FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

La Tercera Modernidad y la deuda de Estados Unidos

07 de Febrero de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: La Tercera Modernidad y la deuda de Estados Unidos
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
En el ejercicio fiscal de 2026, Estados Unidos enfrenta una paradoja estructural que condensa, de manera ejemplar, las tensiones del orden global contemporáneo: el pago de los intereses de la deuda pública se aproxima —y en determinados tramos del año incluso supera— al gasto en defensa. Este dato, lejos de ser una anomalía contable, expresa una mutación profunda del Estado contemporáneo y de la racionalidad política que lo gobierna. La pregunta es ineludible:
¿qué significa que el pago de los intereses de la deuda estadounidense rivalice o supere su gasto militar?
Estados Unidos: intereses de la deuda y gasto en defensa
La deuda pública bruta de Estados Unidos alcanzó aproximadamente los 38 billones de dólares en octubre de 2025, cifra que sirve como base para las proyecciones presupuestarias del año fiscal 2026. Durante los primeros tres meses de dicho ejercicio (octubre-diciembre de 2025), los pagos netos de intereses ascendieron a 270.3 mil millones de dólares, superando el gasto total en defensa en ese mismo periodo. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) estima que, de mantenerse la tendencia, los pagos netos de intereses podrían acercarse o incluso rebasar el billón de dólares a lo largo del ejercicio fiscal 2026, reflejando el peso creciente de este rubro
dentro del presupuesto federal.
De manera paralela, el Congreso aprobó una asignación presupuestaria para defensa superior a los 900 mil millones de dólares, en el marco de la National Defense Autorization Act y de las apropiaciones complementarias. Documentos vinculados con la Defense Appropriations
Act sitúan el gasto discrecional del Departamento de Defensa en torno a los 831.5 mil millones de dólares, cifra que se incrementa al incorporar partidas asociadas a seguridad nacional y programas conexos. De acuerdo con portales oficiales de seguimiento del gasto federal, el presupuesto total disponible del Departamento de Defensa asciende a aproximadamente 1.48
billones de dólares cuando se incluyen rubros ampliados.
De la deuda y sus tenedores
Históricamente, el gasto militar ha sido un indicador privilegiado del poder hegemónico. En la Segunda Modernidad, la supremacía se medía en gran parte por la capacidad industrial-militar; en la Tercera Modernidad, en cambio, el presupuesto revela una inversión simbólica y material distinta. El costo de sostener una imagen militar heredada del pasado rivaliza con el de asegurar el presente estratégico y oscurece el horizonte inmediato. La hegemonía estadounidense persiste, pero lo hace crecientemente a través del apalancamiento financiero.
Surge entonces una cuestión central: ¿quiénes son los tenedores de la deuda estadounidense? Estimaciones basadas en informes del Departamento del Tesoro y en análisis de tenencias de bonos correspondientes al periodo 2024-2025 indican que los tenedores domésticos son mayoritarios. Inversionistas y fondos privados concentran aproximadamente 15.16 billones de dólares; agencias gubernamentales e intragubernamentales, 7.36 billones; y la Reserva Federal, 4.63 billones de dólares.
En cuanto a los tenedores extranjeros —que representan entre el 24 y el 25% de la deuda total - destacan Japón (1.1-1.18 billones), China (700-759 mil millones), Reino Unido (690-865 mil millones), Luxemburgo (423 mil millones), Islas Caimán (418 mil millones), Canadá (378 mil millones), Bélgica (374 mil millones), Irlanda (339 mil millones), Francia (332 mil millones) y Suiza (298 mil millones de dólares), entre otros.
Deuda, bonos del Tesoro y arquitectura financiera
Estos datos muestran que el servicio de la deuda no solo consume una porción creciente del gasto público, sino que, en determinados momentos, rivaliza o supera rubros tradicionalmente prioritarios como la defensa. Ello evidencia problemas de sostenibilidad presupuestaria y confirma la creciente financiarización del Estado. Las proyecciones de mediano y largo plazo sugieren que, de no revertirse las dinámicas de déficit persistente, los intereses absorberán una fracción aún mayor de los ingresos fiscales.
En esta Tercera Modernidad se observan procesos incipientes de desdolarización y el desarrollo de sistemas alternativos al SWIFT; sin embargo, Estados Unidos continúa siendo la principal potencia financiera —o, más precisamente, lo siguen siendo sus fondos de inversión y la Reserva Federal-. No obstante, enfrenta un doble problema estructural: uno interno, una deuda que supera los 38 billones de dólares; y otro global, la emergencia de rivales sistémicos dentro y fuera del sistema financiero occidental, particularmente Rusia, China y los BRICS.
De ahí emergen interrogantes clave: ¿qué ocurriría si los tenedores extranjeros decidieran vender masivamente deuda pública estadounidense?, ¿quién absorbería esos títulos? Aunque formuladas en términos técnicos, estas preguntas poseen un trasfondo histórico y estructural:
interpelan la naturaleza misma del poder y del capitalismo financiero occidental en la Tercera Modernidad.
Existe la creencia, ampliamente difundida pero conceptualmente ingenua, de que los tenedores extranjeros podrían desestabilizar a Estados Unidos mediante una venta masiva de bonos. Sin embargo, aunque el efecto inmediato sería una caída en el precio de los bonos, un aumento de los rendimientos y una elevada volatilidad global, el segundo movimiento —el decisivo- revela la arquitectura real del sistema: dicha deuda sería absorbida por el propio entramado financiero estadounidense y por sus extensiones globales.
Los bancos, fondos de pensiones y aseguradoras requieren activos líquidos, profundos y normativamente seguros, función que los bonos del Tesoro cumplen de manera casi exclusiva.
En escenarios de tensión sistémica, la Reserva Federal actúa como comprador de última instancia, estabilizando precios mediante expansión monetaria. Esto no es una hipótesis teórica: ocurrió en 2008, en 2020 y en episodios bancarios recientes. Estados Unidos no enfrenta su deuda como un Estado ordinario, porque emite la moneda en la que dicha deuda está denominada.
Vender deuda estadounidense no constituye un arma geopolítica eficaz, sino una acción autolesiva. Quien vende deprecia el valor de los títulos que aún conserva, aprecia su propia moneda —afectando su competitividad exportadora— y contribuye a una inestabilidad sistémica que golpea primero a las economías más dependientes del comercio global. La deuda estadounidense opera, así, como una trampa de interdependencia estructural.
Fragilidad interna y entorno internacional
Este fenómeno expresa con claridad el tránsito hacia la multipolaridad. La hegemonía estadounidense ya no es primordialmente industrial ni productiva; es financiera, normativa y monetaria. No se impone por voluntad política directa, sino por la ausencia de alternativas sistémicas equivalentes. Ni el yuan, ni el euro, ni el oro han logrado consolidarse como activos con la profundidad, liquidez y confianza necesarias para reemplazar a los bonos del Tesoro.
La verdadera fragilidad estadounidense no proviene de una eventual venta extranjera de deuda, sino del crecimiento endógeno del pago de intereses, que ya compite —y en ciertos periodos supera— al gasto en defensa. Aquí reside una contradicción central de la Tercera Modernidad: el imperio no cae por ataque externo, sino por el peso acumulado de su propia arquitectura financiera.
Este patrón presupuestario —crecimiento simultáneo de deuda, intereses y gasto militar
— refleja una doble presión sobre las finanzas públicas: la lógica financiera global, por un lado, y la lógica estratégica de sostener capacidades militares en un sistema internacional percibido como crecientemente competitivo, por el otro. En términos históricos, ello confirma la mutación de Estados Unidos hacia un Estado financiero-rentista.
El Congreso mantiene la defensa como prioridad discursiva, pero el derecho presupuestario efectivo se encuentra condicionado por compromisos financieros previos, sustraídos a una deliberación democrática real. El gasto militar se discute, se negocia y se politiza; el pago de intereses, en cambio, se presenta como una obligación técnica incuestionable.
Esta asimetría erosiona el principio republicano de control del gasto público y desplaza el centro de decisión fuera del espacio político.
El hecho de que los intereses de la deuda superen al gasto en defensa indica: un imperio que paga por sostener su propia arquitectura financiera; una hegemonía crecientemente dependiente del crédito y menos de la capacidad productiva; y una tensión estructural entre proyección externa y fragilidad interna. El pago de intereses se convierte así en una forma de soberanía invertida: el Estado conserva poder formal y hegemonía monetaria, pero ya no decide soberanamente la prioridad de sus recursos, porque la lógica financiera antecede, condiciona y limita la decisión política. En este punto se inscribe el choque entre Trump, el movimiento
MAGA y la globalización financiera asociada a figuras como Soros.
Algunas conclusiones
En 2026, Estados Unidos gasta tanto —o más— en pagar su pasado financiero que en asegurar su futuro estratégico. Este dato, más que contable, es político y civilizatorio. En la Tercera Modernidad, la hegemonía ya no se mide solo por la capacidad de disuasión militar, sino por la habilidad de sostener una arquitectura de deuda sin que colapse el orden que la legitima.
Washington parece atrapado en una lógica de endeudamiento compulsivo, análoga — desde una lectura psicopolítica— a dinámicas de negación del límite, postergación del conflicto y sostenimiento de la imagen. El comparativo de 2026 no es solo presupuestario; es ontológico y político: se destina más a sostener el pasado financiero que a garantizar la seguridad futura.
El poder estadounidense no desaparece: se transforma. Deja de producirse y comienza a financiarse; deja de imponerse exclusivamente por la fuerza y se reproduce por la ausencia de alternativas sistémicas equiparables al patrón dólar y al SWIFT. El imperio no cae por ataque externo, sino por el peso acumulado de compromisos financieros naturalizados como obligaciones técnicas y sustraídos al debate democrático.
La paradoja es clara: el gasto en defensa se discute, el pago de intereses se obedece. Allí se invierte la soberanía. No es un signo de colapso inmediato, sino de declive relativo sostenido por crédito. En este escenario, la multipolaridad no anuncia el fin de Estados Unidos, sino su mutación: una potencia que gobierna menos desde la producción y más desde la deuda. La batalla decisiva ya no se libra únicamente en el Pentágono, sino en el silencioso servicio de la deuda, donde se redefine, sin estridencia, el sentido contemporáneo del poder.
Este es el signo de un agotamiento estructural, no de una debilidad inmediata, pero sí de un declive relativo sostenido por crédito, lo que explica la paciencia estratégica de China y Rusia.