FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

La realpolitik y las relaciones internacionales

16 de Enero de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: La realpolitik y las relaciones internacionales

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

La frase «los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que deben», atribuida a Tucídides, al igual que el proverbio romano Quod licet Iovi, non licet bovi (lo que le es permitido a Júpiter no le es permitido al buey), expresan —desde las relaciones internacionales, la geopolítica y la propia condición humana— la idea de que la superioridad militar de un Estado determina su poder y su capacidad de imponer su voluntad sobre otros. De manera análoga, en el plano interpersonal, el poder también resulta determinante.
Así, la justicia opera entre iguales; la realidad, en cambio, es jerárquica, diferenciada y no igualitaria. Esto constituye la realpolitik y, a la vez, la real condición humana. Frente a esta realidad, cabe preguntarse: ¿qué se puede hacer?
Del hegemón a la alianza estratégica
El modelo de Westfalia supone la igualdad entre los Estados; sin embargo, tal igualdad es meramente formal. En el concierto internacional, dicho modelo dio origen a un sistema de derecho internacional válido únicamente para los Estados que lo suscriben y respetan. La realidad internacional —estatal y humana— nunca fue, ni es, ni será igualitaria: la igualdad solo existe entre iguales, como recuerda el principio Quod licet Iovi, non licet bovi.
No obstante, la formalidad del modelo westfaliano sentó las bases de las relaciones internacionales modernas. Aunque nunca limitó efectivamente el poder de las grandes potencias, sí formalizó e institucionalizó las relaciones internacionales durante la Primera y la Segunda Modernidad, y otorgó consistencia a la hegemonía del Occidente Colectivo durante aproximadamente quinientos años.
El hecho de que Estados Unidos se constituyera como el “policía del mundo” y “paladín de la democracia” surgió a partir de su tránsito de potencia regional —fundada en la Doctrina Monroe— a potencia global durante la Guerra Fría, para consolidarse posteriormente como hegemón unipolar tras el colapso del mundo socialista. No obstante, esta condición hegemónica comenzó a erosionarse a partir de la crisis financiera de 2008, se ratificó en 2020 con la quiebra de las cadenas globales de suministro tras la pandemia de COVID-19 y se evidencia hoy en su incapacidad para derrotar estratégicamente a Rusia en Ucrania y contener a China en Taiwán, así como en su derrota en la llamada “guerra de los chips” frente a Pekín (2020-2025).
Desde la perspectiva de Tucídides, el ejercicio del poder estadounidense se basa en la fuerza —militar y financiera—, actuando conforme a sus intereses y a su concepción de seguridad nacional. Pero cabe preguntar: ¿los Estados débiles sufren necesariamente lo que deben? En una lucha asimétrica, una primera mirada sugiere que el hegemón siempre lleva ventaja; sin embargo, la historia demuestra que Estados, ejércitos y economías menores pueden derrotar táctica y estratégicamente a grandes potencias. Basta recordar el caso de Macedonia frente al Imperio Persa, cuando Alejandro Magno derrotó a Darío III, o la derrota de Estados Unidos en Vietnam, en el marco de una guerra de proximidad apoyada por la URSS.
Estados Unidos sigue siendo una potencia nuclear y la principal potencia financiera global. Su poder ya no es unipolar y se encuentra en declive, pero continúa siendo una de las tres grandes potencias —junto con Rusia y China— que conforman el Olimpo Geopolítico global en este primer tramo de la Tercera Modernidad multipolar.
Enfrentar el poder de la potencia norteamericana y de las potencias medias en declive del Occidente Colectivo, como señala Aleksandr Dugin, implica la defensa de la soberanía mediante alianzas estratégicas basadas en nodos reales de reciprocidad de intereses y en la seguridad existencial de los Estados parte. Esto no garantiza plenamente la soberanía, pero incrementa las posibilidades de defensa y supervivencia.
Venezuela como caso de estudio
En el caso venezolano, todo indica que Washington aprendió de las operaciones de descabezamiento aplicadas en Libia e Irak: la sustitución total de funcionarios y del régimen del Estado intervenido resulta contraproducente para sus intereses económicos, ya que deriva en mayor ingobernabilidad, guerras civiles y desastres humanitarios. Al mismo tiempo, estas experiencias evidencian las limitaciones e insuficiencias del poder militar estadounidense.
Venezuela representa, además, el ejemplo de una alianza insuficiente frente a un hegemón. En un primer momento, la estrategia estadounidense obtuvo éxitos tácticos, pero estos no garantizan el éxito estratégico a mediano y largo plazo, como lo demuestra el desencuentro entre Donald Trump y las petroleras estadounidenses, reacias a invertir en Venezuela debido a las condiciones legales internas y a la persistente inestabilidad política.
No debe omitirse que los activos rusos y chinos en el país caribeño están protegidos tanto por la legislación venezolana como por el derecho internacional, así como por sus respectivas contrapartes estatales. De ahí la postura de Moscú al afirmar que los activos rusos son activos del Estado ruso, producto de acuerdos soberanos entre Estados, posición compartida, en términos generales, por Pekín.
Asimismo, Caracas logró evadir parcialmente las sanciones económicas mediante la exclusión del dólar y del petrodólar, recurriendo al uso de monedas nacionales y criptomonedas, lo que constituye un ataque directo al patrón dólar y al sistema SWIFT. Sin embargo, la medida extrema del secuestro del presidente Maduro no resulta comparable con la intervención en Libia y el asesinato de Muamar Gadafi.
La estructura legal de los activos rusos y chinos en Venezuela, junto con el grado de intervención estadounidense en el país, no garantiza la intangibilidad de dichos activos ni excluye una eventual intervención militar directa, pero sí evidencia una escalada de tensiones y una desconfianza razonable por parte de las petroleras estadounidenses.
Simultáneamente, estos hechos ponen de manifiesto el fracaso de la Agenda Verde en América ---y su evidente descarrilamiento en la Unión Europea---. Resulta significativo que las tres grandes potencias globales sean, a la vez, nucleares y petroleras, rechazando política y técnicamente los postulados centrales de dicha agenda.
La incautación de petroleros identificados por Washington como sancionados, el hundimiento de embarcaciones y la aniquilación de tripulaciones catalogadas como narcoterroristas, se articulan con las amenazas de Trump hacia Canadá, Cuba y México, así como con sus declaraciones sobre Groenlandia, cuando afirmó que «el control de Groenlandia es el precio de la defensa antimisiles de Estados Unidos». No se trata de un afán expansionista territorial en sí mismo, sino del control de recursos estratégicos —tierras raras e hidrocarburos— fundamentales para la actual revolución tecnológica e industrial, así como del dominio de rutas comerciales clave, como la del Ártico.
Esto no indica el fin del capitalismo, sino, como señala The Economist, el retorno del capitalismo de cañonera (The return of gunboat capitalism). El problema es más profundo: asistimos al surgimiento de neocorsarios y a una forma de neoterrorismo de Estado estadounidense en el marco de esta Tercera Modernidad.
La hipótesis de The Economist —según la cual el capitalismo de cañonera empobrecerá al mundo y el uso instrumental de las empresas como herramientas del Estado no incrementará la seguridad— revela una verdad incómoda: la creciente inestabilidad y reconfiguración del orden global. Esto permite reinterpretar lo señalado por The Washington Times respecto a la amenaza de Trump de aplicar la Ley de Insurrección frente a protestas internas, hechos que pueden leerse como síntomas de una guerra civil latente, no nombrada como tal, en un contexto de crisis económica interna y acelerada desdolarización global.
Este patrón coincide con una constante histórica en la decadencia de los imperios: crisis económica, debilitamiento de la moneda y pérdida de productividad industrial, como ocurrió con los imperios español y británico. En esta línea, Bloomberg señala que Alemania, Japón y China encabezan la lista de los mayores prestamistas globales, mientras que Estados Unidos se mantiene como el principal deudor internacional, de acuerdo con los datos de la Posición de Inversión Internacional Neta (NIIP).
Algunas conclusiones
La realpolitik contemporánea muestra que la defensa de la soberanía pasa, hoy más que nunca, por la construcción de alianzas estratégicas basadas en la seguridad y la reciprocidad existencial.
El actuar de Trump, lejos de ser un simple farol, expresa la posición desesperada de un jefe de Estado enfrentado a problemas internos de ingobernabilidad, falta de consenso político y el intento de reactivar una versión trumpista de la Doctrina Monroe bajo el lema MAGA. Sin embargo, Estados Unidos —aun siendo una potencia nuclear y financiera— atraviesa una fase de implosión imperial y descrédito global.
Finalmente, la aparente “inactividad” de China y Rusia en el plano militar directo, privilegiando el ámbito diplomático, puede interpretarse como una estrategia de paciencia histórica, enraizada en sus respectivas cosmovisiones civilizatorias: el wu wei chino y la lógica ajedrecística del estratega ruso. Es ahí donde se revela, una vez más, la dimensión humana de la geopolítica y de sus actores.

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