FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

La permanencia de la guerra multidimensional y la competencia estratégica en un mundo multipolar 3/3

19 de Agosto de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: La permanencia de la guerra multidimensional y la competencia estratégica en un mundo multipolar 3/3

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

La competencia estratégica del siglo XXI no se limita a enfrentamientos militares directos ni a disputas territoriales específicas. Los conflictos contemporáneos forman parte de una dinámica más amplia donde convergen capacidades militares, tecnológicas, económicas, energéticas, financieras e informacionales. Esta interacción configura una confrontación sistémica en la que los Estados buscan preservar ventajas, reducir vulnerabilidades y ampliar su capacidad de influencia dentro de un orden internacional en transformación.
En este escenario, el poder ya no depende exclusivamente del tamaño de las fuerzas armadas o del control de recursos materiales tradicionales, sino también de la capacidad para dominar tecnologías críticas, gestionar información, asegurar cadenas de suministro, controlar fuentes energéticas y proyectar narrativas capaces de influir sobre percepciones y decisiones políticas.
La guerra multidimensional expresa precisamente esta transformación: una competencia permanente donde los instrumentos militares conviven con herramientas económicas, tecnológicas, financieras y cognitivas. Analizar esta nueva configuración del poder requiere examinar los dominios donde actualmente se define la superioridad estratégica: la tecnología, la inteligencia artificial, los datos, la energía, las finanzas y la disputa por las narrativas.
Una confrontación sistémica
Ucrania, Irán, Gaza y Taiwán no representan conflictos aislados, sino expresiones de una competencia estratégica global en la que convergen factores militares, tecnológicos, energéticos, financieros e informacionales.
La guerra en Ucrania afecta mercados energéticos, cadenas productivas y relaciones económicas internacionales; Irán condiciona la seguridad marítima y el equilibrio regional de Medio Oriente; Gaza influye en la arquitectura política y diplomática de la región; y Taiwán determina una parte fundamental del futuro tecnológico mundial. Todos estos escenarios forman parte de una misma estructura: un orden multipolar caracterizado por una competencia permanente y una guerra multidimensional.
La dimensión tecnológica y mental: el nuevo centro
de gravedad del poder
Uno de los rasgos distintivos del siglo XXI es el desplazamiento progresivo del centro de gravedad del poder desde los recursos exclusivamente materiales hacia la capacidad de generar, procesar, proteger y utilizar conocimiento. Si durante la Primera Revolución Industrial el carbón y el acero constituyeron fundamentos del poder económico y militar, y durante el siglo XX el petróleo y la industria pesada definieron gran parte de la competencia estratégica, en la actualidad la información, los datos, la inteligencia artificial y los algoritmos se han convertido en recursos esenciales.
La revolución digital transformó simultáneamente la economía, la seguridad nacional, la inteligencia, la industria y la política exterior. Las plataformas digitales administran enormes volúmenes de información; la inteligencia artificial acelera procesos de decisión; la computación avanzada impulsa innovación industrial; y la ciberseguridad se consolida como un componente central de la defensa estatal.
Por ello, el dominio tecnológico dejó de ser únicamente una ventaja económica para convertirse en una condición de soberanía nacional. La capacidad de desarrollar tecnologías críticas determina la autonomía estratégica de los Estados y su posición dentro del sistema internacional.
La inteligencia artificial como infraestructura crítica
La competencia internacional en inteligencia artificial constituye uno de los procesos tecnológicos más relevantes del siglo XXI. Su importancia no se limita al desarrollo de modelos avanzados, sino al ecosistema completo que permite su funcionamiento: centros de datos, disponibilidad energética, redes de telecomunicaciones, talento científico, acceso a datos y capacidad de producción de semiconductores.
La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China no representa únicamente una disputa comercial. Ambas potencias buscan controlar componentes esenciales de la economía digital, reducir vulnerabilidades externas y transformar sus capacidades tecnológicas en ventajas económicas, militares y políticas.
La tecnología se convierte así en la infraestructura sobre la cual descansa el poder nacional. Sin embargo, esta competencia no elimina la influencia de otros actores relevantes: Rusia e Irán mantienen capacidades tecnológicas y militares que continúan afectando la dinámica estratégica internacional.
Semiconductores, datos y soberanía tecnológica
La producción de semiconductores constituye uno de los ejemplos más claros de la guerra multidimensional. Los microprocesadores avanzados son indispensables para inteligencia artificial, telecomunicaciones, sistemas espaciales, robótica, industria automotriz, defensa y prácticamente todos los sectores estratégicos de la economía digital.
La concentración de capacidades productivas en pocos países convirtió esta industria en un activo geopolítico fundamental. Por ello, las principales potencias desarrollan políticas industriales destinadas a diversificar cadenas de suministro, fortalecer capacidades nacionales y reducir dependencias consideradas estratégicas.
Las restricciones a la exportación de tecnologías avanzadas, los controles sobre componentes críticos y las inversiones masivas en fabricación de chips muestran que la competencia contemporánea no se limita al comercio, sino al control de las capacidades industriales necesarias para sostener liderazgo tecnológico.
La reorganización de las cadenas globales de suministro responde a esta nueva lógica. La eficiencia económica continúa siendo relevante, pero se combina con criterios de seguridad nacional, resiliencia estratégica y confiabilidad de socios comerciales.
En la economía digital, los datos representan un recurso estratégico comparable a las materias primas de etapas industriales anteriores. La capacidad para recopilar, almacenar, analizar y proteger información determina crecientemente la competitividad económica, la inteligencia estatal y la autonomía política.
La soberanía nacional incorpora así una dimensión digital. Además del control territorial y militar, los Estados deben proteger centros de datos, redes de comunicación, sistemas satelitales, plataformas digitales e infraestructuras de ciberseguridad. La dependencia tecnológica puede convertirse en una vulnerabilidad equivalente a la dependencia energética o financiera.
La guerra mental y la disputa por las narrativas
Una de las transformaciones más profundas de la guerra contemporánea consiste en el desplazamiento parcial del conflicto hacia el ámbito cognitivo. El objetivo ya no es únicamente destruir capacidades materiales del adversario, sino influir en la manera en que sociedades y gobiernos interpretan la realidad.
Manuel Castells plantea que el poder contemporáneo depende cada vez más del control de los procesos de comunicación. Quien establece los marcos interpretativos mediante los cuales una sociedad comprende los acontecimientos obtiene una ventaja política significativa.
La desinformación, las operaciones psicológicas, la manipulación digital, las redes sociales, los contenidos generados mediante inteligencia artificial y las estrategias de comunicación institucional forman parte de un mismo ecosistema donde la información se transforma en instrumento económico, político y estratégico.
Los conflictos de Ucrania y Gaza muestran que la disputa estratégica también ocurre en el terreno de la percepción pública. Las campañas de influencia digital y las operaciones de manipulación informativa buscan afectar la legitimidad política, modificar percepciones internacionales y condicionar respuestas gubernamentales, convirtiendo la información en un recurso estratégico.
La guerra mental no pretende necesariamente imponer una única interpretación de los hechos. En numerosos casos busca generar incertidumbre, polarización, debilitamiento institucional o pérdida de confianza. La confusión puede ser tan útil como la persuasión.
El análisis comparado de narrativas internacionales evidencia esta dimensión del conflicto. Las diferencias entre interpretaciones occidentales, rusas y chinas no solo aparecen en la descripción de acontecimientos, sino también en la selección de antecedentes históricos, responsabilidades atribuidas y consecuencias destacadas.
La competencia estratégica contemporánea no se limita al control territorial; también disputa el significado político de los acontecimientos. Las narrativas influyen sobre legitimidad internacional, formación de alianzas, decisiones económicas y percepción pública.
Energía, finanzas y reorganización del poder mundial
La guerra multidimensional no puede comprenderse únicamente desde la dimensión militar o tecnológica. La energía, las finanzas, el comercio y la capacidad industrial constituyen pilares esenciales del poder estratégico.
Durante gran parte del siglo XX, la influencia internacional estuvo asociada al dominio industrial, acceso a recursos energéticos y centralidad del sistema financiero liderado por Estados Unidos. En el siglo XXI, la aparición de nuevos centros económicos, la diversificación energética y la búsqueda de mecanismos financieros alternativos reflejan una redistribución gradual del poder mundial.
La multipolaridad no implica el reemplazo inmediato del liderazgo estadounidense, sino la coexistencia de diversos polos con capacidades crecientes para influir sobre la economía global.
La energía como instrumento geopolítico
La energía continúa siendo un componente esencial de la competencia internacional. El petróleo y el gas natural mantienen importancia estratégica, mientras la transición energética incrementa el valor de minerales críticos como litio, cobre, níquel, cobalto y tierras raras.
La seguridad energética moderna no depende únicamente del acceso a hidrocarburos, sino también del control de cadenas de suministro de minerales estratégicos, desarrollo de infraestructura resiliente y fortalecimiento de capacidades tecnológicas propias. La guerra en Ucrania modificó los flujos energéticos entre Rusia y Europa, aceleró la búsqueda de proveedores alternativos y transformó las políticas energéticas europeas. Al mismo tiempo, las tensiones en Medio Oriente mantienen la vulnerabilidad de corredores marítimos esenciales.
La energía funciona como instrumento de influencia geopolítica: quienes controlan su producción, transporte o distribución poseen capacidad adicional para condicionar decisiones de otros actores.
Finanzas, sanciones y BRICS
El sistema financiero se integró plenamente a la arquitectura de la guerra multidimensional. Las sanciones económicas, restricciones de acceso a mercados, controles tecnológicos y limitaciones financieras permiten ejercer presión estratégica sin recurrir necesariamente al enfrentamiento militar directo.
Sin embargo, el uso creciente de estas herramientas también impulsó la búsqueda de mecanismos alternativos de cooperación económica. En este contexto adquieren relevancia los BRICS, cuya expansión refleja una tendencia hacia una mayor autonomía financiera y política frente a instituciones internacionales asociadas históricamente al predominio occidental.
La promoción de mecanismos comerciales mediante monedas nacionales y la diversificación financiera no significan la desaparición inmediata del predominio del dólar, sino la aparición gradual de instrumentos destinados a reducir vulnerabilidades estratégicas.
La denominada desdolarización debe entenderse como un proceso progresivo de búsqueda de autonomía financiera, no como un reemplazo inmediato del sistema monetario internacional existente. Esta tendencia evidencia una característica central del mundo multipolar: los Estados buscan ampliar sus márgenes de decisión mediante capacidades económicas, tecnológicas y financieras propias.
Algunas conclusiones
La principal transformación del sistema internacional contemporáneo no radica únicamente en la aparición de nuevos conflictos, sino en la modificación de la naturaleza de la competencia estratégica.
La guerra multidimensional define la Tercera Modernidad al integrar instrumentos militares, tecnológicos, energéticos, financieros, industriales, informacionales y psicológicos dentro de una disputa permanente por el poder. Los conflictos de Ucrania, Irán, Gaza y Taiwán, junto con la rivalidad entre Estados Unidos y China y el fortalecimiento de mecanismos como los BRICS, forman parte de una misma estructura multipolar caracterizada por la competencia sistémica.
La soberanía en el siglo XXI depende de la capacidad de generar conocimiento, desarrollar tecnologías críticas, proteger infraestructuras digitales, garantizar recursos energéticos, sostener estabilidad financiera y fortalecer capacidades industriales propias. Paralelamente, la disputa por las narrativas convierte la legitimidad internacional en un recurso estratégico capaz de influir sobre alianzas, mercados y decisiones políticas.
La guerra multidimensional permanente no implica una sucesión continua de conflictos militares abiertos, sino una condición estructural de competencia estratégica en la que los Estados disputan capacidades, recursos, tecnologías, legitimidad y espacios de influencia.
En la Tercera Modernidad, la confrontación se mantiene activa mediante múltiples dominios, haciendo que las categorías tradicionales de guerra y paz dejen de representar estados completamente separados. La estabilidad internacional depende cada vez más de la capacidad de los actores para administrar esta competencia multidimensional sin desencadenar una escalada irreversible.

Nota: Esta columna surge de mi reflexión, sustentada en investigación y minería de información, con apoyo de inteligencia artificial para la búsqueda, síntesis, trazabilidad de fuentes y corrección de estilo. Las decisiones analíticas, las interpretaciones y el juicio son de mi autoría.

Referencias
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