FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

América Latina entre la Doctrina Monroe, el corolario Trump y la crisis estadounidense

25 de Enero de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: América Latina entre la Doctrina Monroe, el corolario Trump y la crisis estadounidense
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
En esta denominada Tercera Modernidad, caracterizada por un mundo multipolar en el que coexisten tres grandes potencias globales —Rusia, China y Estados Unidos—, las relaciones internacionales se presentan particularmente convulsas. La antigua hegemonía unipolar estadounidense ha entrado en declive; sin embargo, persiste un predominio financiero sustentado en el sistema SWIFT y en el patrón dólar, que aún conserva supremacía global.
En este contexto, los países de América Latina, incluido México, exhiben tendencias políticas autodenominadas progresistas que, en muchos casos, se alinean más con el wokismo que con corrientes soberanistas emergentes a escala global. Paralelamente, han surgido Estados con orientaciones de corte trumpista, como Argentina y Chile. A la luz de acontecimientos recientes —como el caso de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, así como las amenazas dirigidas a México, Canadá, Cuba y Groenlandia por parte de la administración Trump—, cabe formular una pregunta central: ¿cuál es la condición de América Latina frente a Estados Unidos?
Los sentidos del término América Latina
América no es únicamente una masa continental; es, ante todo, una invención occidental. El apelativo Latina surge como una forma de reconocimiento de la influencia de potencias latinas en el continente —particularmente Francia— y, al mismo tiempo, como un gesto de desdén hacia España y Portugal. El término alude, en general, a lo no sajón dentro del continente americano, en oposición a Estados Unidos y Canadá.
Resulta paradójico que Canadá, en lo relativo a Quebec, así como el sur de Estados Unidos —incluida Florida—, sean territorios culturalmente méxico-hispanos y no anglosajones. Quebec fue colonia francesa, mientras que amplias zonas del actual territorio estadounidense pertenecieron al Imperio español, en particular al Virreinato de la Nueva España. Asimismo, no debe omitirse que los territorios sureños de Estados Unidos fueron mexicanos y fueron obtenidos por Washington mediante la fuerza militar durante las guerras de Texas (1835–1836) y la guerra México–Estados Unidos (1846–1848).
De igual forma, Filipinas dependió administrativamente de México durante el periodo virreinal y permaneció bajo dominio español hasta 1898, cuando pasó a control estadounidense.
Con frecuencia, América Latina se utiliza como sinónimo de Sudamérica; sin embargo, esta se distingue claramente de Centroamérica y, en ocasiones, el término se emplea para designar todo aquello que se encuentra al sur del río Bravo, bajo la expresión despectiva de “patio trasero” de Washington.
México no es estrictamente latino, sino hispano y mestizo; junto con Estados Unidos y Canadá conforma América del Norte como categoría geopolítica.
Desde una perspectiva lingüística y cultural, América Latina representa lo no británico del continente: una región históricamente mestiza, no anglosajona ni protestante. Culturalmente es mestiza; lingüísticamente, hispana y portuguesa, y en menor medida francesa —Guadalupe, Guayana, Martinica, San Bartolomé y San Martín— e inglesa, como en el caso de Belice. A ello se suma una profunda raíz africana, visible en figuras como San Martín de Porres, José María Morelos, Yanga —considerado el primer libertador negro— y Vicente Guerrero, primer presidente afrodescendiente de América, así como en los pueblos afrocaribeños.
Asimismo, América Latina posee una raíz asiática. Basta recordar la relación con Filipinas y la nao de Acapulco, que transportaba especias, seda, porcelana y papel, junto con migraciones e influencias culturales. En México, estas huellas se manifiestan en símbolos como la China Poblana, el mole —con su compleja mezcla de especias— y el uso del papel de origen chino en celebraciones como el Día de Muertos.
América es, en suma, una síntesis de civilizaciones, un crisol cultural que amalgama lo propio de esta tierra con aportes de otros continentes. Paradójicamente, los mayores conatos violentos e institucionales de índole racial se encuentran en Estados Unidos, el autoproclamado “defensor de la democracia y los derechos humanos”. Aunque en 1967 se derogaron sus leyes raciales explícitas, ello no significó el fin del racismo estructural ni de las prácticas discriminatorias, que persisten hasta la actualidad. En 2026 se observa el resurgimiento de las Panteras Negras, que desafían al gobierno de Trump y al Immigration and Customs Enforcement (ICE) mediante patrullas armadas en las calles de Filadelfia y Nueva York, mientras el Pentágono moviliza tropas a Minnesota y Trump amenaza con invocar la Ley de Insurrección.
América Latina como zona de influencia estadounidense
La expresión “patio trasero” no sólo posee un carácter despectivo; también refleja una realidad incómoda para los pueblos de la región: América Latina constituye una zona de influencia de Estados Unidos, marcada por relaciones de subordinación y explotación. Negar esta condición implica una forma de autoengaño; aceptarla sin cuestionamiento conduce al victimismo o a la abdicación de la soberanía.
La soberanía de un Estado no se pierde únicamente mediante una intervención militar directa; también se erosiona a través de intervenciones financieras, culturales y políticas. Todo Estado que alberga bases militares de una potencia extranjera en su territorio se encuentra, de facto, intervenido. Dichas bases suponen actividades de inteligencia y logística que implican injerencia en la vida interna del país anfitrión o, en el mejor de los casos, una alianza estratégica profundamente asimétrica.
Durante su etapa de unipolaridad —y aún en la actualidad—, Estados Unidos ha convertido sus bases militares extraterritoriales en centros logísticos y de inteligencia. Israel constituye una excepción particular, dado que la influencia del lobby sionista genera una correlación de fuerzas que deriva en una relación simbiótica con Washington, lo que lleva a preguntarse si ambos Estados no forman parte de un mismo deep state.
Desde esta perspectiva, países como Japón, Alemania, Dinamarca (Groenlandia) y Colombia pueden considerarse Estados intervenidos al albergar bases militares estadounidenses. Mientras Israel actúa como aliado estratégico, la Unión Europea y Japón han cedido amplias cuotas de soberanía, tanto bajo administraciones demócratas como republicanas. Bruselas, Londres y Tokio han configurado una dependencia estructural de las directrices estadounidenses, sustentada en el poder nuclear, el patrón dólar, la gigabanca, la Reserva Federal, el sistema SWIFT y el complejo industrial-militar.
La intervención militar no suele ser el primer recurso, sino el último, no por su carácter terminal, sino por el alto costo logístico, político y económico que implica. Cuando el hegemón echa raíces en suelo extranjero, dicho territorio se convierte, de facto, en una extensión del poder del Estado dominante.
Las bases estadounidenses en América Latina
No existe una cifra oficial única y actualizada del Departamento de Defensa de Estados Unidos sobre el número exacto de bases militares en América Latina y el Caribe. Esto se debe a que algunas instalaciones son bases formales, mientras que otras operan como acuerdos de acceso, centros de cooperación o cooperative security locations, sin presencia permanente de tropas.
Fuentes independientes estiman que existen entre 76 y 80 instalaciones militares estadounidenses en la región, incluyendo sitios en Cuba (Guantánamo), Honduras (Soto Cano), Puerto Rico, Colombia, Panamá y Perú, así como puntos de cooperación en Aruba, Curazao y El Salvador. Muchos de estos no son bases tradicionales, sino instalaciones ligeras o centros de apoyo logístico.
Las intervenciones financieras
El capital no reconoce fronteras ni nacionalidades. Aunque existen monedas nacionales y bancos centrales, el mercado financiero global —incluido el Forex— opera bajo patrones regulados y no regulados, controlados en gran medida por la gigabanca privada occidental y el sistema SWIFT, con dos epicentros globales principales: Nueva York y Londres.
Instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mantienen una presencia constante en América Latina mediante financiamiento, supervisión económica y condicionamientos de políticas públicas, con impactos profundos en los Estados y las sociedades de la región.
Los grandes fondos de inversión administran capitales de terceros —fondos de pensiones, aseguradoras, Estados y ahorradores— y controlan participaciones estratégicas en corporaciones clave. Destacan BlackRock, Vanguard Group y State Street Global Advisors, todos de origen estadounidense. Estos fondos suelen aparecer simultáneamente como principales accionistas de las grandes corporaciones globales en sectores como tecnología, energía, farmacéutica, defensa y banca.
Su poder, menos visible que el militar, resulta más eficaz: compran empresas, reestructuran sectores completos y condicionan mercados, empleo y políticas públicas. El sistema financiero global opera como una coordinación estructural que influye en agendas económicas, políticas, culturales y tecnológicas, ejerciendo una presión estratégica sobre los Estados.
Los grandes fondos de inversión globales constituyen un núcleo reducido de poder que sustituye la ocupación militar por la dominación financiera. La intervención financiera es menos costosa, más duradera y más eficaz, y puede entenderse como una forma de imperialismo financiero o neocolonialismo estructural.
Las históricas intervenciones de Estados Unidos
América Latina puede analizarse como una región atravesada de forma constante por mecanismos de intervención militar, financiera y política por parte de Washington, en consonancia con la Doctrina Monroe. Desde el siglo XIX, las operaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses no han respondido a hechos aislados, sino a una estrategia sistemática de contención geopolítica, validada por investigaciones, documentos desclasificados y comisiones de la verdad.
Durante la Guerra Fría y sus prolongaciones posteriores se evidencian casos como el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), la desestabilización del gobierno de Salvador Allende en Chile (1973), las operaciones encubiertas contra Juan Domingo Perón y el golpe de Estado de 1976 en Argentina, así como la caída de Manuel Antonio Noriega tras la invasión estadounidense a Panamá en 1989.
No obstante, una lectura crítica exige reconocer que estos procesos no pueden explicarse exclusivamente por la intervención externa. Dinámicas internas —polarización política, conflictos entre élites, debilidades institucionales y crisis económicas— fueron determinantes en su desenlace. La intervención estadounidense operó más como factor catalizador que como causa única, sin que ello invalide su impacto decisivo sobre procesos soberanos.
De la intervención a la crisis estructural de Estados Unidos
La economía y el sistema financiero estadounidense enfrentan problemas internos de carácter estructural, entre los que destacan el endeudamiento público —superior al 120 % del PIB—, el endeudamiento privado crónico, la desindustrialización y la creciente dependencia externa.
A ello se suma una elevada desigualdad económica, la fragilidad del sistema financiero y una inflación estructural que mantiene altos los costos de vida, especialmente en vivienda, salud y educación. Estos factores se agravan con una crisis demográfica, la polarización política y la parálisis institucional, lo que ha derivado en una pérdida de legitimidad del modelo económico estadounidense tanto a nivel interno como global.
Los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) reportan que la tasa bruta de mortalidad para la población blanca fue de aproximadamente 11.8 muertes por cada 1,000 personas y que la tasa bruta de nacimientos fue de alrededor de 9.3 por cada 1,000 personas en 2023.
De esta forma, la hipótesis más plausible es que la conducta beligerante reciente de Washington responde a su propia crisis interna —financiera, política y demográfica—, así como a la erosión de su legitimidad global. Ante la incapacidad de resolver el conflicto interno, se construye un enemigo externo, enmarcado en la Doctrina Monroe bajo el corolario Trump.
En este escenario, América Latina —históricamente intervenida— se convierte en un espacio de contención y distracción, en medio de una disputa global por recursos estratégicos. Se retorna así a una lógica de capitalismo cañonero, ya señalada por The Economist, no tanto por los recursos en sí, sino como mecanismo de control interno y proyección de poder de un hegemón en declive.
Conclusiones
El análisis realizado confirma que América Latina continúa siendo una zona de influencia estratégica de Estados Unidos, condición que se reconfigura en el contexto del tránsito hacia un orden mundial multipolar. Esta situación no es sólo una herencia histórica de la Doctrina Monroe, sino su reactivación bajo nuevas modalidades, visibles en el denominado corolario Trump.
La conducta beligerante de Washington responde menos a una posición de fortaleza que a su crisis estructural interna, caracterizada por endeudamiento crónico, desindustrialización, desigualdad, fragilidad institucional y crisis demográfica, factores que erosionan la legitimidad del modelo estadounidense a nivel interno y global.
En este marco, América Latina opera como un espacio funcional para la proyección de poder de un hegemón en declive, mediante mecanismos de intervención predominantemente financieros, logísticos y políticos que sustituyen a la ocupación militar directa. Fondos de inversión globales, organismos financieros internacionales y redes de dependencia estructural configuran una forma contemporánea de dominación más eficaz y menos visible.
Si bien las dinámicas internas de los Estados latinoamericanos han facilitado históricamente la injerencia externa, ello no invalida el carácter sistemático de la intervención estadounidense. El principal riesgo para la región no es la intervención en sí, ya normalizada, sino el declive de la potencia hegemónica de la que depende estructuralmente, lo que amenaza con arrastrar a su zona de influencia en ausencia de mecanismos soberanos y estrategias de autonomía regional.




FALANGES: América Latina entre la Doctrina Monroe, el corolario Trump y la crisis estadounidense

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

En esta denominada Tercera Modernidad, caracterizada por un mundo multipolar en el que coexisten tres grandes potencias globales —Rusia, China y Estados Unidos—, las relaciones internacionales se presentan particularmente convulsas. La antigua hegemonía unipolar estadounidense ha entrado en declive; sin embargo, persiste un predominio financiero sustentado en el sistema SWIFT y en el patrón dólar, que aún conserva supremacía global.
En este contexto, los países de América Latina, incluido México, exhiben tendencias políticas autodenominadas progresistas que, en muchos casos, se alinean más con el wokismo que con corrientes soberanistas emergentes a escala global. Paralelamente, han surgido Estados con orientaciones de corte trumpista, como Argentina y Chile. A la luz de acontecimientos recientes —como el caso de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, así como las amenazas dirigidas a México, Canadá, Cuba y Groenlandia por parte de la administración Trump—, cabe formular una pregunta central: ¿cuál es la condición de América Latina frente a Estados Unidos?
Los sentidos del término América Latina
América no es únicamente una masa continental; es, ante todo, una invención occidental. El apelativo Latina surge como una forma de reconocimiento de la influencia de potencias latinas en el continente —particularmente Francia— y, al mismo tiempo, como un gesto de desdén hacia España y Portugal. El término alude, en general, a lo no sajón dentro del continente americano, en oposición a Estados Unidos y Canadá.
Resulta paradójico que Canadá, en lo relativo a Quebec, así como el sur de Estados Unidos —incluida Florida—, sean territorios culturalmente méxico-hispanos y no anglosajones. Quebec fue colonia francesa, mientras que amplias zonas del actual territorio estadounidense pertenecieron al Imperio español, en particular al Virreinato de la Nueva España. Asimismo, no debe omitirse que los territorios sureños de Estados Unidos fueron mexicanos y fueron obtenidos por Washington mediante la fuerza militar en las guerras de Texas (1835–1836) y en la guerra México–Estados Unidos (1846–1848).
De igual forma, Filipinas dependió administrativamente de México durante el periodo virreinal y permaneció bajo dominio español hasta 1898, cuando pasó a control estadounidense.
Con frecuencia, América Latina se utiliza como sinónimo de Sudamérica; sin embargo, esta se distingue claramente de Centroamérica y, en ocasiones, el término se emplea para designar todo aquello que se encuentra al sur del río Bravo, bajo la expresión despectiva de “patio trasero” de Washington.
México no es estrictamente latino, sino hispano y mestizo; junto con Estados Unidos y Canadá conforma América del Norte como categoría geopolítica.
Desde una perspectiva lingüística y cultural, América Latina representa lo no británico del continente: una región históricamente mestiza, no anglosajona ni protestante. Culturalmente es mestiza; lingüísticamente, hispana y portuguesa, y en menor medida francesa —Guadalupe, Guayana, Martinica, San Bartolomé y San Martín— e inglesa, como en el caso de Belice. A ello se suma una profunda raíz africana, visible en figuras como San Martín de Porres, José María Morelos, Yanga —considerado el primer libertador negro— y Vicente Guerrero, primer presidente afrodescendiente de América, así como en los pueblos afrocaribeños.
Asimismo, América Latina posee una raíz asiática. Basta recordar la relación con Filipinas y la nao de Acapulco, que transportaba especias, seda, porcelana y papel, junto con migraciones e influencias culturales. En México, estas huellas se manifiestan en símbolos como la China Poblana, el mole —con su compleja mezcla de especias— y el uso del papel de origen chino en celebraciones como el Día de Muertos.
América es, en suma, una síntesis de civilizaciones, un crisol cultural que amalgama lo propio de esta tierra con aportes de otros continentes. Paradójicamente, los mayores conatos violentos e institucionales de índole racial se encuentran en Estados Unidos, el “defensor de la democracia y los derechos humanos”, hasta 1967 fue fin de sus leyes raciales explícitas, pero no significó el fin del racismo estructural y prácticas discriminatorias que persisten hasta la actualidad. Este 2026 acontece El regreso de las Panteras Negras que desafían a Trump y al Immigration and Customs Enforcement (ICE) con patrullas armadas en las calles de Filadelfia y Nueva York, mientras el Pentágono moviliza tropas a Minnesota y Trump amenaza con invocar la Ley de Insurrección.
América Latina como zona de influencia estadounidense
La expresión “patio trasero” no sólo posee un carácter despectivo; también refleja una realidad incómoda para los pueblos de la región: América Latina constituye una zona de influencia de Estados Unidos, marcada por relaciones de subordinación y explotación. Negar esta condición implica una forma de autoengaño; aceptarla sin cuestionamiento conduce al victimismo o a la abdicación de la soberanía.
La soberanía de un Estado no se pierde únicamente mediante una intervención militar directa; también se erosiona a través de intervenciones financieras, culturales y políticas. Todo Estado que alberga bases militares de una potencia extranjera en su territorio se encuentra, de facto, intervenido. Dichas bases suponen actividades de inteligencia y logística que implican injerencia en la vida interna del país anfitrión o, en el mejor de los casos, una alianza estratégica profundamente asimétrica.
Durante su etapa de unipolaridad —y aún en la actualidad—, Estados Unidos ha convertido sus bases militares extraterritoriales en centros logísticos y de inteligencia. Israel constituye una excepción particular, dado que la influencia del lobby sionista genera una correlación de fuerzas que deriva en una relación simbiótica con Washington, lo que lleva a preguntarse si ambos Estados no forman parte de un mismo deep state.
Desde esta perspectiva, países como Japón, Alemania, Dinamarca (Groenlandia) y Colombia pueden considerarse Estados intervenidos al albergar bases militares estadounidenses. Mientras Israel actúa como aliado estratégico, la Unión Europea y Japón han cedido amplias cuotas de soberanía, tanto bajo administraciones demócratas como republicanas. Bruselas, Londres y Tokio han configurado una dependencia estructural de las directrices estadounidenses, sustentada en el poder nuclear, el patrón dólar, la gigabanca, la Reserva Federal, el sistema SWIFT y el complejo industrial-militar.
La intervención militar no suele ser el primer recurso, sino el último, no por su carácter terminal, sino por el alto costo logístico, político y económico que implica. Cuando el hegemón echa raíces en suelo extranjero, dicho territorio se convierte, de facto, en una extensión del poder del Estado dominante.
Las bases estadounidenses en América Latina
No existe una cifra oficial única y actualizada del Departamento de Defensa de Estados Unidos sobre el número exacto de bases militares en América Latina y el Caribe. Esto se debe a que algunas instalaciones son bases formales, mientras que otras operan como acuerdos de acceso, centros de cooperación o cooperative security locations, sin presencia permanente de tropas.
Fuentes independientes estiman que existen entre 76 y 80 instalaciones militares estadounidenses en la región, incluyendo sitios en Cuba (Guantánamo), Honduras (Soto Cano), Puerto Rico, Colombia, Panamá y Perú, así como puntos de cooperación en Aruba, Curazao y El Salvador. Muchos de estos no son bases tradicionales, sino instalaciones ligeras o centros de apoyo logístico.
Las intervenciones financieras
El capital no reconoce fronteras ni nacionalidades. Aunque existen monedas nacionales y bancos centrales, el mercado financiero global —incluido el Forex— opera bajo patrones regulados y no regulados, controlados en gran medida por la gigabanca privada occidental y el sistema SWIFT, con dos epicentros globales principales: Nueva York y Londres.
Instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) mantienen una presencia constante en América Latina mediante financiamiento, supervisión económica y condicionamientos de políticas públicas, con impactos profundos en los Estados y las sociedades de la región.
Los grandes fondos de inversión administran capitales de terceros —fondos de pensiones, aseguradoras, Estados y ahorradores— y controlan participaciones estratégicas en corporaciones clave. Destacan BlackRock, Vanguard Group y State Street Global Advisors, todos de origen estadounidense. Estos fondos suelen aparecer simultáneamente como principales accionistas de las grandes corporaciones globales en sectores como tecnología, energía, farmacéutica, defensa y banca.
Su poder, menos visible que el militar, resulta más eficaz: compran empresas, reestructuran sectores completos y condicionan mercados, empleo y políticas públicas. El sistema financiero global opera como una coordinación estructural que influye en agendas económicas, políticas, culturales y tecnológicas, ejerciendo una presión estratégica sobre los Estados.
Los grandes fondos de inversión globales constituyen un núcleo reducido de poder que sustituye la ocupación militar por la dominación financiera. La intervención financiera es menos costosa, más duradera y más eficaz, y puede entenderse como una forma de imperialismo financiero o neocolonialismo estructural.
Las históricas intervenciones de Estados Unidos
América Latina puede analizarse como una región atravesada de forma constante por mecanismos de intervención militar, financiera y política por parte de Washington, en consonancia con la Doctrina Monroe. Desde el siglo XIX, las operaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses no han respondido a hechos aislados, sino a una estrategia sistemática de contención geopolítica, validada por investigaciones, documentos desclasificados y comisiones de la verdad.
Durante la Guerra Fría y sus prolongaciones posteriores se evidencian casos como el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954), la desestabilización del gobierno de Salvador Allende en Chile (1973), las operaciones encubiertas contra Juan Domingo Perón y el golpe de Estado de 1976 en Argentina, así como la caída de Manuel Antonio Noriega tras la invasión estadounidense a Panamá en 1989.
No obstante, una lectura crítica exige reconocer que estos procesos no pueden explicarse exclusivamente por la intervención externa. Dinámicas internas —polarización política, conflictos entre élites, debilidades institucionales y crisis económicas— fueron determinantes en su desenlace. La intervención estadounidense operó más como factor catalizador que como causa única, sin que ello invalide su impacto decisivo sobre procesos soberanos.
De la intervención a la crisis estructural de Estados Unidos
La economía y el sistema financiero estadounidense enfrentan problemas internos de carácter estructural, entre los que destacan el endeudamiento público —superior al 120 % del PIB—, el endeudamiento privado crónico, la desindustrialización y la creciente dependencia externa.
A ello se suma una elevada desigualdad económica, la fragilidad del sistema financiero y una inflación estructural que mantiene altos los costos de vida, especialmente en vivienda, salud y educación. Estos factores se agravan con una crisis demográfica, la polarización política y la parálisis institucional, lo que ha derivado en una pérdida de legitimidad del modelo económico estadounidense tanto a nivel interno como global.
Los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) reportan que la tasa bruta de mortalidad para la población blanca fue de aproximadamente 11.8 muertes por cada 1,000 personas y que la tasa bruta de nacimientos fue de alrededor de 9.3 por cada 1,000 personas en 2023.
De esta forma, la hipótesis más plausible es que la conducta beligerante reciente de Washington responde a su propia crisis interna —financiera, política y demográfica—, así como a la erosión de su legitimidad global. Ante la incapacidad de resolver el conflicto interno, se construye un enemigo externo, enmarcado en la Doctrina Monroe bajo el corolario Trump.
En este escenario, América Latina —históricamente intervenida— se convierte en un espacio de contención y distracción, en medio de una disputa global por recursos estratégicos. Se retorna así a una lógica de capitalismo cañonero, ya señalada por The Economist, no tanto por los recursos en sí, sino como mecanismo de control interno y proyección de poder de un hegemón en declive.
Conclusiones
El análisis realizado confirma que América Latina continúa siendo una zona de influencia estratégica de Estados Unidos, condición que se reconfigura en el contexto del tránsito hacia un orden mundial multipolar. Esta situación no es sólo una herencia histórica de la Doctrina Monroe, sino su reactivación bajo nuevas modalidades, visibles en el denominado corolario Trump.
La conducta beligerante de Washington responde menos a una posición de fortaleza que a su crisis estructural interna, caracterizada por endeudamiento crónico, desindustrialización, desigualdad, fragilidad institucional y crisis demográfica, factores que erosionan la legitimidad del modelo estadounidense a nivel interno y global.
En este marco, América Latina opera como un espacio funcional para la proyección de poder de un hegemón en declive, mediante mecanismos de intervención predominantemente financieros, logísticos y políticos que sustituyen a la ocupación militar directa. Fondos de inversión globales, organismos financieros internacionales y redes de dependencia estructural configuran una forma contemporánea de dominación más eficaz y menos visible.
Si bien las dinámicas internas de los Estados latinoamericanos han facilitado históricamente la injerencia externa, ello no invalida el carácter sistemático de la intervención estadounidense. El principal riesgo para la región no es la intervención en sí, ya normalizada, sino el declive de la potencia hegemónica de la que depende estructuralmente, lo que amenaza con arrastrar a su zona de influencia en ausencia de mecanismos soberanos y estrategias de autonomía regional.

OTRAS ENTRADAS