Merlín: el pato más famoso de México y la disputa que no viste
23 de Junio de 2026
Irma Chesty
Merlín: el pato más famoso de México y la disputa que no viste
Por Dra. Irma Chesty Viveros
Había una vez un pato con camiseta verde que recorría las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México vendiendo aguas junto a su familia.Nadie diseñó una estrategia para hacerlo famoso. Solo su familia que decidió grabarlo y subirlo a las redes, en la algarabía del festejo del triunfo de la selección de futbol mexicana.
En cuestión de horas se hizo tan famoso que Merlín llegó a Palacio Nacional, apareció en la conversación pública nacional, protagonizó memes, inspiró mercancía; como playeras y gorras, y terminó convertido en uno de los símbolos inesperados del Mundial 2026.
Lo interesante no es que un pato se haya vuelto viral. Lo interesante es observar quién llegó primero a él, quién descubrió que se había convertido en un fenómeno social en solo horas y decidió apropiarse de su significado. Este es un caso mas para comprender la comunicación política contemporánea.
Durante décadas la comunicación política funcionó bajo una lógica simple, las instituciones emitían mensajes, los medios los difundían y la ciudadanía los recibía. Hoy ese modelo convive con otro más horizontal. Las redes sociales han convertido a millones de personas en productoras de contenido, intérpretes de la realidad, constructoras de relatos colectivos y generadores de opinión pública.
El pato Merlín es un ejemplo perfecto.
Un video grabado con un teléfono celular generó más conversación pública que muchas campañas diseñadas con grandes presupuestos. No hubo voceros, estrategia, ni planeación. Hubo algo más poderoso: emoción, humor, ternura, identidad y orgullo popular que se combinaron para crear un relato que nadie controlaba, que llegaba al corazón de los aficionados y no aficionados al futbol, es por eso que resultó creíble.
Las redes sociales nos han mostrado que son espacios donde se producen historias, significados, en donde la calle y el ciudadano común compiten con las instituciones y definen qué o quién merece atención. Cuando un fenómeno espontáneo alcanza relevancia pública, ocurre algo que es mas que predecible, la disputa de diversos actores por su significado.
La presidenta Claudia Sheinbaum vio en Merlín una historia sobre una familia trabajadora, creatividad popular y cercanía con la gente. Su encuentro con el pato en Palacio Nacional reforzó ese marco narrativo.
Ricardo Salinas Pliego observó algo distinto y llegó antes con boletos para el estadio, una propuesta de colaboración para TV Azteca y mensajes que apelaban a la libertad de emprender sin interferencias burocráticas.
Ambos reaccionaron al mismo fenómeno.Pero ninguno estaba hablando realmente del pato. Cada uno estaba hablando de sí mismo. Por una parte, la presidenta reforzó una narrativa de cercanía institucional y reconocimiento a la cultura popular y el empresario reforzó una narrativa de agilidad, emprendimiento y contraste con el aparato estatal.
El pato era el vehículo. El mensaje era otro. Porque en comunicación política los hechos rara vez hablan por sí solos. Su significado depende de quién logra interpretarlos primero y convencer a los demás de esa interpretación.
Aquí aparece la paradoja más interesante, Merlín tenía valor porque no pertenecía a nadie. Era espontáneo, impredecible, auténtico y sin preferencias políticas. Su fuerza y aceptación provenía de no haber sido diseñado para comunicar nada.
Pero cuando un fenómeno viral alcanza suficiente relevancia, las instituciones intentan incorporarlo a sus propios relatos. Lo convierten en su patrimonio narrativo, y en ese proceso corre el riesgo de perder aquello que lo volvió atractivo. Lo que era un fenómeno libre comienza a institucionalizarse. La espontaneidad se convierte en recurso estratégico.
Por eso la velocidad importa tanto, pues en la lógica digital, quien llega primero suele tener ventaja sobre quien posee más estructura. Los fenómenos virales tienen ciclos de vida breves y no esperan los tiempos del protocolo.
Lo que debemos comprender es que la comunicación política sigue necesitando narrativas sólidas, coherentes y sostenidas en el tiempo. Ninguna institución puede construir legitimidad únicamente a partir de tendencias virales. Pero el caso Merlín deja una lección relevante.
En una época donde las redes producen significado a una gran velocidad, el poder no depende solo de controlar el mensaje, depende también de reconocer los momentos que emergen desde la sociedad y entender cuándo acompañarlos sin desaparecerlos. A veces la mejor estrategia consiste en identificar y escuchar lo que está circulando. Merlín probablemente será olvidado cuando termine el Mundial. Los fenómenos virales son efímeros por naturaleza.
La pregunta que nos deja este hecho en la comunicación política mexicana es: ¿tiene más poder quien controla la institución o quien llega primero a la conversación?.



