La ciclicidad de las élites y la Tercera Modernidad 2/2
02 de Septiembre de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: La ciclicidad de las élites y la Tercera Modernidad 2/2
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
Consciencia, poder y representación
Las élites procuran preservar sus intereses, pero reducir su existencia exclusivamente a ese propósito sería insuficiente. Una élite puede defender intereses particulares y, simultáneamente, considerar que estos coinciden con el interés general o incluso con el de la propia humanidad. En este sentido, puede participar en la construcción de metarrelatos: grandes estructuras narrativas mediante las cuales una sociedad legitima y dota de sentido a determinadas concepciones del conocimiento, del progreso, de la emancipación, del orden y del futuro (Lyotard, 1979/1984). La cuestión resulta especialmente relevante porque, para Lyotard, la condición posmoderna se caracteriza precisamente por la incredulidad frente a los grandes relatos legitimadores y por la transformación de las condiciones de producción, transmisión y legitimación del conocimiento.
Sin embargo, los metarrelatos pueden permanecer no necesariamente en su contenido, sino en su estructura de sentido. En efecto, la América Global y el libre mercado también fueron un metarrelato, al igual que el soberanismo del mundo multipolar actual. Lo que cambia no es necesariamente la existencia de una estructura narrativa que pretenda dotar de sentido al orden, sino el contenido histórico e ideológico mediante el cual esa estructura se legitima.
La representación no solo es una cuestión cuantitativa; también representa una dimensión cualitativa: esa forma histórica y cultural de ver el mundo que es la civilización. En efecto, toda civilización puede devenir en un metarrelato, pero no necesariamente todo metarrelato deviene en civilización, aunque esta sea su apuesta. Sin embargo, sin organización, sin condición gregaria y gremial, no hay condiciones suficientes para la institucionalización.
José Revueltas introduce aquí una dimensión indispensable: la consciencia. En Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, analiza las tensiones entre organización política, conciencia y dirección, mostrando que una estructura organizada no necesariamente expresa la conciencia efectiva de quienes pretende representar (Revueltas, 1980). Es decir, la cúpula de un movimiento puede no representar a sus bases; peor aún, puede estar al servicio de una élite concreta y actuar en contra de sus bases, como ha ocurrido en algunos casos asociados a las llamadas revoluciones de colores.
Esta perspectiva permite formular una cuestión central: ¿qué sucede cuando una estructura dirigente pretende representar a una sociedad cuya consciencia política no coincide con ella? Las estructuras de poder no existen únicamente en las instituciones; también producen representaciones de la realidad y son manifestación de intereses no siempre visibles. Sin embargo, sin ese aspecto de legitimidad, la estabilidad política y la condición de Estado pueden entrar en crisis. La historia de las élites es, por ello, también historia de las disputas por definir qué debe considerarse legítimo, necesario y deseable.
La élite: una estructura que se reproduce a distintas escalas
Las élites pueden reconocerse en diferentes escalas: local, regional, estatal, nacional, internacional y global. No existe necesariamente una continuidad jerárquica entre ellas. Lo que puede observarse es una repetición estructural del fenómeno de organización y concentración de capacidades de acción.
En este sentido, puede hablarse de una condición fractal de la organización social, en sentido analógico y no matemático: a distintas escalas reaparecen patrones de agregación, diferenciación, organización y conducción. Así, el Estado no constituye una excepción a la condición gregaria del ser humano; representa una de sus formas históricas más complejas.La élite no es solo un conjunto de grupos con intereses contrapuestos; también es un espacio conflictivo que busca una estabilidad estratégica para garantizar intereses, donde su legitimidad resulta crucial para su permanencia.
Las élites en la Tercera Modernidad
En la Tercera Modernidad, el problema adquiere una escala mayor. Alexander Dugin introduce una perspectiva geopolítica y civilizatoria que cuestiona la idea de un orden internacional organizado necesariamente alrededor de un único centro de poder y plantea la posibilidad de un sistema multipolar, estructurado en torno a distintos espacios civilizatorios (Dugin, 2012).
Más allá de la valoración de sus planteamientos, esta perspectiva permite observar que las élites también participan en las disputas por la configuración del orden internacional. La digitalización, la inteligencia artificial, la financiarización, las plataformas tecnológicas, los datos y las nuevas formas de comunicación han generado capacidades de acción que no dependen exclusivamente del territorio ni del control directo del aparato estatal o de los gobernantes.
Las élites contemporáneas pueden adquirir capacidad estratégica mediante el control de capital, información, datos, tecnología crítica, energía, conocimiento, infraestructura financiera y sistemas de comunicación. Byung-Chul Han permite observar otra dimensión: el poder contemporáneo puede operar no solo mediante la imposición externa, sino también mediante formas de interiorización y autorregulación. La comunicación digital modifica las formas de interacción social y política y genera nuevas modalidades de control y subjetivación (Han, 2017).
La violencia adquiere así nuevas modalidades: económica, financiera, tecnológica, informacional, cultural, psicológica y simbólica, además de física y militar. Pero ninguna élite controla completamente el campo cultural en el que actúa. La cultura, la memoria histórica, la identidad colectiva y la transformación civilizatoria introducen límites y resistencias que no pueden reducirse a la voluntad de una minoría dirigente.
Élites y Deep State
La transformación de las élites obliga también a distinguirlas de aquello que suele denominarse Deep State o Estado profundo. Ambos conceptos pueden relacionarse, pero no son equivalentes. La élite es una categoría sociopolítica amplia: una minoría organizada con poder y capacidad de incidencia para orientar o participar en la conducción de lo público, intervenir en su institucionalización y preservar determinados intereses. Puede actuar dentro o fuera del Estado y adquirir formas políticas, económicas, financieras, militares, burocráticas, tecnológicas, culturales o transnacionales.
El Deep State, en cambio, alude a estructuras permanentes de poder insertas en el aparato estatal, cuya capacidad de incidencia puede trascender los ciclos electorales y los gobiernos. Se relaciona particularmente con sectores de la burocracia permanente, inteligencia, seguridad, defensa y otras estructuras que acumulan información, conocimiento y capacidad de decisión estratégica.
El término es, además, polisémico y controvertido. En un sentido analítico puede emplearse para estudiar la permanencia de determinados núcleos de poder dentro del Estado; en un sentido conspirativo, se utiliza para atribuir a una organización secreta y omnipotente el control del aparato estatal. Son afirmaciones distintas y no deben confundirse.
La diferencia resulta fundamental: una élite puede incidir sobre el Estado sin pertenecer a él, mientras que el Deep Statepresupone una estructura de poder vinculada al propio aparato estatal. Una élite financiera o tecnológica puede condicionar determinadas decisiones sin ocupar cargos públicos; una élite política puede ejercer directamente el gobierno; y determinados sectores burocráticos pueden constituir núcleos de poder permanente sin que toda élite política pueda ser identificada como Deep State.
En la Tercera Modernidad, esta diferenciación adquiere particular importancia porque las fronteras entre Estado, mercado, tecnología y redes transnacionales son cada vez más complejas. Las élites pueden operar simultáneamente en espacios locales, nacionales y globales, mientras determinadas estructuras estatales conservan capacidades estratégicas propias y permanecen.
El problema contemporáneo ya no consiste únicamente en identificar quién gobierna, sino quién posee capacidad efectiva para incidir sobre las decisiones, mediante qué estructuras, con qué grado de permanencia y eficiencia.
La ciclicidad política
La historia política no muestra únicamente una sucesión de gobiernos. Muestra una sucesión y transformación de estructuras de poder y de las élites que las articulan. Las élites se organizan, acumulan capacidades, construyen legitimidad, participan en la institucionalización del poder, intervienen en la configuración del orden público y procuran preservar sus intereses. Frente a nuevas condiciones históricas, pueden entrar en crisis, transformarse, integrarse o ser desplazadas.
La ciclicidad no significa que la historia repita exactamente las mismas formas. Lo recurrente es el proceso de organización, concentración, institucionalización, reproducción, crisis y recomposición del poder. Cambian los actores, las instituciones, los instrumentos y la escala.
Por ello, la pregunta política contemporánea ya no puede limitarse a: ¿quién gobierna? Debe ampliarse: ¿qué élites están emergiendo, qué capacidades organizan, cómo inciden en la institucionalización del poder y del orden público, cómo legitiman su autoridad, qué intereses representan y preservan, qué relación mantienen con la cultura de la sociedad, qué estructuras permanentes existen dentro del Estado y cómo se relacionan unas y otras con el orden internacional contemporáneo?
La Tercera Modernidad no anuncia el fin de las élites, sino una nueva transformación de ellas. El poder continúa siendo una forma institucionalizada de la violencia, pero sus modalidades se modifican: del territorio a las redes, de las instituciones visibles a las infraestructuras estratégicas, de la fuerza material a la información y los datos, y de la coerción externa a formas más sofisticadas de intervención sobre la subjetividad.
Sin embargo, existe una dimensión que ninguna élite puede controlar plenamente: la capacidad de una sociedad para conservar, transformar y resignificar su propia condición civilizatoria. Quizá esta sea una de las claves de nuestro tiempo: las élites no desaparecen; mutan. Las civilizaciones tampoco permanecen inmóviles; se transforman.
Entre ambas dinámicas se encuentra una de las tensiones fundamentales del Estado contemporáneo: la élite intenta conducir la sociedad mediante el poder institucionalizado, mientras la sociedad, desde su propia historicidad cultural, condiciona los límites dentro de los cuales ese poder puede ejercerse legítimamente. La historia continúa como un proceso abierto en el que organización, poder, élites, sociedad, cultura y civilización se encuentran permanentemente en tensión, adaptación y transformación.
Algunas conclusiones
El poder cambia de arquitectura. La transformación de las élites no elimina el poder: modifica sus formas. En la Tercera Modernidad, capital, información, tecnología crítica y redes transnacionales permiten incidir sobre lo público sin ocupar necesariamente posiciones estatales. La distinción entre élites y Deep State muestra, además, que la concentración del poder puede producirse tanto dentro como fuera de las estructuras formales del Estado.
La legitimidad limita la permanencia de un grupo en el poder. Imponer no equivale a conducir. Cuando las decisiones gubernamentales se distancian de la condición histórica y cultural de la sociedad, puede surgir una fractura entre Estado y comunidad que comprometa la estabilidad institucional. Ni las élites externas al Estado ni las estructuras permanentes de su interior pueden sustituir indefinidamente la legitimidad.
La disputa central es por la construcción de realidad. El poder contemporáneo no consiste únicamente en decidir, sino en influir sobre aquello que una sociedad considera verdadero, posible o deseable. Quien administra información, conocimiento y tecnología crítica puede intervenir en la construcción del sentido desde el cual una sociedad acepta, resiste o transforma su orden. Por ello, la nueva disputa entre élites, gobiernos y estructuras permanentes de poder no se libra únicamente por controlar instituciones, sino también por definir los marcos desde los cuales esas instituciones y sus decisiones son interpretadas.
Nota
Esta columna surge de mi reflexión, sustentada en investigación y minería de información, con apoyo de inteligencia artificial para la búsqueda, síntesis, trazabilidad de fuentes y corrección de estilo. Las decisiones analíticas, las interpretaciones y el juicio son de mi autoría.
Referencias
Dugin, A. (2012). The fourth political theory (M. Sleboda & M. Millerman, Trans.). Arktos.
Han, B.-C. (2017). In the swarm: Digital prospects (E. Butler, Trans.). The MIT Press.
Lyotard, J.-F. (1984). The postmodern condition: A report onknowledge (G. Bennington & B. Massumi, Trans.). University ofMinnesota Press. (Original work published 1979).
Michels, R. (1915). Political parties: A sociological study of theoligarchical tendencies of modern democracy (E. Paul & C. Paul, Trans.). Hearst’s International Library Co.
Mosca, G. (1939). The ruling class (H. D. Kahn, Trans.; A. Livingston, Ed.). McGraw-Hill Book Company.
Pareto, V. (1935). The mind and society: A treatise on general sociology (A. Bongiorno, J. H. Rogers, & A. Livingston, Trans.). Harcourt, Brace and Company.
Revueltas, J. (1980). Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Ediciones Era.
Weber, M. (2012). El político y el científico (F. Rubio Llorente, Trans.). Alianza Editorial.



