FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

Ejercicio de poder o declive de la hegemonía estadounidense

10 de Septiembre de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: Ejercicio de poder o declive de la hegemonía estadounidense

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

La reciente presencia de funcionarios estadounidenses en Moscú plantea una paradoja geopolítica: ¿estamos ante una demostración del poder de Washington o ante una expresión de los límites de su hegemonía? La llegada de funcionarios estadounidenses a territorio ruso para negociar directamente con Moscú puede interpretarse, en primera instancia, como una demostración de poder. Estados Unidos conserva una extraordinaria capacidad militar, económica, tecnológica, financiera, diplomática y de inteligencia. Sin embargo, existe una segunda lectura: si Washington necesita negociar directamente con Rusia para intentar modificar el curso de una guerra que no ha podido resolver mediante la presión militar, económica, financiera y diplomática, el mismo acontecimiento puede revelar los límites de su capacidad para imponer unilateralmente las condiciones del sistema internacional.
?La paradoja es evidente: el poder puede expresarse tanto en la capacidad de imponer como en la necesidad de negociar. Esta contradicción adquiere mayor relevancia en esta Tercera Modernidad, caracterizada por la transición hacia un sistema internacional más complejo, competitivo y crecientemente multipolar, así como por el despliegue de tecnologías críticas.
Poder efectivo y hegemonía
Para comprender esta coyuntura geopolítica es necesario establecer una premisa: en las relaciones internacionales, el poder efectivo supone capacidad real para defender, imponer o hacer prevalecer intereses. No se reduce a la influencia diplomática ni al reconocimiento jurídico; requiere una base material que incluye, entre otras dimensiones, la capacidad militar, económica, financiera, tecnológica y política.
?Desde la tradición realista, esta perspectiva permite comprender que el actual sistema internacional carece de una autoridad supranacional y unipolar capaz de garantizar de manera absoluta el cumplimiento de sus reglas. El orden internacional depende, en buena medida, de una correlación de poder que expresa las capacidades relativas de los Estados para defender sus intereses, ejercer influencia y modificar el comportamiento de otros actores.
?En términos, digamos, weberianos, el poder se verifica cuando existe la posibilidad efectiva de imponer una voluntad o unos intereses dentro de una relación social, incluso frente a resistencias. Trasladada esta categoría al ámbito internacional, la cuestión central es la capacidad de un Estado para convertir sus recursos y dispositivos de poder en resultados políticos y geopolíticos.
?De ahí que una potencia no pierda necesariamente su condición hegemónica porque alguno de sus instrumentos se debilite. Lo determinante es la disminución de su eficacia hegemónica: la distancia entre lo que una potencia posee y aquello que realmente consigue imponer. La premisa, por tanto, es sencilla: el poder internacional no se mide solamente por la magnitud de los recursos disponibles, sino por su capacidad efectiva para producir resultados concretos. Y es precisamente esa capacidad la que los conflictos de Ucrania e Irán permiten poner a prueba en el caso de Washington y, de manera indirecta, en el de Moscú.
Los acontecimientos recientes entre Estados Unidos y Rusia
El 25 de agosto de 2026, John Ratcliffe, director de la CIA, viajó a Moscú y sostuvo conversaciones con altos responsables de los servicios de inteligencia rusos. De acuerdo con Axios (2026a, 2026b), Ratcliffe se reunió con Sergey Naryshkin, director del SVR, y Alexander Bortnikov, director del FSB. Durante esas conversaciones se habría explorado la posibilidad de reactivar las negociaciones e incluso planteado una eventual reunión entre Donald Trump, Vladimir Putin y Volodímir Zelenski.
?La importancia de la visita no reside solamente en quién viajó, sino también en el nivel institucional del contacto. La inteligencia estadounidense fue empleada como instrumento para mantener o reabrir un canal de comunicación con Moscú. No obstante, debe precisarse que Ratcliffe no se reunió con el presidente Vladimir Putin. Por ello, la visita no puede interpretarse como una negociación presidencial directa.
?Días después, Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados del presidente Donald Trump, viajaron a Moscú para reunirse con Putin y posteriormente se trasladaron a Kiev para conversar con Zelenski. El propósito declarado fue reactivar las negociaciones destinadas a poner fin a la guerra (Reuters, 2026a, 2026b).
?La secuencia resulta significativa: primero la inteligencia; después la diplomacia; finalmente, la negociación política directa. Sin embargo, estos contactos no deben confundirse con la existencia de un proceso de paz consolidado. Las posiciones de Moscú y Kiev continúan alejadas y los combates permanecen activos. Sin embargo, el 8 de septiembre, mientras los enviados estadounidenses concluían su misión, Rusia reanudó los ataques sobre Kiev con drones y misiles balísticos. Reuters (2026d) informó que los ataques causaron víctimas y daños materiales, mientras Ucrania continuaba enfrentando presiones sobre sus sistemas de defensa aérea.
?Existe, por tanto, un dato político que no puede soslayarse: Washington ha retomado el contacto directo con Moscú para intentar influir en el curso de la guerra en Ucrania. El propio Trump volvió a comunicarse con el presidente ruso después de la visita de sus enviados y manifestó su interés en poner fin rápidamente al conflicto y restablecer las relaciones entre ambos países (Reuters, 2026b). Comprender el significado de este movimiento requiere observar otros escenarios convergentes que conforman el campo geopolítico contemporáneo.
Irán: los límites materiales del poder militar
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán constituye una segunda variable fundamental. La campaña militar no ha producido, hasta ahora, el resultado político máximo que supondría el colapso del régimen iraní. Irán continúa funcionando como Estado, conserva capacidad militar y mantiene posibilidades de respuesta regional.
?A ello debe añadirse que Irán ha suministrado drones a Rusia en el contexto de la guerra en Ucrania, mientras Moscú ha respaldado a Irán durante su confrontación con Estados Unidos e Israel, particularmente en determinados ámbitos de inteligencia y telecomunicaciones.
?El problema estratégico para Washington no consiste simplemente en la capacidad iraní de resistir militarmente a una potencia convencionalmente superior. También se encuentra en el costo material necesario para mantener una campaña prolongada y, simultáneamente, conservar la capacidad de respuesta frente a otros escenarios.
?Diversos análisis han advertido sobre las presiones existentes sobre las reservas estadounidenses de sistemas como Patriot, THAAD, Tomahawk, ATACMS, JASSM, SM-3 y SM-6. Axios (2026c), citando estimaciones del Center for Strategic and International Studies, señaló que la reposición de varios de estos sistemas podría prolongarse hasta finales de la década. Empero, esto no significa que Estados Unidos haya perdido su superioridad militar. Significa algo más preciso: su superioridad militar enfrenta límites de sostenibilidad cuando debe operar simultáneamente en varios teatros de conflicto, como Europa, Medio Oriente y Asia. La cuestión, por tanto, deja de ser exclusivamente quién dispone de las armas más sofisticadas y pasa a ser quién puede producirlas, reponerlas, financiarlas y utilizarlas durante periodos prolongados.
La guerra asimétrica modifica la ecuación tradicional
Una potencia militarmente inferior no necesita derrotar convencionalmente a su adversario para modificar la relación de poder. La guerra asimétrica permite elevar los costos, dispersar las defensas, atacar instalaciones, comprometer sistemas de alto valor y obligar al adversario a emplear recursos extraordinariamente costosos contra amenazas relativamente baratas. Por ello, la ecuación de la guerra ha cambiado.
?Un interceptor sofisticado utilizado contra un dron de bajo costo, una defensa aérea de alta tecnología obligada a proteger múltiples instalaciones o una cadena industrial que necesita años para reponer determinados sistemas revelan que la superioridad tecnológica no equivale automáticamente a superioridad estratégica, sino que puede producir desgastes costosos.
?La guerra contemporánea es también una guerra industrial, tecnológica, financiera y logística, en la que no basta la potencia de las armas. También resulta fundamental la capacidad para reponer los inventarios militares, mantener las cadenas de suministro y sostener financieramente el esfuerzo bélico durante periodos prolongados.
Los límites de la presión occidental
La experiencia de Ucrania muestra otra dimensión del problema. Después de más de cuatro años de guerra, Ucrania y los países de la OTAN que la apoyan conservan capacidad de resistencia. Ucrania utiliza drones y sistemas de largo alcance y ha logrado infligir costos importantes a Rusia. Sin embargo, no ha expulsado a las fuerzas rusas de todo el territorio ocupado ni ha obligado a Moscú a aceptar las condiciones políticas planteadas por Kiev y sus principales aliados occidentales.
?Rusia, por su parte, tampoco ha consolidado una victoria decisiva. El frente permanece sometido a una dinámica de desgaste, mientras Moscú mantiene presión militar en el Donbás. Reuters (2026e) reportó el 8 de septiembre que las fuerzas rusas avanzaban hacia el cinturón defensivo de Sloviansk y Kramatorsk, mientras Ucrania enfrentaba problemas de personal y reclutamiento.
?A ello se suma la existencia de diferencias entre los aliados occidentales respecto de la continuidad, magnitud y condiciones del apoyo a Ucrania. Por ello, sería incorrecto afirmar que Rusia ha ganado la guerra; pero también sería falso afirmar que Ucrania ha sido derrotada. Lo que puede observarse es un conflicto prolongado con elevados costos humanos, militares y financieros para las partes involucradas y para los países que han sostenido el esfuerzo bélico ucraniano.
?Las sanciones han impuesto costos importantes a la economía rusa, pero no han producido el colapso del Estado ni han generado la capitulación política de Moscú. Al mismo tiempo, el apoyo militar occidental ha permitido a Ucrania resistir, aunque a un costo cada vez mayor, pero no ha producido una derrota estratégica de Rusia ni mediante instrumentos militares, ni económicos, ni financieros, ni políticos. La consecuencia es una guerra de desgaste en la que el tiempo se convierte en un factor de poder que genera costos crecientes para los miembros de la OTAN y para Rusia.
De la superioridad militar a la transformación del sistema
En Irán, la superioridad militar estadounidense e israelí tampoco ha producido el colapso del Estado persa. Este escenario junto al de Ucrania no demuestran que Estados Unidos haya dejado de ser una potencia militar global, pero sí permiten observar una transformación fundamental en la relación entre superioridad militar y capacidad de imposición política.
?En ambos casos, la capacidad de resistencia del adversario obliga a Washington a administrar recursos cada vez más escasos, sostener alianzas cada vez más fragmentadas, enfrentar costos crecientes y recurrir nuevamente a la negociación. Por ello, la negociación no puede interpretarse únicamente como un acto de poder unilateral, pero tampoco necesariamente como una manifestación de debilidad absoluta. Constituye, al mismo tiempo, un instrumento mediante el cual una potencia intenta alcanzar objetivos que la coerción por sí sola no ha conseguido materializar.
?Así, la unipolaridad militar estadounidense ha dejado de funcionar como una condición suficiente para ordenar unilateralmente el sistema internacional, pero no así la hegemonía militar estadounidense. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental. La desaparición de la unipolaridad no significa que Estados Unidos haya dejado de ser una de las principales potencias militares del mundo ni que haya perdido su capacidad de proyectar poder globalmente. Significa que su superioridad militar dejó de constituir una condición suficiente para ordenar unilateralmente el sistema internacional.
?La unipolaridad militar implicaba una situación en la que la concentración de capacidades militares en una sola potencia permitía que esa superioridad funcionara como mecanismo determinante del orden internacional. Esa condición se ha erosionado. El ascenso de China, la recuperación de capacidades estratégicas por parte de Rusia, la resistencia iraní y la creciente capacidad de otros actores para elevar los costos de la intervención militar estadounidense han modificado la relación entre los medios de poder y los resultados.
?Por ello, la tesis de la extinción de la unipolaridad militar no debe confundirse con la afirmación de que Estados Unidos haya dejado de ser una potencia militar dominante. La evidencia apunta en otra dirección: Washington conserva una capacidad militar excepcional, pero ya no puede convertir automáticamente esa superioridad en obediencia estratégica de sus adversarios.
?La diferencia entre poder militar y unipolaridad militar resulta, por tanto, esencial. El primero se refiere a la magnitud de las capacidades disponibles; el segundo, a la posición estructural que ocupa una potencia dentro de la distribución internacional de esas capacidades y a la posibilidad de utilizarlas para establecer unilateralmente las condiciones del sistema.

?Desde esta perspectiva, la guerra de Ucrania constituye una evidencia particularmente relevante. Estados Unidos y sus aliados han proporcionado a Kiev asistencia militar, financiera y tecnológica de considerable magnitud, mientras Rusia ha mantenido la capacidad de continuar la guerra y evitar una derrota estratégica. Esto no significa que Rusia haya obtenido una victoria decisiva, pero sí demuestra que la superioridad agregada de Estados Unidos y sus aliados no ha sido suficiente para imponer el resultado político inicialmente buscado.
?El caso iraní introduce otra evidencia. Cuestiona que Estados Unidos e Israel posean una superioridad tecnológica y militar considerable, pues la capacidad iraní de absorber ataques, conservar estructuras estatales y militares y responder regionalmente demuestra que una potencia inferior en términos convencionales puede impedir que la superioridad del adversario se transforme automáticamente en una victoria política.
?La cuestión, por tanto, no consiste en determinar quién posee las armas más avanzadas, sino quién puede convertir de manera sostenible sus capacidades militares en resultados políticos. En este punto se encuentra la principal transformación del sistema: la superioridad militar estadounidense permanece, pero su carácter unipolar se ha erosionado. La pérdida de la unipolaridad militar también modifica la naturaleza de la hegemonía. Una hegemonía puede sobrevivir a la pérdida de la unipolaridad cuando conserva suficientes recursos económicos, tecnológicos, financieros, diplomáticos y militares para ejercer una influencia determinante. Sin embargo, su ejercicio deja de desarrollarse dentro de un sistema exclusivamente dominado por una sola potencia y pasa a desenvolverse en un entorno caracterizado por la competencia, la negociación y la resistencia de otros centros de poder.

?En consecuencia, el escenario contemporáneo no debe describirse como el simple reemplazo de la hegemonía estadounidense por la hegemonía de otra potencia. Se trata de una transformación estructural en la que diferentes centros de poder adquieren capacidades suficientes para limitar las decisiones de Washington.
?La extinción de la unipolaridad militar constituye, así, una transformación cualitativa del sistema internacional: Estados Unidos continúa siendo una potencia militar hegemónica, pero su poder ya no opera dentro de un sistema militar unipolar. La diferencia es sustancial: la hegemonía permanece; la unipolaridad, no. Esta transformación permite comprender por qué la negociación adquiere una importancia creciente. Cuando una potencia conserva una enorme capacidad militar, pero encuentra límites para imponer mediante ella resultados políticos decisivos, la diplomacia deja de ser un instrumento secundario y se convierte en un componente indispensable de la estrategia de poder.
?La presencia de funcionarios estadounidenses en Moscú adquiere entonces una importancia que trasciende la coyuntura ucraniana. No constituye una prueba de que Estados Unidos haya perdido su poder, sino una evidencia de que ese poder debe ejercerse dentro de un sistema en el que otros actores poseen capacidades suficientes para imponer, resistir, negociar y limitar la acción unilateral de Washington.
De los límites de la hegemonía militar a la diversificación monetaria
La pérdida de la unipolaridad militar coincide con una transformación de la arquitectura económica y monetaria internacional. La hegemonía estadounidense de las últimas décadas no descansó únicamente sobre sus fuerzas armadas. También se sostuvo sobre la centralidad del dólar, el sistema financiero, los mercados de capitales y la posición de la moneda estadounidense dentro del comercio internacional y energético.
?Por ello, la cuestión de la centralidad del dólar debe incorporarse al análisis. Sin embargo, es necesario distinguir entre una reducción relativa de su exclusividad y una pérdida de su centralidad. Los datos disponibles no permiten afirmar que el dólar haya dejado de ocupar una posición central en las finanzas internacionales. El Fondo Monetario Internacional (FMI, 2026) informó que el dólar estadounidense representó el 57.13 % de las reservas oficiales de divisas durante el primer trimestre de 2026. Este dato obliga a matizar cualquier afirmación sobre una supuesta desaparición del sistema del dólar.
?Empero, se observa un proceso de diversificación de monedas, mecanismos de pago y circuitos comerciales que puede reducir gradualmente la dependencia de determinados mecanismos financieros dominados por Estados Unidos. Reuters (2026h) señaló que Rusia, aunque rechaza una política de “desdolarización” absoluta, defiende una mayor variedad de mecanismos de pago.
?La desdolarización no debe entenderse necesariamente como sustitución inmediata del dólar por otra moneda, sino como una posible fragmentación progresiva de la arquitectura monetaria internacional. Por tanto, la diversificación monetaria —si se entiende como una reducción de la centralidad relativa del dólar y no como su desaparición— forma parte de una transformación más amplia del poder mundial.
?El petróleo continúa negociándose predominantemente en dólares, mientras otras monedas y mecanismos de pago adquieren una presencia mayor en determinadas relaciones comerciales. En este sentido, la guerra de Ucrania y los conflictos de Medio Oriente han acelerado las discusiones sobre alternativas al sistema financiero dominado por Occidente, aunque todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que el dólar haya sido desplazado como principal moneda internacional. La utilización de monedas nacionales en determinadas operaciones comerciales entre Rusia, China, Irán y otros Estados constituye, por tanto, un elemento de diversificación más que una sustitución completa del sistema monetario vigente.
Algunas conclusiones
El carácter estructural de la transformación debe analizarse a partir de una distinción fundamental: la unipolaridad militar estadounidense se ha extinguido, pero la hegemonía militar estadounidense no ha desaparecido. Estados Unidos conserva una superioridad militar extraordinaria, pero Ucrania e Irán muestran una brecha entre disponer de capacidades superiores y convertirlas de manera sostenida en resultados geopolíticos decisivos.
?La hegemonía estadounidense enfrenta, por tanto, un problema de conversión del poder. No se trata de la desaparición del poder norteamericano, sino de una disminución de su capacidad para transformar recursos materiales superiores en subordinación estratégica de otros actores.
?Cuando una potencia comienza a enfrentar simultáneamente límites en la conversión de su superioridad militar, mayores dificultades para imponer costos económicos decisivos y una diversificación de los mecanismos monetarios que sustentan su centralidad, su hegemonía no desaparece de inmediato, pero puede experimentar una transformación cualitativa.
?La transición, entonces, no consiste necesariamente en pasar de un mundo estadounidense a un mundo dominado por otra potencia. Puede consistir en algo más complejo: la consolidación de una estructura internacional predominantemente multipolar, en la que diferentes centros de poder —militares, económicos, tecnológicos, financieros y energéticos— adquieren una capacidad creciente para limitar las decisiones y la influencia de Washington.
?Desde esta perspectiva, la presencia estadounidense en Moscú adquiere un significado que trasciende la coyuntura ucraniana. Puede seguir siendo una manifestación del poder de Washington, pero también constituye evidencia de que ese poder debe recurrir a la negociación con actores que no puede subordinar unilateralmente en determinadas circunstancias.
?Así, no estamos ante el final del poder estadounidense, sino ante el agotamiento progresivo de las condiciones históricas que hicieron posible su ejercicio unipolar. La resistencia rusa, la capacidad de respuesta de Irán, los límites materiales de la proyección militar estadounidense y la diversificación gradual de la arquitectura monetaria internacional son variables que convergen en una misma transformación histórica: el tránsito desde el predominio unipolar hacia un sistema internacional crecientemente competitivo y multipolar.
?En la Tercera Modernidad, por tanto, la pregunta ya no es únicamente quién posee mayor poder, sino quién puede convertir de manera sostenible su poder militar, económico, financiero, tecnológico y monetario en resultados políticos. Esa capacidad —y no la acumulación abstracta de recursos— constituye una medida más precisa de la eficacia de la hegemonía y de las transformaciones que actualmente experimenta el sistema internacional.

Nota:
Esta columna surge de mi reflexión, sustentada en investigación y minería de información, con apoyo de inteligencia artificial para la búsqueda, síntesis, trazabilidad de fuentes y corrección de estilo. Las decisiones analíticas, las interpretaciones y el juicio son de mi autoría.

Referencias
Axios. (2026a, 25 de agosto). CIA director Ratcliffe visits Moscow. Axios.
Axios. (2026b, 29 de agosto). CIA director floated Trump-Putin-Zelensky summit during Moscow visit, sources say. Axios.
Axios. (2026c, 3 de septiembre). Here’s what’s at stake if the U.S. really is low on munitions. Axios.

Fondo Monetario Internacional. (2026). World official foreign currency reserves largely unchanged in the first quarter of 2026. IMF Data Brief.
Reuters. (2026a, 5 de septiembre). Putin says US-Russia contacts beneficial as talks begin with Witkoff and Kushner. Reuters.
Reuters. (2026b, 6 de septiembre). US envoys hope for new Ukraine-Russia talks soon after visits to both capitals. Reuters.
Reuters. (2026c, 8 de septiembre). Zelenskiy says US envoys presented “decent ideas” for peace talks. Reuters.
Reuters. (2026d, 8 de septiembre). Russia hits Kyiv after pause for US envoys’ visit, killing five. Reuters.
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Reuters. (2026f, 2 de septiembre). US-Iran strikes raise fears of renewed war across the Middle East. Reuters.
Reuters. (2026g, 2 de septiembre). US military says it completed latest wave of strikes on Iran. Reuters.
Reuters. (2026h, 8 de septiembre). Russia does not seek “de-dollarisation”, open to payment methods, Kremlin says. Reuters.