Estrategia, comunicación y gobernanza
Irma Chesty

El enemigo cambia, el relato permanece: de CNN a México en 24 horas

22 de Septiembre de 2026

Irma Chesty


El enemigo cambia, el relato permanece: de CNN a México en 24 horas
Dra. Irma Chesty Viveros
El sábado pasado, la Casa Blanca vetó a CNN de la cobertura de un evento presidencial. La reacción de otros medios estadounidenses fue poco habitual: ABC, CBS, NBC, Fox, MS NOW y Politico, entre otros, suspendieron su participación en el pool de cobertura de prensa de la Casa Blanca.
En un ecosistema mediático profundamente fragmentado y con medios que suelen ocupar posiciones ideológicas muy distintas ocurrió algo inusual, la disputa dejó de ser solamente con CNN y se convirtió en un asunto que involucró a buena parte de la prensa.
Veinticuatro horas después, Donald Trump subió al podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas y colocó a México en el centro de su discurso. Lo señaló como “epicentro” del narcotráfico y calificó de “inaceptable” que Estados Unidos comparta frontera con nuestro país.
Dos días, dos adversarios, una misma estructura y, quizá ahí está lo verdaderamente interesante. Porque si uno observa estos episodios desde la lógica tradicional de la comunicación política, puede pensar que estamos frente a contradicciones, improvisaciones o simples giros discursivos.
Yo prefiero otra lectura, no estamos necesariamente ante la ausencia de un relato. Estamos ante un relato que no puede permitirse terminar. El enemigo puede cambiar. La amenaza, no.
Hace casi un siglo, Harold Lasswell estudió la propaganda política de la Primera Guerra Mundial y mostró una de sus estructuras más eficaces: presentar el conflicto como una confrontación defensiva frente a un agresor que amenaza al grupo propio.
La fórmula es sencilla y por eso, poderosa: ellos amenazan; nosotros nos defendemos.Lo interesante es que, para que la fórmula funcione, el enemigo no necesita ser siempre el mismo.
Hoy puede ser una cadena de televisión. Mañana, un país. Después, una institución, un gobierno, una organización internacional o cualquier otro actor que pueda ocupar ese lugar narrativo.
El enemigo cambia pero la amenaza permanece, y con ella permanece también un “nosotros” que se siente agraviado, atacado o en peligro y que, por lo tanto, necesita ser protegido.
Eso ayuda a entender por qué estos relatos desconciertan tanto a quienes esperan coherencia argumentativa. Buscamos que el discurso mantenga una línea temática estable, cuando quizá su verdadera estabilidad está en otra parte, en la repetición de la misma relación entre amenaza, enemigo y defensa.
No se trata solamente de convencer. George Lakoff ofrece otra pieza para entender este mecanismo desde la lingüística cognitiva, su idea del “padre estricto” explica cómo determinados discursos activan un marco moral basado en autoridad, disciplina, protección y amenaza.
Cuando ese marco está activado, la discusión deja de depender exclusivamente de los datos. No significa que los datos desaparezcan. Significa que pueden dejar de ser lo primero que la audiencia procesa.
Y aquí aparece otra aportación interesante, la de Stuart Hall: los mensajes no llegan a una audiencia como una página en blanco. Cada persona los interpreta desde códigos culturales, experiencias y marcos previos. Por eso una frase puede ser suficiente para algunos públicos.
Si una audiencia ya está predispuesta a interpretar a México como una amenaza, una acusación pronunciada desde la Asamblea General de la ONU no necesita construir toda la historia. La audiencia puede completar el resto.
El relato ya estaba ahí. El problema es que el relato nunca termina. Esta es, para mí, la parte más importante. Una narrativa de enfrentamiento permanente no necesita resolver el conflicto. Necesita mantenerlo abierto.
No busca necesariamente llegar a un punto en el que podamos decir: “el problema quedó solucionado”. Cada episodio abre el siguiente. Hoy es CNN, mañana es México, después puede ser cualquier otro actor.
Y cuando aparece una respuesta, una aclaración o un desmentido, existe el riesgo de que esa respuesta sea incorporada al propio relato como una nueva evidencia del conflicto.
Ahí está una de las mayores dificultades de la comunicación contemporánea: no todos los públicos están participando en una conversación basada en las mismas reglas.
Un lado puede estar hablando de datos. El otro, de amenaza.Uno puede estar ofreciendo una corrección. El otro puede estar buscando confirmación.
Y cuando sucede eso, acumular cifras no necesariamente modifica el marco desde el cual esas cifras son interpretadas.
¿Qué significa esto para México?
Aquí la discusión deja de ser exclusivamente académica.
Para quienes hacemos comunicación institucional entender esta arquitectura importa, Pues no se trata de responder a cada acusación con indignación pero tampoco de ignorarla, y mucho menos de entrar en el terreno narrativo que propone el adversario.
Porque responder a un relato de confrontación exclusivamente con cortesía diplomática, datos o desmentidos puede ser insuficiente si no entendemos primero qué historia estamos ayudando a contar con nuestra propia respuesta.