Estrategia, comunicación y gobernanza
Irma Chesty

Rehenes de la información: el secuestro de la percepción ciudadana

13 de Enero de 2026

Irma Chesty


Rehenes de la información: el secuestro de la percepción ciudadana
Por: Dra. Irma Chesty Viveros
En la era de la hiperconectividad, paradójicamente, parecemos estar más atrapados que nunca. Lo que antes llamábamos “opinión pública” ha dejado de ser un consenso social para convertirse en un laberinto de espejismos donde solo vemos el reflejo de nuestros propios sesgos, y donde la comunicación política ya no busca informar, sino colonizar la percepción.
Hoy, el análisis social no puede entenderse sin desmenuzar cómo hemos pasado de ser receptores de mensajes a convertirnos, llanamente, en rehenes de una narrativa diseñada para el control. Por eso sostengo que somos rehenes de la información a la que estamos expuestos.
Nos vendieron las redes sociales como la democratización de la voz, la era de la libertad de expresión, incluso como las llamadas nuevas tecnologías de la información; sin embargo, el análisis sociológico revela una realidad más cruda: los algoritmos han construido “cámaras de eco” que funcionan como prisiones invisibles. En este espacio, la comunicación política se ha sofisticado; ya no necesita convencer mediante la razón, le basta con gestionar nuestras emociones.
Somos rehenes porque hemos permitido que la narrativa política domine el ritmo de nuestra cotidianidad. Si el poder marca una agenda muchas veces basada en el conflicto o la polarización, la sociedad entera se vuelca a discutirla, dejando de lado las carencias palpables en la banqueta, en el hospital o en la escuela. La narrativa se vuelve el evento, y el evento real se vuelve invisible.
¿Por qué aceptamos esta condición de rehenes? La respuesta yace en la comodidad de la percepción guiada. Es más fácil aceptar una verdad prefabricada que confrontar nuestros propios sesgos y ejercer pensamiento crítico ante la avalancha de datos que recibimos. Los medios de comunicación y las plataformas digitales han dejado de ser canales de información para convertirse en arquitectos de realidades paralelas.
Cuando la comunicación política se aleja de su función social que es la rendición de cuentas y la transparencia para centrarse exclusivamente en el “encuadre” (framing), el ciudadano pierde su soberanía mental. Nos volvemos cautivos de un discurso que nos dicta a quién odiar, qué aplaudir y, sobre todo, qué ignorar.
Entender la comunicación política hoy exige una vigilancia ciudadana que vaya más allá del “me gusta” o el “compartir”. Necesitamos recuperar el análisis social como una herramienta de autodefensa. No podemos permitir que el marketing político sustituya a la política pública.
La información que se gesta a nuestro alrededor es, a menudo, un ruido calculado. Nuestra tarea es distinguir entre la propaganda que busca el aplauso fácil y la comunicación institucional que debe servir al bien común. Ser ciudadanos implica, necesariamente, dejar de ser rehenes de la narrativa del poder para convertirnos en los autores de nuestra propia exigencia social.
Al final del día, la pregunta no es únicamente qué nos dicen en las pantallas, sino cómo aprendemos a mirar más allá de ellas. Recuperar nuestra percepción exige educación mediática, pensamiento crítico y una ciudadanía dispuesta a cuestionar, contrastar y no conformarse con la primera versión de la realidad que se le ofrece.
No se trata de huir de la información, sino de reapropiarnos de ella. De convertirnos en lectores activos del discurso público, no en consumidores pasivos de narrativas prefabricadas. Solo así podremos evitar que la percepción siga siendo el territorio más vulnerable del poder y transformarla, en cambio, en el primer espacio de nuestra verdadera libertad cívica.

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