FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

Del orden global, Davos y los soberanismos

01 de Febrero de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: Del orden global, Davos y los soberanismos

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

En esta Tercera Modernidad, el sistema mundial y las relaciones internacionales se sitúan en una multipolaridad inestable. El poder ya no se ejerce primordialmente desde Estados Unidos ni desde un enfoque plenamente globalista. El llamado Olimpo geopolítico —Rusia, China y Estados Unidos— es hoy fundamentalmente soberanista y no globalista. Washington, en particular, presenta una marcada inestabilidad política interna: un soberanismo débil, un globalismo en retroceso y una suerte de guerra civil no declarada. India, por su parte, crece y podría eventualmente acceder a este Olimpo.
Los Estados del Sur Global tienden al soberanismo, mientras que el Occidente colectivo, con la excepción de Estados Unidos, se inclina hacia posiciones globalistas. No obstante, conviene subrayar que no es equivalente el soberanismo de un Estado pequeño o mediano —como Burkina Faso— al de una potencia regional o global como India o Rusia.
En este contexto surge una pregunta central: ¿el poder se ejerce mediante dispositivos formales y visibles, o desde espacios privados de coordinación estratégica, donde se alinean capital financiero, corporaciones transnacionales y tecnocracias?
Davos y las directrices globales
Como se ha sostenido en diversas columnas de Falanges, el declive de la hegemonía estadounidense no implica la desaparición de su dominio, sino su reconfiguración defensiva, aunque muchas veces se manifieste como ofensiva.
Desde el Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF), conocido simplemente como Foro de Davos, las decisiones estructurales del sistema estatal ya no se presentan como opciones políticas sujetas a deliberación democrática, sino como imperativos técnicos inevitables. No se votan; se administran.
Davos es uno de los nodos donde este desplazamiento del poder resulta más evidente. Pero ¿qué es exactamente este Foro?
El WEF es una reunión anual celebrada en Davos-Klosters (Suiza) que congrega a líderes gubernamentales, grandes empresas, organizaciones internacionales, representantes de la sociedad civil, universidades y emprendedores para debatir los desafíos más urgentes del mundo —economía, clima, tecnología, geopolítica, entre otros—. Participan más de 60 jefes de Estado y de Gobierno, así como líderes políticos de alto nivel.
Entre los asistentes habituales (según ediciones recientes, 2025/2026) se encuentran:
• Jefes de Estado y de Gobierno:
Donald J. Trump (Estados Unidos), Ursula von der Leyen (Comisión Europea), Javier Milei (Argentina), Olaf Scholz (Alemania), Matamela Cyril Ramaphosa (Sudáfrica), Volodymyr Zelenskyy (Ucrania), Pedro Sánchez (España), Tharman Shanmugaratnam (Singapur), entre otros.
• Líderes de organizaciones internacionales:
António Guterres (ONU), Ngozi Okonjo-Iweala (OMC), Kristalina Georgieva (FMI), Mark Rutte (OTAN), Tedros Adhanom Ghebreyesus (OMS), Achim Steiner (PNUD).
El pilar estructural del Foro lo constituyen las empresas globales, que participan como miembros, socios o asistentes:
• CEOs y presidentes de grandes bancos y firmas financieras:
Larry Fink (BlackRock), Jamie Dimon (JPMorgan Chase), Brian Moynihan (Bank of America), Ken Griffin (Citadel), entre otros.
• Líderes del sector tecnológico:
Satya Nadella (Microsoft), Jensen Huang (Nvidia), ejecutivos de OpenAI, Google DeepMind, etc.
• Directivos de grandes empresas energéticas y de sectores estratégicos:
(ExxonMobil, Shell, TotalEnergies, ENI).
Davos no es una institución pública ni un órgano soberano. Funciona como un dispositivo de hegemonía: un espacio de producción de consenso donde se definen narrativas, prioridades y límites de lo políticamente posible en función de intereses globales. Aquí no se dictan leyes, pero se fijan sus marcos de referencia. No se gobierna formalmente, pero se orienta la acción de los gobiernos.
Davos opera en el plano del poder estructural: la capacidad de definir las reglas del juego financiero, productivo y discursivo sin necesidad de coerción directa, la presión financiera resulte, en muchos casos, más efectiva que la fuerza explícita.
Trump versus globalismo
Estados Unidos sigue siendo la principal potencia financiera y una hegemonía nuclear occidental. Esto explica, en parte, por qué, aun en un contexto de declive político, económico y social, persiste su predominio financiero, sustentado en el patrón dólar, el sistema SWIFT, los mercados de capitales y los mecanismos de disciplinamiento global. Estos dos pilares financieros —el dólar y SWIFT— son comunes tanto a la América Global de los demócratas como al proyecto MAGA del trumpismo.
Si bien el modelo de la América Global —globalización financiera y gobernanza global— fue impulsado desde el Partido Demócrata, Wall Street, Davos y la ONU, y positivado en la Agenda 2030, dicho consenso político interno en Estados Unidos se ha quebrado. La administración Trump entra así en franca colisión con la perspectiva globalista.
En Davos 2026, el presidente Donald Trump utilizó el escenario para reafirmar un enfoque nacionalista y soberanista, basado en: el énfasis en la “recuperación” y el “boom” económico estadounidense; la defensa del proteccionismo y de reformas domésticas como modelo; la visión de Estados Unidos como garante de la seguridad internacional; y la crítica a los enfoques europeos sobre migración, energía y gasto público.
Su discurso giró en torno a la promoción de un modelo económico y geopolítico centrado en Estados Unidos, coherente con la doctrina “America First” y el proyecto MAGA.
Carney: más globalismo
El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney, titulado “Principled and Pragmatic: Canada’s Path”, plantea que el mundo atraviesa una ruptura, no una transición. El orden internacional basado en reglas (rules-based order) —establecido tras la Segunda Guerra Mundial— ya no funciona como antes ni volverá a hacerlo.
Carney sostuvo que las grandes potencias ya no respetan reglas ni acuerdos, y que utilizan la integración económica como arma mediante aranceles, cadenas de suministro y herramientas financieras, erosionando las instituciones multilaterales tradicionales, en clara alusión a la política de Trump.
Convocó a las potencias medianas a actuar de manera conjunta, advirtiendo:
“Si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
Planteó que este nuevo orden debería basarse en el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad entre países y una concepción de soberanía y seguridad estatal compatible con marcos globales.
Sin embargo, no debe olvidarse que Carney es un economista financierista, exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra. Desde esta perspectiva, su discurso no propone una ruptura con el capitalismo financiero globalista, sino una recomposición del consenso en un sistema que ha perdido legitimidad social y estabilidad geopolítica.
El capitalismo financiero no se cuestiona; se adapta. La llamada “finanza verde” no altera la jerarquía del poder financiero global; simplemente la reviste de moralidad bajo el marco del wokismo. Se trata de una reforma cosmética, que no incorpora demandas estructurales emergentes ni modifica las relaciones de poder del sistema internacional.
El mercado no se sustituye: se moraliza bajo la misma lógica de la Agenda 2030 y se relanza desde los mismos centros financieros de Wall Street y The City. Carney no es el arquitecto del sistema, sino uno de sus operadores. Su postura es claramente antisoberanista.
Los intentos del “reseteo” globalista
La propuesta de Carney puede entenderse como un intento de “reseteo” del modelo financiero globalista. No se trata de una conspiración, sino de una estrategia explícita de gobernanza global, ya estipulada en la Agenda 2030, pero sin hegemonía plena.
Ante la imposibilidad de restaurar el orden unipolar estadounidense de corte demócrata, las élites globales promueven una gestión tecnocrática del desorden: más regulación supranacional, más digitalización, más métricas y control normativo privado, y menos soberanía estatal.
Para Davos, el Estado no desaparece, pero se convierte en ejecutor funcional de normas producidas fuera de su soberanía decisional. Este proceso colisiona con la multipolaridad de la Tercera Modernidad y con el fin de la globalización unipolar de Washington.
La beligerancia externa de Estados Unidos, bajo Trump y MAGA, puede interpretarse como la proyección de una crisis interna —financiera, política y demográfica— que ya no puede resolverse dentro del marco institucional tradicional de una potencia nuclear en declive.
Conclusiones
El sistema internacional globalista no colapsa, pero entra en una fase de tensión hegemónica, donde el consenso se agota y la coerción simbólica pierde eficacia. El soberanismo no destruye el orden liberal, pero lo incomoda y exhibe sus límites.
Davos no gobierna el mundo, pero sí es uno de sus principales centros de articulación hegemónica. Carney no crea el orden globalista, pero contribuye a su legitimación en tiempos de crisis. El “reseteo” no anuncia un orden más justo, sino un reacomodo conflictivo del poder, destinado a preservar el dominio de las estructuras financieras y tecnocráticas en ausencia de soberanía estatal efectiva. El conflicto contemporáneo no es ideológico, sino estructural: se disputa la localización del poder.
El poder global se ejerce principalmente desde espacios privados de coordinación estratégica, donde se articulan capital financiero, corporaciones y tecnocracias. Los dispositivos globalistas formales persisten, funcionan sobre todo en el Sur Global y el Occidente Colectivo como instancias decisorias supranacionales, con mermada legitimación, y fuera de la soberanía democrática, he allí el origen y vigencia del
soberanismo en los Estados medianos.