Trump y el secuestro de la percepción pública
27 de Enero de 2026
Irma Chesty
Trump y el secuestro de la percepción pública
Por: Dra. Irma Chesty Viveros
Vivimos un cambio silencioso pero profundo: ya no habitamos la era de la información, sino la de la interpretación. Hoy, los hechos importan menos que el relato que les da sentido. Pocas figuras encarnan mejor este fenómeno que Donald Trump, cuya fuerza política no radica en sus propuestas, sino en su capacidad para capturar la percepción pública.
El error más común es creer que Trump gana apoyo por lo que dice. En realidad, lo que vende no es un discurso, sino una narrativa. El discurso es el mensaje explícito; la narrativa es el marco simbólico que ordena la realidad y nos dice cómo interpretarla. Y cuando ese marco es lo suficientemente poderoso, los hechos dejan de tener el peso que tradicionalmente les atribuimos.
Toda narrativa eficaz cumple tres funciones básicas: ordena el caos, asigna roles y promete un final. Conecta hechos dispersos en una historia coherente, define un héroe y un villano, y presenta la victoria como inevitable. En el caso de Trump, el héroe es él; el villano, el sistema; y lo que está en juego es la identidad misma de la nación.
Desde esta lógica, los juicios, críticas y escándalos no debilitan su figura: la fortalecen. Trump ha logrado invertir el significado del ataque político. Ser perseguido ya no es señal de error, sino prueba de fuerza. La víctima no aparece como débil, sino como un guerrero castigado por atreverse a desafiar al poder en nombre de los suyos.
Este mecanismo explica por qué, en la política contemporánea, la percepción pesa más que los hechos. La ciencia cognitiva lo confirma: no somos seres racionales que luego se emocionan, sino seres emocionales que después buscan razones para justificar lo que ya sienten. Cuando una narrativa toca la identidad, el dato pierde relevancia.
A partir de ahí, la narrativa actúa como un filtro mental. Se activa el sesgo de confirmación, los hechos incómodos se desacreditan y la verdad deja de ser verificable para volverse identitaria. Cuestionar al líder se vive como una traición personal, no como un ejercicio crítico.
Los medios de comunicación, atrapados en la economía de la atención, juegan un papel incómodo en este proceso. Al cubrir cada provocación para obtener audiencia, terminan amplificando el marco narrativo que intentan cuestionar. Desmentir sin salir de ese marco es una batalla perdida: cuanto más se habla de un tema, incluso para criticarlo, más se legitima su centralidad.
El daño más profundo de este fenómeno no es electoral, sino social. Cuando la narrativa sustituye a la realidad, se rompe la epistemología compartida: ese mínimo acuerdo sobre qué es verdadero y qué no. Sin ese suelo común, el diálogo democrático se vuelve imposible y la sociedad se fragmenta en realidades paralelas.
El desafío de nuestro tiempo no es solo combatir la desinformación, sino construir narrativas alternativas con la misma potencia emocional, pero con un fundamento ético y democrático. Hoy, el poder no lo tiene quien controla los datos, sino quien logra que su historia sea la que la gente decida creer. Y si no somos conscientes de cómo se moldea nuestra percepción, corremos el riesgo de vivir dentro del relato de alguien más.



