El Super Bowl LX y la lucha política en Estados Unidos
11 de Febrero de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: El Super Bowl LX y la lucha política en Estados Unidos
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
El Super Bowl LX no puede comprenderse como un acontecimiento meramente deportivo, sino como un hecho cultural y político revelador de las transformaciones profundas que atraviesan tanto el Occidente colectivo como Estados Unidos. El evento opera como una infraestructura de producción de sentido en la que deporte, espectáculo y emoción colectiva convergen para expresar tensiones políticas internas de la potencia del norte. En él se manifiestan el tránsito hacia un mundo multipolar, la disputa entre globalismo y soberanismo, así como el desplazamiento del poder desde lo estrictamente institucional hacia lo simbólico y lo afectivo, estructurado por los medios masivos de comunicación y las redes sociales.
Desde esta perspectiva surgen interrogantes centrales: ¿qué es, en realidad, el Super Bowl LX?, ¿cuál fue la función simbólica de la presencia en el medio tiempo de Bad Bunny?, ¿de dónde proviene y a quién va dirigido su discurso?
Notas sobre el Super Bowl LX
El Super Bowl LX, celebrado el 8 de febrero de 2026 en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, constituyó una manifestación cultural y política de alcance mediático global. Más allá de la final deportiva de la National Football League (NFL) entre los Seattle Seahawks y los New England Patriots, el evento se consolidó como una infraestructura narrativa de alcance mundial. La victoria de los Seahawks se enmarca en un proyecto deportivo y económico específico, mientras que el espectáculo de medio tiempo, por su magnitud simbólica, encubre intereses inscritos en la contradicción política interna de Estados Unidos, así como en el campo geopolítico del sentido. Cabe entonces preguntarse: ¿reproducir los juegos y gustos del imperio no implica también reproducir su cultura?, ¿a qué narrativa política corresponde el espectáculo de medio tiempo?
En términos deportivos y mediáticos, el evento funcionó como una de las máximas expresiones del capitalismo estadounidense contemporáneo, donde la lógica del espectáculo y la competitividad atlética se refuerzan mutuamente, para hacer negocio.
El Super Bowl LX no solo determinó un campeón, sino que articuló un discurso sobre el estatus global e interno de Estados Unidos, proyectando simultáneamente unidad e inestabilidad en un mundo caracterizado por la complejidad multipolar, con una ruptura visible entre la Casa Blanca y los sectores no alineados con el trumpismo.
Así, el Super Bowl LX aparece como algo más que la final de la NFL: es una infraestructura simbólica global y globalista, un acontecimiento total en el que deporte, cultura y capital mediático producen sentido geopolítico desde los referentes de la llamada América Global. No solo consagra un campeón deportivo, sino que articula un relato disonante respecto de la narrativa MAGA. Estados Unidos se presenta como una potencia políticamente inestable en un mundo multipolar, donde su hegemonía unipolar se ha erosionado, aunque conserva intactas capacidades nucleares y financieras compartidas y usadas tanto por demócratas como por republicanos.
Bad Bunny y el espectáculo globalista
En el corazón del intermedio, el puertorriqueño Bad Bunny encabezó el Apple Music Super Bowl LX Halftime Show, convirtiéndose en el primer artista latino e hispanohablante en liderar un espectáculo casi íntegramente en español en la historia del evento. Su primera frase fue: “¡Qué rico es ser latino!”, cuando en realidad él es hispanoamericano, puertorriqueño. Su presentación se desplegó como una celebración teatralizada de una cultura globalista revestida de elementos latinoamericanos que, lejos de reflejar la pluriculturalidad, muestra lugares comunes y clichés culturales.
El espectáculo inició en un espacio escénico que evocaba simultáneamente campos de cultivo y escenarios urbanos, los llamados países americanos son mucho más que esto; interpretó un repertorio heterogéneo de éxitos propios, incorporó guiños al legado del reguetón e integró colaboraciones con Lady Gaga y Ricky Martin, quienes aportaron matices sonoros y culturales a una puesta en escena simbólica. Los tres artistas son iconos del wokismo.
Más allá del performance musical, Bad Bunny articuló —mediante secuencias visuales y expresiones explícitas— un mensaje de unidad continental: “Juntos somos América”, junto con una reivindicación del orgullo cultural y la resiliencia de comunidades históricamente marginadas. La elección del repertorio, del idioma y de los símbolos visuales configuró una política cultural que trasciende el entretenimiento para inscribirse en la geopolítica simbólica contemporánea. Este “Juntos somos América” puede leerse como una reformulación suave, globalista y cultural de la doctrina Monroe desde la óptica demócrata.
La función de Bad Bunny en el medio tiempo puede interpretarse como el ejercicio de una presidencia simbólica globalista: no una presidencia formal, sino subliminal. Durante ese interludio ocupó el centro del imaginario global y administró lenguajes, símbolos y emociones colectivas, desplazando la centralidad anglosajona asociada a MAGA, presentando una América de corte woke.
A la par, el hecho de que Bad Bunny sea el eje del medio tiempo también constituye una estrategia de mercado, no un acto revolucionario.
Clave geopolítica
El Super Bowl LX, en su conjunto, se erige como un acontecimiento geopolítico de baja intensidad y alta densidad simbólica, característico de la Tercera Modernidad. No se trata de un simple show deportivo o musical, sino de una infraestructura narrativa que reconfigura relaciones de poder, legitimidad e identificación colectiva en el sistema mundial contemporáneo.
El espectáculo de Bad Bunny puede interpretarse como un vector cultural woke del globalismo: evidencia la pérdida de centralidad de la hegemonía anglosajona y normaliza una gramática relacional pluriidentitaria, no desde la diversidad civilizatoria sino desde la narrativa del wokismo. La lengua española, la estética latinoamericana y la apelación explícita a “América” no operan como manifestaciones de una cultura milenaria plenamente reconocida, sino como ornamentos simbólicos de un orden globalista que diluye la diversidad civilizatoria del continente americano en el espectáculo. Tan solo la población latina total es de 65 millones, de la cual la población de origen mexicano es de 39–40 millones y la de latinos no mexicanos es aproximadamente de 25 millones en Estados Unidos (Oficina del Censo de EE. UU., U.S. Census Bureau). Por lo tanto, ¿la nomenclatura latina no invisibiliza a la población mexicana?
En contraste, la reacción republicana MAGA, ejemplificada en posturas críticas de figuras como Donald Trump, quien en declaraciones públicas y en su red social Truth Social expresó que el espectáculo fue “absolutamente terrible”, “uno de los peores de la historia del Super Bowl”, que no representaba los estándares de excelencia del evento y que constituía una “afrenta a la grandeza de Estados Unidos” —además de criticar el contenido del baile y la música, calificándolos de inapropiados y afirmando que nadie entendía lo que decía el artista—, expresa un choque cultural: una soberanía nacionalista defensiva anclada en una unipolaridad que ha perdido primacía frente a los flujos culturales globales.
Este soberanismo reaccionario no disputa el control de las nuevas infraestructuras simbólicas; simplemente evidencia su pérdida de eficacia y su incapacidad para operar en el terreno de la experiencia afectiva y la producción de sentido.
Así, el Super Bowl LX confirma una tesis central: en la Tercera Modernidad, la hegemonía no gobierna directamente, pero estructura las condiciones de posibilidad del mundo. También se gobierna mediante el espectáculo. El globalismo demócrata no se afirma por la vía institucional inmediata, sino a través de dispositivos culturales que reorganizan el imaginario colectivo. En este escenario multipolar, la soberanía deja de residir exclusivamente en el Estado decisor para trasladarse a quienes definen los horizontes de lo pensable, lo deseable y lo legítimo.
La emoción colectiva
El Super Bowl LX, y en particular el show de medio tiempo, puede leerse como un campo emocional colectivo en el que emergen dinámicas profundas de contacto, resistencia y reconfiguración identitaria. No se trata únicamente de mensajes explícitos, sino de la organización afectiva del fondo social, allí donde la política actúa de manera más eficaz y menos visible.
El show funciona como una figura de alto impacto que irrumpe sobre un fondo histórico marcado por tensiones migratorias, raciales y culturales. La elección del idioma español, la centralidad del cuerpo latino wokista y la apelación a la pertenencia continental activan procesos de contacto con dimensiones de la experiencia social históricamente relegadas o mantenidas como introyectos no elaborados. La emoción colectiva —alegría, orgullo, afirmación— no es accesoria: es el medio a través del cual se produce la integración simbólica, aunque bajo una estética que niega la profundidad civilizatoria de las culturas del continente.
La reacción adversa del discurso MAGA puede leerse como un mecanismo de contracción defensiva. La crítica virulenta no responde tanto a lo que el espectáculo dice, sino a lo que desestabiliza: una identidad fija incapaz de sostenerse frente a la complejidad del mundo multipolar y a un Estados Unidos crecientemente diverso y fragmentado. Aquí operan dinámicas de proyección y deflexión: el malestar interno se desplaza hacia el objeto cultural vivido como amenaza externa.
El Super Bowl LX opera así como un ritual de reordenamiento simbólico globalista de un sistema cultural woke que busca legitimarse. El sistema dominante asociado a Trump y MAGA, al percibir la alteración de las jerarquías simbólicas, activa respuestas defensivas que ya no logran restaurar el equilibrio previo. El sistema ha cambiado de nivel de complejidad, introduciendo crisis de sentido irreversibles, no meramente coyunturales.
El espectáculo responde a la necesidad de generar experiencias de validación existencial colectiva bajo una estética woke, donde amplios sectores sociales se reconocen simbólicamente en el escenario central del poder cultural. Este reconocimiento no elimina el conflicto, pero lo desplaza del terreno de la negación al de la visibilización. Se trata de una operación profundamente política: quien gestiona la emoción colectiva, gestiona la adhesión al orden emergente.
Algunas conclusiones
El Super Bowl LX revela que, en la Tercera Modernidad, el poder ya no se ejerce únicamente mediante la coerción o la norma, sino a través de la configuración narrativa y afectiva del campo social. El conflicto entre globalismo demócrata y soberanismo MAGA no es solo ideológico, sino también emocional y perceptivo: apertura frente a cierre, contacto frente a retraimiento, complejidad frente a nostalgia.
El discurso de Bad Bunny proviene de una acción cultural globalista revestida de latinoamericana que no se corresponde plenamente con la experiencia histórica de América Latina en el sistema mundial. Va dirigido tanto a las comunidades latinas como a una audiencia global ya inmersa en la lógica multipolar.
No confronta directamente al soberanismo de MAGA, pero lo desestabiliza al evidenciar que la identidad nacional ya no es homogénea ni exclusiva. En este show se jugó el significado político globalista siendo el Super Bowl LX, un escenario para un acto político no gubernamental. En esta Tercera Modernidad el poder no solo gobierna, sino que estructura imaginarios y emociones, bajo las narrativas dicotómicas de soberanismo vs globalismo.



