El malestar de la cultura en la Tercera Modernidad
20 de Febrero de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
CRECER: El malestar de la cultura en la Tercera Modernidad
Luis Adalberto Maury Cruz
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La Tercera Modernidad designa una fase histórica iniciada alrededor de 2008, caracterizada por la crisis financiera, la integración estructural de la digitalización global, la automatización productiva, la reorganización geopolítica multipolar, la centralidad de las infraestructuras tecnológicas y la transformación de la soberanía. El control de los sistemas tecnológicos reconfigura simultáneamente economía, política y subjetividad. En este marco, el malestar cultural deja de entenderse sólo como efecto de la represión social y se redefine como desajuste estructural entre la expansión del poder material de la civilización y su capacidad de producir sentido, cohesión y orientación existencial.
No se trata de una prolongación de la Segunda Modernidad, sino de una mutación cualitativa: el poder tecnológico adquiere autonomía operativa y desborda los marcos simbólicos heredados. A diferencia del diagnóstico clásico de Sigmund Freud, para quien la cultura generaba malestar mediante la regulación pulsional, hoy la tensión proviene de la incapacidad cultural para integrar las transformaciones que ella misma desencadena. El conflicto ya no se reduce a la oposición entre deseo y norma, sino que se desplaza hacia la brecha entre capacidad de transformación material y capacidad de producción de sentido. Así, cabe preguntar: ¿en qué consiste el malestar cultural en la actualidad y cuál es su causa estructural?
La estructura neurotizante del mundo contemporáneo
En el plano psicosocial, Erich Fromm describió la paradoja del individuo moderno que, liberado de estructuras tradicionales, no alcanza plenitud sino aislamiento. La libertad sin pertenencia significativa deviene en angustia, y la autonomía sin comunidad se traduce en vacío existencial, fenómeno asociado al aumento global de depresión y ansiedad.
Desde la sociología de la fluidez, Zygmunt Bauman analizó la disolución de estructuras estables de pertenencia y la proliferación de vínculos frágiles y reversibles. Esta liquidez transforma instituciones —trabajo flexible, relaciones contractuales temporales— y también la experiencia afectiva.
En el plano psicopolítico, Byung-Chul Han describe el paso de sociedades disciplinarias a sociedades de rendimiento, donde el control opera como autoexplotación. La exigencia permanente de optimización, visible en economías de plataformas y cultura del desempeño, genera agotamiento, depresión y pérdida de interioridad.
En conjunto, estas dinámicas alteran el contacto humano. La hiperestimulación digital fragmenta la experiencia en procesos inconclusos que dificultan la integración significativa, generando ansiedad crónica y debilitamiento de la presencia.
Familia y comunidad, antes mediadoras entre individuo y cultura, pierden capacidad organizadora. Surgen sistemas relacionales abiertos y desregulados, donde la fragmentación subjetiva se vincula con la fragmentación de los vínculos. Paradójicamente, la expansión de posibilidades de acción —movilidad, conectividad, acceso inmediato a información— no intensifica la relación significativa con el mundo, sino que con frecuencia la debilita.
Tecnología, subjetividad y crisis de sentido
En el plano ontológico, la tecnología deja de ser un conjunto de instrumentos para convertirse en un modo de habitar el mundo que reduce lo real a disponibilidad funcional. Plataformas digitales, inteligencia artificial y sistemas algorítmicos reorganizan percepción, atención e interacción social.
La hiperconectividad produce individuos permanentemente visibles pero relacionalmente frágiles. La interacción sustituye al encuentro, la representación reemplaza la experiencia y la validación inmediata desplaza la elaboración simbólica profunda. La vida se despliega simultáneamente en planos biográficos, digitales y algorítmicos que operan con lógicas distintas de reconocimiento, generando escisión entre identidad vivida e identidad proyectada. La autenticidad se transforma en gestión de visibilidad.
La automatización y la inteligencia artificial externalizan funciones cognitivas y creativas antes consideradas específicamente humanas, desplazando la crisis hacia un nivel ontológico y antropológico: se vuelve incierto qué significa ser humano en un entorno de co-agencia tecnológica.
La estructura del malestar cultural
En el plano sistémico, la expansión de la autonomía individual no ha producido nuevas formas estables de comunidad, sino sujetos formalmente libres pero estructuralmente aislados. La cultura pierde su función reguladora de los vínculos y la conflictividad se vuelve difusa y persistente. La lógica algorítmica privilegia visibilidad, impacto emocional e inmediatez.
En el plano histórico, la transformación del orden mundial debilita las narrativas colectivas capaces de otorgar sentido al devenir social. El malestar cultural de la Tercera Modernidad consiste así en la disociación estructural entre el poder alcanzado por la tecnología y la capacidad simbólica de integrarlo en formas coherentes de sentido, identidad y comunidad. No es un efecto secundario del progreso, sino la expresión de una expansión civilizatoria/barbarie cuya potencia material supera su capacidad de orientación existencial.
La cultura mediática privilegia la actualización permanente, el hedonismo y la inmediatez sobre la permanencia, la presencia y la maduración relacional. Las relaciones se vuelven desechables y el presente se absolutiza, pero pierde densidad significativa.
El malestar contemporáneo adopta múltiples dimensiones simultáneas: simbólica (incapacidad de producir sentido proporcional al poder técnico), temporal (aceleración que disuelve la experiencia), relacional (fragilización de los vínculos), ontológica (indeterminación de lo humano frente a la tecnología), sistémica (desregulación familiar y comunitaria) y existencial (pérdida de presencia y resonancia con el mundo). La cultura ya no logra articular coherentemente tecnología, subjetividad y comunidad; el malestar emerge precisamente de ese desacople estructural.



