FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

Guerra abierta en Medio Oriente: Irán, Estados Unidos e Israel y la expansión total del conflicto

05 de Marzo de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: Guerra abierta en Medio Oriente: Irán, Estados Unidos e Israel y la expansión total del conflicto

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

La ruptura del equilibrio estratégico en Medio Oriente no fue accidental. La eliminación del liderazgo iraní, los ataques directos contra bases estadounidenses y la expansión del conflicto hacia el mar, la economía y los bloques globales marcan el tránsito definitivo de la disuasión hacia la guerra abierta, con consecuencias que rebasan ampliamente la región.
La madrugada del 28 de febrero de 2026 inició con ataques aéreos y misiles contra territorio iraní, ejecutados de forma coordinada por Estados Unidos e Israel, conocidos como Operación Epic Fury por Washington y Lion’s Roar por Tel Aviv. Los bombardeos alcanzaron al menos catorce ciudades -entre ellas Teherán, Isfahán y Qom- y provocaron la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, un hecho sin precedentes que rompió definitivamente el umbral de la confrontación indirecta.
Si se trató de una operación de decapitación del régimen, cabe preguntarse si realmente fue exitosa. Este tipo de acciones no son esencialmente militares, sino político-estratégicas: solo funcionan cuando la eliminación del liderazgo coincide con el colapso previo o simultáneo del sistema que lo sostiene. En regímenes cohesionados, con fuerte control interno y legitimidad ideológica, suelen producir el efecto contrario: radicalización, cohesión social y prolongación del conflicto. En ese punto emerge la pregunta central: ¿qué ocurrió realmente en Irán?

Las hostilidades estadounidense-israelíes
De acuerdo con Al Jazeera, el inicio de las hostilidades constituyó “la escalada militar más grave en décadas entre Irán e Israel, con participación directa de Estados Unidos” (28/02/2026). Israel describió los bombardeos como “preventivos”, mientras Washington sostuvo que buscaba “neutralizar amenazas inmediatas”.
El alcance de la operación reveló objetivos más amplios. The New York Times informó que los ataques se dirigieron contra instalaciones militares, de misiles y de mando con el propósito de “degradar de forma decisiva la capacidad estratégica iraní” (28/02/2026). The Jerusalem Post habló de una “amenaza existencial en expansión”, confirmando que no se trató de un episodio aislado, sino de una percepción estructural del riesgo.
En términos tácticos, la primera fase de Epic Fury pudo considerarse exitosa. Sin embargo, estratégicamente el escenario es más complejo. Irán no es un régimen unipersonal, sino un Estado con una densa arquitectura política, jurídica y religiosa, en la que la eliminación del líder supremo lo convertió en mártir y refuerza la cohesión interna.

La respuesta iraní: preludio de un problema global
La reacción fue inmediata. En cuestión de horas, Teherán lanzó misiles balísticos y drones contra objetivos israelíes y contra al menos ocho bases con presencia estadounidense en Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudita. Sputnik calificó la ofensiva como “una respuesta directa y legítima a la agresión estadounidense” (01/03/2026).
Al Jazeera confirmó que “por primera vez en años, fuerzas iraníes atacaron abiertamente posiciones estadounidenses en varios países de la región” (01/03/2026), transformando la crisis en una confrontación regional abierta.
El ataque a bases estadounidenses marcó un punto de no retorno. The Washington Post señaló que implicó directamente a miles de soldados estadounidenses y constituyó “un punto de no retorno en la confrontación regional” (02/03/2026). Desde Moscú, Sputnik lo interpretó como una advertencia estratégica inequívoca.
La escalada se trasladó rápidamente al mar. El 4 de marzo, The Guardian informó que un submarino estadounidense hundió un buque de guerra iraní en el océano Índico, en lo que describió como “el enfrentamiento naval más significativo entre ambos países en generaciones”. Bloomberg añadió que Washington aseguró haber neutralizado parte de la capacidad naval iraní en el Golfo de Omán, mientras Teherán advirtió que cualquier buque estadounidense sería considerado un objetivo legítimo.
A este escenario se suman los hutíes de Yemen, que desde 2024 han puesto en jaque a actores regionales y globales mediante ataques en el mar Rojo, el golfo de Adén y contra Israel, confirmando que el conflicto no es lineal ni fácilmente controlable.

Los drones iraníes y Rusia
El caso iraní se inscribe además en la órbita del Sur Global, de los BRICS y de sus alianzas estratégicas con Rusia y China. Por ello, esta guerra no puede interpretarse únicamente como un conflicto regional, sino como un episodio de competencia geopolítica dentro de un orden internacional en transición.
La cooperación militar entre Moscú y Teherán se ha consolidado especialmente en el campo de los drones. Desde 2022, Rusia ha empleado drones iraníes Shahed -adaptados como Geran 2- para saturar defensas y atacar infraestructura en Ucrania, combinando producción local con transferencia tecnológica iraní. Esta cooperación amplía la capacidad militar rusa mientras Irán fortalece su industria de defensa y su presencia geopolítica pese a las sanciones internacionales (El País, 2025).
Más que un simple intercambio militar, esta relación expresa una convergencia estratégica: Rusia obtiene capacidad de ataque masivo y económico, mientras Irán consolida su papel como proveedor de tecnología militar eficaz. La evidencia periodística confirma el impacto de estos drones en Ucrania y su constante adaptación tecnológica, lo que revela la creciente densidad del vínculo entre ambos países.

El petróleo iraní y China
Las exportaciones petroleras de Irán poseen un significado geopolítico central. Diversos reportes coinciden en que China se ha convertido en el principal destino del crudo iraní. Según estimaciones citadas por Reuters (03/02/2024) y análisis de Kpler (15/01/2024), entre el 80 % y el 90 % del petróleo exportado por Irán se dirige al mercado chino.
Esta concentración refleja una marcada asimetría: mientras Teherán depende de ese mercado para sostener su economía bajo sanciones, Pekín asegura suministro energético a precios preferenciales.
La arquitectura financiera de este comercio revela además un proceso de desdolarización. Investigaciones difundidas por CNBC (2025) y Financial Times (2023) señalan que parte relevante de las transacciones se realiza en yuanes o mediante mecanismos financieros alternativos al dólar, como respuesta a las sanciones estadounidenses y a la exclusión iraní del sistema SWIFT.
El comercio energético entre ambos países opera así dentro de un circuito financiero diseñado para evadir sanciones. Muchas transacciones se realizan a través de bancos chinos con baja exposición al sistema financiero estadounidense, en particular el Bank of Kunlun. Según Reuters y Financial Times, parte de esos ingresos permanece dentro del sistema financiero chino y se utiliza para adquirir bienes industriales o infraestructura. Más que un simple intercambio comercial, este esquema revela una estrategia geoeconómica orientada a reducir la dependencia del dólar.

Ormuz: el epicentro económico de la guerra
La tensión se concentró entonces en el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial. El riesgo de bloqueos, ataques indirectos o incidentes navales convirtió este punto geográfico en el núcleo económico del conflicto.
Global Times sostuvo que la guerra es el resultado acumulado de años de presión, sanciones y cercamiento estratégico contra Irán (03/03/2026) y advirtió que su impacto no se limitaría a Medio Oriente.
El efecto en los mercados fue inmediato. El crudo Brent, que cotizaba entre 71 y 73 dólares, superó los 80 con picos cercanos a 85, mientras el WTI pasó de 65-66 a más de 70 dólares en pocos días. The Economist alertó sobre el retorno de presiones inflacionarias globales y The Guardian destacó la extrema volatilidad financiera ante el riesgo de una guerra prolongada.
Los reportes de Investing y Forex Factory indican que el conflicto desplazó la lógica de los mercados desde los fundamentos económicos hacia el riesgo geopolítico. Las caídas en los futuros bursátiles estadounidenses y la volatilidad en Asia y Europa reflejaron una reacción sistémica ante la posibilidad de una escalada prolongada.
En ese contexto, el petróleo se convirtió en el eje articulador del conflicto económico, mientras el dólar y el oro concentraron flujos defensivos.

Algunas conclusiones
Entre el 28 de febrero y el 4 de marzo de 2026, Medio Oriente ingresó en una fase histórica que durante años se consideró improbable, pero que finalmente resultó inevitable. La guerra abierta no fue un accidente: fue la consecuencia acumulada de decisiones estratégicas que normalizaron el uso de la fuerza como sustituto de la diplomacia.
El conflicto revela además un límite estructural de la superioridad militar occidental. La tecnología y la precisión táctica pueden destruir objetivos, pero no garantizan resultados políticos duraderos frente a Estados cohesionados, ideológicamente movilizados y respaldados por alianzas estratégicas extraoccidentales.
Al mismo tiempo, confirma el retorno de la lógica de bloques. Irán no enfrenta únicamente a Estados Unidos e Israel; enfrenta a un sistema internacional fragmentado en el que cada crisis regional se convierte en un episodio de competencia global.
La guerra deja así de ser un acontecimiento regional para convertirse en una variable estructural del sistema internacional. Reordena la inversión, presiona a los bancos centrales, altera los mercados energéticos y redefine los equilibrios geopolíticos.
Cuando la guerra deja de ser un instrumento y se convierte en método, el orden internacional no se reorganiza: comienza a erosionarse. La historia muestra que, una vez atravesados ciertos umbrales, el costo de reconstruir el equilibrio suele ser mucho mayor que el de haberlo preservado.