mil millones de dólares, destinados principalmente a operaciones aéreas y a sistemas defensivos como Iron Dome, David’s Sling y Arrow.
Irán presenta un gasto menor, estimado entre 1 y 3 mil millones de dólares, sustentado en una estrategia de confrontación asimétrica basada en misiles, drones y redes regionales de milicias aliadas.
En términos estratégicos, Irán procura evitar una confrontación convencional directa y, en cambio, desarrollar una estrategia de desgaste orientada a elevar los costos militares y económicos de sus adversarios. Estados Unidos e Israel han respondido mediante ataques aéreos contra instalaciones militares, nucleares y logísticas iraníes, mientras en distintos círculos políticos se debate la viabilidad de un eventual cambio de régimen en Teherán, escenario que numerosos análisis consideran poco probable en el corto plazo.
Este tipo de confrontación reproduce una dinámica característica de guerra asimétrica: un actor con menor capacidad militar convencional intenta prolongar el conflicto con el objetivo de incrementar el costo político, militar y financiero para potencias superiores.
El conflicto también evidencia la fragilidad relativa del sistema de seguridad del Golfo, históricamente sustentado en la protección militar estadounidense. Las monarquías de la región —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Bahréin— dependen en gran medida de ese paraguas estratégico frente a Irán; sin embargo, la situación actual parece revelar ciertas limitaciones de dicho esquema de disuasión.
Al mismo tiempo, varios países del Golfo han comenzado a diversificar sus alianzas estratégicas, fortaleciendo vínculos con China y manteniendo relaciones pragmáticas con Rusia e incluso con el propio Irán. Este comportamiento sugiere una posible transición hacia un orden regional más multipolar.
Desde el punto de vista económico-militar, el enfrentamiento también revela una asimetría significativa entre el costo del ataque y el costo de la defensa. Los drones o misiles iraníes pueden costar desde decenas hasta cientos de miles de dólares, mientras que interceptarlos mediante sistemas antimisiles israelíes requiere proyectiles cuyo valor alcanza cientos de miles o incluso millones de dólares. Esta diferencia favorece dinámicas de desgaste financiero en las que el actor con menor capacidad económica intenta elevar los costos operativos del adversario.
De acuerdo con estimaciones del Stockholm International Peace Research Institute, los presupuestos militares anuales reflejan una marcada asimetría estructural: Estados Unidos alrededor de 997 mil millones de dólares, Israel aproximadamente 27 mil millones e Irán entre 7 y 10 mil millones. Esta distribución sugiere que Estados Unidos posee la mayor capacidad para sostener una confrontación prolongada, mientras Israel depende en gran medida del apoyo estratégico estadounidense. Irán, por su parte, tiende a compensar su menor presupuesto mediante tácticas militares de menor costo y alianzas estratégicas con China y Rusia.
En este contexto, una guerra de desgaste suficientemente prolongada podría erosionar la voluntad política interna de Estados Unidos y de sus aliados. De cara a las elecciones intermedias del 3 de noviembre de 2026, el presidente Donald Trump enfrenta un escenario político complejo, en el que la oposición demócrata buscará recuperar terreno electoral.
La campaña militar impulsada por Washington y Tel Aviv pretende debilitar las capacidades militares iraníes o incluso provocar un cambio de régimen en Teherán. Sin embargo, diversas experiencias históricas sugieren que los modelos de “decapitación de régimen” presentan importantes limitaciones en Estados con estructuras socioculturales y religiosas profundamente cohesionadas. En contextos como el iraní, el ataque contra un líder religioso puede transformarlo en mártir, fenómeno reforzado por la tradición histórica del islam chiita.
La intensidad de los ataques iraníes sugiere además ciertos límites de la operación militar denominada Epic Fury, cuyo objetivo de debilitamiento estratégico del régimen no parece haber sido plenamente alcanzado y, en algunos aspectos, podría haber contribuido a reforzar la cohesión interna del sistema político iraní.
El conflicto ha evolucionado asimismo hacia un escenario regional ampliado mediante actores proxy, con la participación de Hezbollah, milicias chiíes regionales e incluso fuerzas hutíes alineadas con el eje iraní.

La transformación del orden internacional y la competencia entre bloques
La guerra no se interpreta únicamente como un enfrentamiento regional, sino también como un episodio dentro de la creciente competencia entre bloques geopolíticos. Irán mantiene vínculos estratégicos con Rusia y China, mientras Israel forma parte del sistema de alianzas liderado por Estados Unidos en Medio Oriente.
En consecuencia, el conflicto puede convertirse en un escenario indirecto de rivalidad entre grandes potencias, similar a otras guerras por delegación que caracterizan el sistema internacional contemporáneo.
Las monarquías del Golfo continúan dependiendo de la protección estratégica estadounidense frente a Irán, pero simultáneamente exploran alternativas diplomáticas y económicas con otras potencias emergentes. Este comportamiento refleja una lógica de equilibrio estratégico en un sistema internacional cada vez más multipolar.
El impacto económico global —alza del petróleo, volatilidad financiera y riesgos para el comercio internacional— ha reactivado debates sobre la fragilidad del sistema internacional y la creciente militarización de la economía mundial.
Desde esta perspectiva, el conflicto podría acelerar la formación de bloques geoeconómicos rivales entre Occidente y Eurasia, dentro de la lógica emergente de los BRICS ampliados y del llamado Sur Global. Al mismo tiempo, la contraofensiva iraní ha contribuido a cuestionar parcialmente la imagen de invulnerabilidad militar de Estados Unidos e Israel, debilitando en cierta medida su hegemonía regional.

La factible nuclearización del conflicto en Medio Oriente
Irán ha sostenido durante años un programa nuclear que, aunque formalmente civil, posee capacidades tecnológicas que podrían acercarlo a la producción de armamento nuclear. Durante décadas, el liderazgo iraní mantuvo una posición doctrinal ambigua respecto al desarrollo de armas nucleares; sin embargo, el deterioro de la seguridad regional y la presión militar externa podrían modificar ese cálculo estratégico.
Para Israel, la eventual nuclearización iraní constituye una amenaza existencial, lo que explica su doctrina histórica de ataques preventivos contra infraestructuras nucleares adversarias, como ocurrió anteriormente con los reactores de Irak y Siria.
Desde la perspectiva del sistema internacional, una escalada nuclear en Medio Oriente podría debilitar el régimen global de no proliferación y estimular una carrera nuclear regional. En ese escenario, países como Arabia Saudita o Turquía podrían verse incentivados a desarrollar capacidades nucleares propias.
La experiencia de Corea del Norte muestra que, en determinados contextos geopolíticos, la adquisición de armas nucleares puede convertirse en una estrategia de supervivencia estatal frente a presiones externas.
Si esta dinámica llegara a consolidarse, Medio Oriente podría ingresar en una fase de multipolaridad nuclear regional, con implicaciones profundas para la seguridad internacional.
La guerra actual no constituye únicamente una confrontación militar localizada. Es, al mismo tiempo, una disputa por la energía, una confrontación de desgaste económico-militar, un episodio de competencia entre bloques y un posible punto de inflexión en la arquitectura nuclear regional.
Cuando los conflictos combinan finanzas, energía, geopolítica, rivalidad entre potencias y proliferación nuclear, la experiencia histórica sugiere que rara vez permanecen confinados a una sola región. En tales circunstancias, lo que comienza como una guerra regional puede transformarse gradualmente en un problema sistémico del orden mundial.