El poder de lo que dejamos de preguntar
07 de Octubre de 2026
Irma Chesty
El poder de lo que dejamos de preguntar
Por: Dra. Irma Chesty Viveros
Hay relatos que no necesitan ser completamente falsos para resultar poderosos. Les basta con seleccionar qué vemos, qué escuchamos y, sobre todo, qué dejamos de mirar.
En la primera parte de esta reflexión hablábamos de cómo los relatos públicos pueden construir enemigos, ordenar acontecimientos y colocar a determinados actores en el lugar de la amenaza mientras otros ocupan el papel de defensores.
Pero hay una dimensión todavía más interesante: lo que un relato consigue que no nos preguntemos. Porque comunicar no consiste únicamente en poner algo frente a nuestros ojos. También consiste en sacar otras cosas del campo de visión.
Estamos acostumbrados a preguntar si algo es verdadero o falso. Es una pregunta necesaria, pero quizá ya no sea suficiente. Porque un relato puede construirse a partir de hechos verdaderos y, aun así, conducirnos hacia una interpretación determinada. Puede ofrecernos datos reales, imágenes reales, declaraciones reales y acontecimientos comprobables. La pregunta entonces cambia.
Ya no es solamente: ¿Esto es verdad?
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué parte de la realidad está quedando fuera de esta historia?
¿Qué no se está contando?
¿Quién no tiene voz?
¿Qué consecuencia queda fuera del encuadre?
Y, quizá la más importante: ¿qué estamos aceptando como inevitable simplemente porque así fue contado?
George Lakoff ha explicado cómo los marcos mentales organizan nuestra manera de interpretar la realidad. No necesitamos conocer todos los detalles de un acontecimiento para construir una posición sobre él; muchas veces basta con el marco desde el cual nos fue presentado.
Stuart Hall, desde otra perspectiva, nos recuerda que los mensajes no llegan a audiencias pasivas. Los interpretamos desde nuestras experiencias, códigos culturales y referencias previas.
Eso significa que el relato no termina cuando alguien habla. Continúa cuando alguien escucha. Y ahí aparece una de las grandes batallas de la comunicación contemporánea: quién consigue definir el significado de lo que está ocurriendo. Porque quien define el problema también empieza a definir las soluciones posibles.
Si una situación es presentada como una amenaza, buscaremos protección. Si es presentada como una crisis, buscaremos una respuesta inmediata. Si es presentada como un conflicto entre buenos y malos, comenzaremos a buscar de qué lado estamos. Y mientras elegimos bando, quizá dejamos de hacer otras preguntas.
Hay una razón por la que algunos relatos funcionan tan bien porque simplifican. Nos ofrecen protagonistas. Nos ofrecen responsables. Nos ofrecen víctimas. Nos ofrecen una explicación, y sobre todo, nos ahorran la incomodidad de la incertidumbre.
El problema aparece cuando la simplificación sustituye a la comprensión, porque detrás de casi cualquier conflicto existen intereses, antecedentes, decisiones previas, responsabilidades compartidas y consecuencias que rara vez caben en un titular.
Pero los relatos necesitan economía. Un enemigo. Una causa. Una respuesta. Una conclusión. La realidad, en cambio, casi nunca funciona así. La realidad es mucho más desordenada, y precisamente por eso es más difícil de comunicar.
Quizá por eso necesitamos recuperar una práctica aparentemente sencilla: hacer preguntas antes de tomar posición. No solamente preguntar quién tiene razón, preguntar también quién definió el problema. No quedarnos solamente con preguntar qué ocurrió, sino identificar también que ocurrió antes. Quién es responsable. Quién más participó en la construcción de las condiciones que hicieron posible el problema.
No solamente preguntar qué solución se propone. Preguntar qué otras soluciones quedaron fuera de la conversación. Y sobre todo: ¿a quién beneficia que veamos el problema exactamente de esta manera?
Esta última pregunta no implica asumir que detrás de cada relato existe una conspiración, implica algo mucho más elemental, reconocer que ninguna narrativa es completamente inocente. Que toda selección de hechos produce un encuadre, toda elección de palabras genera una interpretación y que todo silencio también comunica.
El riesgo aparece cuando dejamos de distinguir entre el acontecimiento y la historia que construimos alrededor de él. El relato puede ayudarnos a comprender la realidad, pero también puede terminar sustituyéndola. Y cuando eso ocurre, dejamos de mirar los resultados para concentrarnos en las versiones. Dejamos de preguntar qué sucedió para discutir quién lo contó mejor. Dejamos de contrastar para reaccionar. Dejamos de analizar para identificarnos.
Quizá ese sea uno de los mayores desafíos de la comunicación contemporánea aprender a mirar no solamente lo que aparece en pantalla, sino aquello que quedó fuera de ella. Porque la información nos dice qué ocurrió. El relato intenta decirnos qué significa. Y entre una cosa y otra existe un espacio enorme. Es precisamente ahí donde necesitamos detenernos.
Los enemigos cambian, los protagonistas cambian, los gobiernos cambian, los temas cambian, incluso las plataformas cambian. Lo que permanece es la capacidad de construir relatos capaces de organizar nuestra percepción de la realidad.
Por eso, quizá el verdadero ejercicio de pensamiento crítico no consiste solamente en preguntarnos quién tiene la razón, consiste en detenernos un momento y preguntarnos:
¿Qué no estoy viendo porque alguien consiguió que mirara hacia otro lado?
Porque el verdadero poder de un relato no está solamente en lo que consigue que creamos, está en lo que consigue que dejemos de preguntarnos.



