El desafío de educar en la era de la posverdad
06 de Enero de 2026
Irma Chesty
El desafío de educar en la era de la posverdad
Por Irma Chesty Viveros
Suele ocurrirme con regularidad: en medio del análisis de un tema de política, comunicación o educación, algún alumno levanta la mano. No lo hace para aportar un dato, sino para formular una pregunta que hoy atraviesa aulas, hogares y redes sociales: “¿Cómo puedo saber si lo que acabo de leer es verdad?”.
La duda es el reflejo más claro de nuestro tiempo: la era de la posverdad, donde el impacto emocional suele imponerse a la evidencia, y donde la información no solo circula, sino que se distorsiona, se exagera y, con frecuencia, se fabrica. Vivimos en un ecosistema saturado de desinformación que viaja a la velocidad de un clic y que ha puesto en jaque al modelo educativo tradicional.
El verdadero problema ya no es solo la mentira, sino la sofisticación del engaño. La desinformación moderna no busca necesariamente que creamos algo falso; su objetivo principal es que dejemos de creer en la existencia de la verdad. Para los jóvenes, este campo de batalla se libra en las redes sociales, espacios donde los falsos debates se multiplican bajo una apariencia de pluralidad o inclusión, y donde hechos científicos comprobados se presentan como simples “opiniones”, equiparando el rigor académico con el ruido de un influencer sin fuentes.
Esta confusión se ve amplificada por algoritmos que construyen universos informativos personalizados. Estos refuerzan prejuicios, cancelan el pensamiento crítico y premian la indignación antes que la reflexión. En este contexto, la alfabetización digital básica; saber usar dispositivos o aplicaciones, resulta claramente insuficiente. No necesitamos solo usuarios hábiles; necesitamos ciudadanos críticos, capaces de comprender que detrás de cada mensaje existe una intención y, muchas veces, una estrategia de manipulación.
Ya no podemos limitarnos a transmitir información cuando el mundo entero cabe en un teléfono. La tarea central del docente hoy es formar lectores de la realidad. Esto implica incorporar competencias esenciales de alfabetización mediática en el aula y en la vida cotidiana, tales como:
• Rastrear el origen de la información: quién la publica, desde dónde, con qué intereses y bajo qué contexto.
• Contrastar fuentes: no aceptar una sola versión de los hechos, especialmente cuando el contenido es escandaloso o emocionalmente provocador.
• Distinguir hechos de opiniones: identificar datos verificables frente a interpretaciones, juicios o propaganda.
• Analizar el lenguaje y las emociones: detectar cuándo un mensaje busca informar y cuándo intenta manipular a través del miedo, el enojo o la polarización.
• Resistir el clickbait: aprender a detenerse antes de compartir, leer más allá del titular y comprender que la prisa es aliada de la desinformación.
Enseñar a distinguir la verdad no es únicamente un desafío pedagógico; es una responsabilidad ética y una necesidad de nuestro tiempo. La alfabetización mediática se convierte, entonces, en una herramienta de libertad, al ejercer el derecho a no ser manipulados y la capacidad de construir una opinión propia basada en hechos.
Cuando mis alumnos me preguntan cómo “elegir bien” qué creer, siempre respondo lo mismo: la duda es su mejor aliada. Si dudas, ya diste el primer paso. El siguiente es informarte hasta construir un criterio propio. No se trata de desconfiar de todo de forma cínica, sino de amar la verdad lo suficiente como para verificarla. En un mundo saturado de ruido, enseñar a investigar y a construir pensamientos propios es el mayor acto de esperanza y, quizás, la última línea de defensa de nuestra democracia.



