Estrategia, comunicación y gobernanza
Irma Chesty

De la fakecracia al poder (II): la maquinaria que sostiene la mentira

25 de Agosto de 2026

Irma Chesty


De la fakecracia al poder (II): la maquinaria que sostiene la mentira
Dra. Irma Chesty Viveros
En la entrega anterior hablamos de cómo la mentira política dejó de ser una excepción para convertirse en un sistema completo: una forma de gobernar construyendo una realidad alternativa. Hoy veamos cómo funciona esa maquinaria.
El politólogo Moisés Naím lo explica en su libro La revancha de los poderosos. Ahí identifica tres herramientas que usan los gobiernos autoritarios de hoy para mantenerse en el poder: populismo, polarización y posverdad. Las llama, de forma resumida, las "3P".
De las tres, la posverdad es quizás la más difícil de entender, porque no consiste simplemente en mentir. Consiste en algo más eficaz todavía: lograr que la verdad deje de importar. Cuando un gobierno consigue esto, ya no tiene que ganar el debate sobre si hizo bien o mal las cosas. Le basta con lograr que la gente ya ni siquiera se ponga de acuerdo en qué fue lo que pasó. Discuten qué imagen es real, qué video fue editado, qué cifra es cierta... y mientras todos discuten eso y nadie discute ya las decisiones de un gobierno.
Imagina un cuarto lleno de cien personas gritando cien versiones distintas de la misma noticia, todas al mismo tiempo. Al final, exhausta, la gente deja de intentar distinguir cuál es la versión correcta. No hace falta prohibir la verdad si se le puede ahogar entre tanto ruido. Nos convertimos en sociedades saturadas de información.
Y esto es exactamente lo que en América Latina algunos autores ya llaman fakecracia: un sistema en el que la noticia falsa no es un episodio aislado de campaña, sino un órgano permanente que nunca se apaga. La lógica es sencilla: la campaña nunca termina. Cambian las herramientas —redes sociales, grupos de WhatsApp, cuentas anónimas, granjas de bots, influencers pagados, voceros oficiales convertidos en productores de contenido de tiempo completo— pero el objetivo es el mismo: repetir una versión de los hechos las veces necesarias hasta que parezca que todo el mundo la cree. Y nosotros los ciudadanos quedamos en un vórtice de información o desinformación, que para el caso termina siendo lo mismo.
La propaganda clásica intentaba maquillar una verdad incómoda. La fakecracia hace algo distinto: construye, desde cero, una realidad cómoda para quien gobierna.
Y aquí está la pregunta que de verdad debería inquietarnos: ¿qué pasa cuando un gobierno ya no necesita demostrar que algo ocurrió, sino simplemente lograr que suficientes personas crean que ocurrió? ¿Qué pasa cuando lo que la gente percibe pesa más que lo que realmente sucedió?
La respuesta es incómoda: el poder deja de competir por decir la verdad, y empieza a competir por controlar lo que la gente percibe como verdad.
Ese es el verdadero cambio que estamos viviendo. No es que la política haya encontrado una forma más sofisticada de contar historias. Es que aprendió a gobernar desde una historia, aunque esa historia no sea cierta.
Porque una mentira necesita que alguien la crea para funcionar. Pero una fakecracia necesita algo todavía más poderoso: que dejemos de preguntarnos si es verdad.