Tercera Modernidad y Escuela Segura: gestionar mis emociones como medio de autocuidado 3/4
11 de Octubre de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: Tercera Modernidad y Escuela Segura: gestionar mis emociones como medio de autocuidado 3/4
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
Proximidad: conocer el territorio para prevenir
La proximidad supone conocer el territorio, pero el territorio no es solamente un espacio geográfico. Es también una red de relaciones intersubjetivas, instituciones, conflictos, identidades, recursos y significados. Desde esta perspectiva, la prevención requiere identificar factores de riesgo y factores de protección en diferentes niveles: individual, familiar, escolar, comunitario y territorial. La proximidad policial puede contribuir a ese conocimiento mediante el contacto sistemático con la comunidad, siempre dentro de sus atribuciones y en coordinación con las instituciones competentes. Su valor preventivo no radica únicamente en aumentar la vigilancia, sino en mejorar la capacidad institucional para reconocer situaciones antes de que evolucionen hacia expresiones de violencia o delito.
Cabe precisar que no toda problemática social es un problema policial; no todo conflicto constituye violencia; no toda violencia constituye delito; y no todo comportamiento problemático requiere una respuesta policial. Asimismo, no puede asumirse una trayectoria lineal según la cual una conducta problemática necesariamente evoluciona hacia una carrera delictiva. La prevención debe atender, más bien, las trayectorias de riesgo y los factores de vulnerabilidad que, en determinadas circunstancias, pueden favorecer la violencia o la comisión de delitos.
La prevención social, la prevención situacional y la prevención policial responden a lógicas distintas, aunque pueden complementarse. Del mismo modo, la proximidad social y la proximidad policial no son conceptos idénticos: la primera puede involucrar múltiples actores comunitarios e institucionales, mientras que la segunda corresponde a una modalidad específica de relación entre la institución policial y la población.
La escuela como territorio educativo, comunitario y protector
La escuela constituye uno de los espacios privilegiados para observar estas transformaciones epocales y prevenir factores asociados con la violencia y la incidencia delictiva. En ella convergen estudiantes, docentes, familias, autoridades, instituciones y comunidad. No solamente transmite conocimientos: también socializa, genera pertenencia, construye normas de convivencia y desarrolla capacidades para la vida colectiva. Desde la perspectiva de la seguridad pública, puede entenderse como un territorio comunitario de proximidad y prevención, sin que ello implique su policialización.
Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE en 2026, muestran que en México 30 % de los estudiantes de 15 años alcanzó al menos el nivel 2 de desempeño en matemáticas, mientras que aproximadamente 50 % lo alcanzó en lectura y ciencias, frente a 65 %, 69 % y 74 %, respectivamente, en los promedios de la OCDE (OECD, 2026a). Estos resultados expresan fundamentalmente desafíos educativos y no constituyen, por sí mismos, un problema policial. Sin embargo, permiten advertir la importancia de fortalecer capacidades para comprender el entorno, procesar información, resolver problemas y tomar decisiones en una sociedad cada vez más compleja. ([OECD][5])
A ello se suma la expansión del territorio digital: de acuerdo con la ENDUTIH 2024, 83.1 % de las personas de seis años o más en México utilizó Internet y 73.6 % de los hogares contó con acceso a este servicio; entre 2023 y 2024 también aumentó 31.5 % la disponibilidad de dispositivos inteligentes en los hogares (INEGI, 2025). ([Opera Capacita][6])
La escuela tiene, por tanto, un territorio físico y otro digital. En ambos existen oportunidades de aprendizaje y socialización, pero también riesgos, violencia, desinformación y presión social. Corresponde principalmente al sector educativo desarrollar conocimientos, pensamiento crítico, alfabetización digital y capacidades para actuar responsablemente. La seguridad pública interviene desde otro ámbito: contribuir a la prevención de las violencias y el delito, fortalecer la proximidad con la comunidad educativa, identificar factores de riesgo, proteger y articular, dentro de sus atribuciones, la respuesta institucional.
La intersección entre ambos sectores aparece principalmente en el ámbito psicosocial y conductual. La gestión emocional, el autocuidado, la convivencia, la resolución pacífica de conflictos, la capacidad para solicitar ayuda y el reconocimiento de situaciones de riesgo son procesos formativos, pero también poseen relevancia preventiva. La legislación mexicana reconoce la importancia de la prevención y la participación de la comunidad en la atención de factores de riesgo.
Esta convergencia no significa confundir funciones. El aprendizaje, el desarrollo cognitivo y la formación académica corresponden al ámbito educativo; la seguridad pública no sustituye al docente ni convierte los problemas pedagógicos en problemas policiales. Su participación adquiere sentido cuando determinadas condiciones psicoemocionales, relacionales o conductuales pueden constituir factores de vulnerabilidad o protección, y cuando se requiere coordinación entre escuela, familias, comunidad e instituciones de seguridad.
La escuela puede así constituirse en un territorio educativo, comunitario y protector: educativo, porque desarrolla conocimientos y capacidades; comunitario, porque articula relaciones y redes de apoyo; y protector, porque fortalece factores que disminuyen vulnerabilidades y favorecen la convivencia. Desde esta perspectiva, la gestión emocional y el autocuidado son componentes educativos para el desarrollo integral y, simultáneamente, recursos que pueden fortalecer factores protectores relevantes para la prevención social.
La seguridad pública participa en este proceso desde sus atribuciones de prevención, proximidad, protección y coordinación institucional. No se trata de trasladar los problemas escolares al ámbito policial, sino de reconocer que la construcción de entornos seguros requiere la articulación de competencias diferenciadas y complementarias.
Escuela, comunidad y derechos: la corresponsabilidad preventiva
La seguridad escolar debe vincularse con el derecho a la educación y con los derechos de niñas, niños y adolescentes. La legislación vigente contempla mecanismos de protección integral y prevención de situaciones que vulneren sus derechos. Por ello, una Escuela Segura no puede construirse únicamente mediante vigilancia. Requiere condiciones institucionales que permitan aprender, convivir, participar y desarrollarse en un entorno protegido.
Aquí vuelve a aparecer la cuestión la subjetividad y del tejido social. Si la hiperindividualización debilita determinadas formas de pertenencia, la escuela puede constituirse en un espacio de reconstrucción de vínculos. No se trata de regresar a formas comunitarias del pasado, sino de construir nuevas modalidades de comunidad adecuadas a las condiciones actuales.
La proximidad puede contribuir a este proceso mediante reconocimiento, escucha institucional, confianza, participación y articulación de redes. Su propósito no es sustituir a la comunidad, sino fortalecer su capacidad para relacionarse con las instituciones y activar mecanismos de protección y prevención.
La persona: emociones, conciencia y autorregulación
La dimensión personal constituye el tercer componente de esta arquitectura. Si la institución representa capacidad pública y la comunidad representa tejido social, la persona constituye el espacio donde esas condiciones se experimentan subjetivamente. Las emociones forman parte de esa experiencia y no son anomalías que deban eliminarse; constituyen respuestas humanas que proporcionan información sobre necesidades, experiencias y relaciones con el entorno. Desde la tradición humanista, Rogers (1961) colocó la experiencia subjetiva y la capacidad de conciencia en el centro de la comprensión de la persona, mientras que la tradición Gestalt, particularmente en Perls, Hefferline y Goodman (1951), desarrolló una perspectiva centrada en la conciencia de la experiencia y el contacto con el entorno.
En esta perspectiva, comprender las emociones constituye una condición para poder relacionarse con ellas de manera consciente. Muñoz Polit (2019) desarrolla la relación entre emociones, sentimientos y necesidades, lo que permite entender que una emoción puede ser reconocida como una experiencia que comunica algo sobre la persona y su relación con el entorno. Gestionarla, por tanto, no significa reprimirla ni eliminarla, sino reconocerla, comprenderla y encontrar formas responsables de expresarla. De este proceso se deriva una capacidad fundamental para la prevención: antes de responder ante una situación, la persona puede tomar consciencia de lo que experimenta, identificar aquello que desencadena su reacción y valorar las posibilidades de respuesta.
La prevención comienza así antes de la conducta. La consciencia permite reconocer las emociones, comprender su relación con determinadas experiencias y advertir cómo pueden influir en los pensamientos, decisiones y comportamientos. Este reconocimiento abre la posibilidad de autorregularse, es decir, de modular la respuesta sin quedar sometido inmediatamente al impulso. Entre lo que ocurre y la conducta que sigue existe, cuando las condiciones lo permiten, un espacio de conciencia en el que puede construirse una respuesta diferente.
A partir de la autorregulación puede desarrollarse el autocuidado, entendido no solamente como protección física, sino como la capacidad de reconocer los propios límites, valorar las consecuencias de las decisiones, solicitar ayuda cuando sea necesario y evitar situaciones que puedan incrementar la vulnerabilidad. El autocuidado favorece así una respuesta responsable frente a los conflictos y las situaciones de riesgo, porque permite actuar considerando tanto las propias necesidades como las consecuencias que la conducta puede tener sobre los demás.



