Soberanía e infraestructura crítica
14 de Febrero de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: Soberanía e infraestructura crítica
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
Quien controla la infraestructura crítica
controla las condiciones de la política.
La Tercera Modernidad no se manifiesta únicamente en la reorganización de los flujos comerciales, en la mutación del sistema financiero internacional, en el desgaste del orden neoliberal o en la caída de la unipolaridad estadounidense. Su expresión más profunda —y menos visible— ocurre en la infraestructura crítica de nueva generación: computación avanzada, inteligencia artificial, robótica y telecomunicaciones. Allí donde no ondean banderas ni se firman tratados, pero donde hoy se decide, en silencio, el ejercicio real de la soberanía.
Tradicionalmente, al Estado se le atribuyó la categoría de soberano en la modernidad a partir del siglo XVI. Empero, cabe preguntarse: ¿puede existir soberanía política sin soberanía infraestructural crítica en la Tercera Modernidad?
El caso de Ucrania
En septiembre de 2022, durante la guerra en Ucrania, se produjo uno de esos momentos de revelación estructural. No se trató de una derrota militar ni de un avance territorial, sino de algo más inquietante: la constatación de que la capacidad operativa de un Estado podía quedar subordinada a decisiones empresariales tomadas fuera de su jurisdicción.
Ucrania solicitó la extensión de la cobertura de Starlink hacia la región de Crimea para una operación naval con drones. La respuesta fue negativa. No hubo sabotaje ni apagón en combate; simplemente, la infraestructura nunca fue habilitada. Bastó esa negativa para evidenciar una realidad propia de la Tercera Modernidad: la soberanía ya no se define solo por el control del territorio físico, sino por el acceso —o la exclusión— a las infraestructuras digitales críticas.
En el nuevo orden sistémico, la guerra, la economía, las finanzas y la política dependen de redes que no siempre responden a los Estados. Cuando esas redes están privatizadas, la decisión estratégica puede residir en una sala de juntas a miles de kilómetros del conflicto.
La dependencia ucraniana de Starlink no fue ideológica ni voluntaria; fue una decisión de supervivencia. En febrero de 2022, apenas iniciada la invasión rusa, Kiev solicitó acceso urgente al sistema. En cuestión de días, miles de terminales comenzaron a operar. Para finales de 2023, más de cuarenta mil dispositivos conectaban al país con el mundo y, sobre todo, con su propio frente de batalla.
Esa red se convirtió en la columna vertebral de las telecomunicaciones militares ucranianas: coordinación táctica, operación de drones, corrección de artillería y transmisión de inteligencia. Por primera vez, una constelación comercial privada se volvió indispensable para sostener una guerra de alta intensidad, no como complemento, sino como condición de posibilidad.
El caso de Irán
El campo de batalla contemporáneo ya no se rige por la lógica binaria del encendido y el apagado, sino por una administración milimétrica del espacio operativo: un control granular, metro a metro, del flujo informacional que sostiene la guerra. No se trataba únicamente de desconectar, sino de modular.
Hacia finales de 2025, el estallido de protestas masivas en territorio iraní coincidió con la introducción clandestina de entre cuarenta y cincuenta mil terminales Starlink, financiadas parcialmente por Estados Unidos. Estas plataformas se convirtieron en el nervio de las telecomunicaciones de la movilización: permitieron coordinación, difusión y persistencia frente a la censura estatal. Durante meses, la narrativa dominante sostuvo que Starlink era invulnerable.
El régimen iraní no recurrió a la represión directa ni al apagón convencional. Optó por algo más sofisticado: una operación de inteligencia electrónica de alta complejidad, ejecutada con asistencia tecnológica rusa y china. El punto de quiebre no fue el espectro, sino el tiempo.
Cada terminal Starlink depende de una señal de sincronización GPS de precisión extrema. En lugar de saturar o bloquear, Irán replicó la señal: idéntica en forma, apenas desplazada en fase. Vehículos de guerra electrónica emitieron esa distorsión a escala nacional. La red no fue atacada desde fuera; fue inducida a desorganizarse desde dentro. El sistema, literalmente, se confundió a sí mismo. El resultado fue un apagón total.
El costo de la operación superó los quince millones de dólares por hora. El beneficio fue existencial: la supervivencia del régimen. La enseñanza para el orden internacional fue inequívoca: los satélites no son intocables. La infraestructura orbital —pilar invisible de la Tercera Modernidad— puede ser neutralizada.
Rusia, China e India: la infraestructura informacional
Si Ucrania representó el capítulo inaugural de la dependencia tecnológica, Irán encarnó el de la vulnerabilidad sistémica. Negar un servicio es una forma de poder; que el adversario lo arrebate por la fuerza inaugura una fase mucho más grave: aquella en la que la soberanía ya no se disputa en el territorio, sino en la arquitectura misma de la conectividad global.
Sin embargo, esa arquitectura tecnológica —dispersa, redundante y resistente a la interferencia clásica— tenía un punto ciego estructural: el control geográfico. Starlink opera mediante límites virtuales que deben ser actualizados manualmente. Cuando las tropas avanzaban, la conectividad podía perderse no por acción enemiga, sino por una decisión administrativa. El campo de batalla quedaba, de pronto, sujeto a la lógica corporativa.
En esta Tercera Modernidad, el poder ya no se ejerce únicamente desde los Estados, pero tampoco ha desaparecido: se ha desplazado. Y ese desplazamiento ha dado lugar a una forma peculiar de multipolaridad.
No se trata de una multipolaridad bajo el modelo westfaliano, con bloques equivalentes y soberanías simétricas, sino de una multipolaridad multidimensional y jerárquica, con un Olimpo geopolítico dinámico.
Los Estados occidentales empiezan a recuperar discurso y voluntad soberana, particularmente Estados Unidos, mientras su infraestructura material de poder permanece concentrada en nodos privados, tecnológicos y financieros. El resto del Occidente colectivo mantiene su tendencia globalista.
La política de esta nueva modernidad reclama autonomía, pero depende de sistemas que no controla plenamente. Occidente, tanto desde el enfoque globalista como desde el soberanista, conserva su decálogo de delegar la tecnología crítica y las áreas estratégicas en manos privadas. Este enfoque no niega la utilidad de la cooperación público-privada ni el papel dinamizador de la innovación empresarial, pero advierte sus límites cuando se trata de soberanía efectiva, seguridad estratégica y control infraestructural en contextos de alta conflictividad geopolítica.
En oposición, Moscú, Pekín y Nueva Delhi perciben esta contradicción como un problema de seguridad existencial. La conclusión estratégica fue convergente: ningún Estado que aspire a una soberanía efectiva puede permitir que su columna vertebral digital esté en manos ajenas.
Rusia reorganizó sus programas espaciales bajo una lógica de autonomía funcional. Proyectos como Sfera buscan integrar observación, comunicación y navegación bajo control estatal. No se persigue la supremacía tecnológica global, sino algo más propio de la Tercera Modernidad: la reducción de la vulnerabilidad sistémica.
China avanza a una escala distinta, pero con la misma lógica. El despliegue proyectado de grandes constelaciones en órbita baja se articula con una estrategia más amplia de sustitución tecnológica y control integral de la cadena digital. Desde el chip hasta el software, desde el satélite hasta la nube, el objetivo es inequívoco: soberanía estructural en un mundo fragmentado.
India, por su parte, adopta una vía gradual. Refuerza la regulación, localiza datos, impulsa capacidades nacionales y acelera su propio marco de telecomunicaciones satelitales. No busca aislarse del sistema global, pero sí evitar que la dependencia tecnológica se convierta en una forma de subordinación política.
De esta forma, los análogos de Starlink en el orden multipolar son Sfera en Rusia, GuoWang–China SatNet en China y OneWeb India, todos concebidos como infraestructuras estratégicas de soberanía tecnológica. Sfera prioriza la seguridad nacional y las comunicaciones estatales, con despliegue limitado por sanciones; GuoWang proyecta más de 12 000 satélites LEO, con fuerte integración civil-militar y alta capacidad industrial; OneWeb India, con unos 650 satélites, se orienta a conectividad crítica y rural bajo regulación estatal. A diferencia de Starlink, de matriz privada-estratégica, estos sistemas no buscan primordialmente el mercado masivo, sino el control del espacio informacional. En conjunto, expresan la disputa por el dominio orbital bajo como nueva frontera de la soberanía en la transición hacia un orden multipolar.
El Sur Global
Así, la infraestructura emerge como el nuevo campo de disputa del orden mundial. Los satélites, los centros de datos y las redes de comunicación ya no son meros instrumentos técnicos: son vectores de poder. En la Tercera Modernidad, quien controla la infraestructura controla las condiciones de posibilidad de la soberanía.
Para muchos países del Sur Global, el dilema es cada vez más evidente: integrarse a infraestructuras globales eficientes, pero bajo reglas externas, o apostar por ecosistemas alternativos, aceptando nuevos alineamientos geopolíticos. La soberanía digital deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una decisión estratégica concreta.
Ucrania mostró que los satélites pueden ser decisivos en la guerra contemporánea. El caso de Crimea demostró que esa dependencia tiene límites impuestos desde fuera. La Tercera Modernidad no elimina la soberanía: la redefine, la tensiona y la somete a nuevas condiciones materiales.
El espacio ya no es el escenario simbólico de la conquista, sino el soporte invisible del poder. En la órbita baja de la Tierra se está escribiendo una parte fundamental del nuevo orden multipolar: uno en el que la política busca recuperar centralidad, pero donde la infraestructura dicta los márgenes de lo posible.
Algunas conclusiones
En la Tercera Modernidad, la soberanía ya no se pierde únicamente con la ocupación del territorio, sino con la cesión de la infraestructura crítica —sin omitir los ámbitos energético, alimentario y de materias primas críticas—.
La soberanía no desaparece, pero cambia de naturaleza. Ya no se disputa solo en el territorio, en las urnas o en los tratados, sino en capas invisibles de infraestructura que determinan quién puede comunicarse, coordinarse y decidir.
En la órbita baja del planeta se configura una parte esencial del nuevo orden mundial, donde los Estados reclaman autonomía mientras dependen de infraestructuras críticas que no controlan plenamente. En rigor, la hegemonía contemporánea no se define únicamente por la primacía militar o económica, sino por la capacidad de controlar, condicionar o negar el acceso a la infraestructura crítica que sostiene la vida política, económica y social.
La pregunta decisiva ya no es si la soberanía sigue siendo relevante, sino quién la ejerce realmente cuando la columna vertebral de la infraestructura crítica no responde al Estado. Y, sobre todo, qué está ocurriendo con la extensión de esta misma lógica a la energía, las finanzas y los datos que sostienen la vida contemporánea. Ahí se librará la batalla decisiva por la soberanía y la independencia personal en el siglo XXI.



