FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

Civilización, guerra mental y narrativas

08 de Abril de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: Civilización, guerra mental y narrativas

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

El mundo es fluxión de poder. La época expresa su peculiaridad. El aquí y el ahora constituyen su concreción. El poder atraviesa todas las aristas de la humanidad y se manifiesta como un ejercicio complejo y simbólico.
La Tercera Modernidad, entendida como una fase histórica marcada por la reconfiguración multipolar del poder y la intensificación de la disputa simbólica, no puede comprenderse desde una sola dimensión. La pluralidad de centros genera una tensión estructural. Cada polo articula dimensiones económicas, financieras, militares, sociales, políticas, culturales y tecnológicas que, en conjunto, lo muestran como un ente civilizatorio.
Las dimensiones no siempre se integran de manera coherente. Además, se configuran a partir de fortalezas y debilidades internas, así como de amenazas y oportunidades externas, que conforman tensiones entre opuestos complementarios que impulsan la dinámica histórica y las relaciones internacionales. Por lo tanto, la multipolaridad es también civilizatoria y conflictiva.
Esta perspectiva revela la condición relacional y sistémica del Estado y de la persona como realidades simbólicas. Sin embargo, surgen interrogantes fundamentales: ¿qué es la civilización?, ¿qué es la guerra mental?, ¿qué son las narrativas?
De la civilización a los modelos civilizatorios
“Civilización”, deriva de civis y civitas, remite a la pertenencia a una comunidad política regulada y al proceso de incorporación a formas de vida legítimas. Desde su origen, integra una dimensión descriptiva y otra normativa.
Ha sido concebida como progreso racional, como plantea Kant (1784/2004). Sin embargo, en el siglo XX, Foucault (1975/2002) muestra que implica regulación de la conducta y disciplinamiento social.
Desde Weber (1922/2002), se vincula con la racionalización institucional, mientras que Wallerstein (2004) evidencia su inscripción en estructuras globales de desigualdad. Las perspectivas críticas, como la de Dussel (1998), cuestionan su pretensión de universalidad.
La realidad histórica muestra que ningún Estado ni población pueden comprenderse al margen de sus dimensiones; en consecuencia, fuera de un modelo civilizatorio. Estas dimensiones se encuentran imbricadas y atravesadas por tensiones internas y externas. La civilización no es una dimensión aislada, sino la estructura que articula las interacciones.
La cultura, el folclor y la moral son manifestaciones civilizatorias; el crimen y el castigo constituyen su contraparte complementaria. Así, la civilización remite a la fusión de contrarios que configuran identidad y diferencia, cohesión y exclusión; es, por tanto, una fricción permanente, tanto interna como externa.
La realidad internacional contenida en una época se expresaría como una figura del mundo (Villoro, 1997). En la actualidad, esta figura se manifiesta como fricción entre modelos civilizatorios. En este contexto, la disonancia entre Estado, población y orden global evidencia que el denominado choque civilizatorio constituye una expresión estructural de dicha tensión (Huntington, 1996/1997).
La guerra mental y las narrativas
El choque entre modelos civilizatorios remite a intereses contrapuestos. En este contexto emerge la guerra mental o cognitiva, donde la psique deviene en espacio estratégico.
Este fenómeno ha sido reconocido en doctrinas contemporáneas. En particular, organismos como la Organización del Tratado del Atlántico Norte conceptualizan la guerra cognitiva como una forma de intervención orientada a modificar procesos mentales y decisiones colectivas (NATO Innovation Hub, 2020).
Asimismo, estudios empíricos muestran que actores estatales utilizan narrativas diseñadas para explotar sesgos cognitivos y modular percepciones sociales (Paul & Matthews, 2016; European External Action Service, 2021–2025).
Entre estos sesgos destacan el miedo y la confirmación. Su activación no es incidental, sino estratégica: permite orientar disposiciones colectivas y estabilizar marcos interpretativos (Paul & Matthews, 2016).
Investigaciones recientes, también, evidencian que estas narrativas se sincronizan con eventos geopolíticos, incrementando su eficacia al articular emoción, temporalidad y acontecimiento (Helmus et al., 2018).
En este sentido, la guerra mental redefine la soberanía y el conflicto. Desdibuja la frontera entre guerra y paz. Convierte la psique en un campo de intervención estratégica (NATO Innovation Hub, 2020). Asimismo, erosiona la confianza en las instituciones, generando polarización y fragmentación social.
Se fundamenta en la idea de que el poder configura lo que se considera verdadero, sano, justo o legítimo. En consecuencia, la disputa se traslada a los esquemas de percepción social, intensificada por la expansión de las redes digitales (Castells, 2009).
Sus mecanismos incluyen desinformación, manipulación emocional y control algorítmico. No operan de manera aislada, sino como dispositivos articulados de intervención simbólica (European External Action Service, 2021–2025).
Estas prácticas han sido documentadas en operaciones orientadas a simular legitimidad mediática y amplificar narrativas en entornos informativos complejos (European External Action Service, 2021–2025).
Asimismo, otras investigaciones muestran la convergencia entre sistemas mediáticos estatales, donde las narrativas se replican y amplifican, configurando ecosistemas informativos interconectados (Tsinghua University, 2023).
En paralelo, actores occidentales han desarrollado estrategias de influencia informativa en regiones como Medio Oriente, evidenciando que la guerra mental constituye una práctica transversal al sistema internacional (Pomerantsev & Weiss, 2014).
Las narrativas, en este marco, son instrumentos estratégicos de poder simbólico. Organizan la realidad percibida e influyen en cómo el individuo piensa, siente y actúa (Castells, 2009). No describen hechos: los configuran.
Lo hacen mediante marcos interpretativos que simplifican la complejidad, activan emociones y legitiman posiciones. De este modo, operan como “verdades” socialmente internalizadas (Castells, 2009). Su eficacia radica en presentarse como naturales o evidentes, moldeando la percepción sin imposición explícita.
La guerra mental y el diseño de narrativas implican un enfoque sistémico del Estado y la población (Wallerstein, 2004). En este marco, la psique se programa mediante la introyección narrativa. Por lo tanto, la guerra mental consiste en imponerla, con ella, implantar un modelo civilizatorio determinado.
La lucha de narrativas
La guerra mental constituye el marco general. La lucha de narrativas es su ámbito operativo. Se centra en la disputa por la simbolización y por el significado de los hechos. No en los hechos en sí mismos, sino en su interpretación.
Esta dinámica se observa empíricamente en múltiples escenarios:
En Medio Oriente, conflictos como el de Siria han evidenciado el uso sistemático de redes digitales para legitimar actores y construir marcos interpretativos globales (European External Action Service, 2021–2025).
En Europa, campañas de desinformación han buscado influir en procesos electorales. En Asia, se desarrollan disputas narrativas en torno a Taiwán (European External Action Service, 2021–2025).
Estos casos no son aislados, sino expresión de una lógica estructural. Las evidencias muestran que la lucha de narrativas no es episódica, sino permanente. Su función no consiste en describir la realidad, sino en imponer interpretaciones dominantes que orienten la acción social (Castells, 2009) y garanticen intereses específicos.
Así, la lucha de narrativas constituye un rasgo central de Estados, poblaciones y élites contemporáneas. El conflicto se desplaza del plano material al simbólico. Lo que está en disputa no es la realidad, sino la introyección de un patrón interpretativo.
No surge de la indeterminación, sino del conflicto estructural de intereses. La cohesión social se basa en marcos interpretativos introyectados que definen lo políticamente aceptable (Foucault, 1975/2002).
Este proceso se intensifica en la Tercera Modernidad con la expansión de las tecnologías digitales, que amplifican y aceleran la circulación de narrativas (Castells, 2009).
En consecuencia, las narrativas no describen la realidad: la imponen. Moldean percepciones y legitiman el poder. Por ello, quien controla la narrativa controla el marco de acción posible. De esta manera, la narrativa: preserva o transforma, legitima o subvierte, mantiene o contraviene el orden civilizatorio y determina la interpretación colectiva de la realidad.
Algunas conclusiones
La civilización no constituye un horizonte armónico ni un proceso lineal de perfeccionamiento, sino una estructura histórica atravesada por tensiones y por una conflictividad inherente: la violencia. En ella convergen relaciones heterogéneas que articulan orden e inestabilidad.
La disonancia entre Estado, población y orden global revela que los modelos civilizatorios operan como configuraciones dinámicas en permanente fricción. El choque civilizatorio expresa una condición estructural del devenir histórico.
El conflicto se desplaza hacia la subjetividad. La guerra mental redefine el ejercicio del poder al situar la psique como espacio estratégico de intervención.
Las narrativas, lejos de reflejar la realidad, la producen. Configuran percepciones, orientan conductas e introyectan marcos interpretativos funcionales a intereses determinados.
La lucha de narrativas constituye la dimensión operativa de este proceso. En ella no se disputan los hechos, sino los marcos que los hacen inteligibles. Así, el control del sentido implica el control del horizonte de acción posible.
En la Tercera Modernidad, el poder se ejerce crecientemente mediante la configuración del sentido. Quien impone una narrativa no solo orienta la percepción, sino que incide en la reproducción o transformación de un modelo civilizatorio. En consecuencia, la disputa por el sentido se consolida como el núcleo estratégico de la conflictividad contemporánea.
Referencias
Castells, M. (2009). Communication power. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/acprof:oso/9780199567041.001.0001
Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión (2.ª ed.). Trotta.
European External Action Service. (2021–2025). EUvsDisinfo database. https://euvsdisinfo.eu
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1975).
Helmus, T. C., et al. (2018). Russian social media influence. RAND Corporation. https://doi.org/10.7249/RR2237
Huntington, S. P. (1997). El choque de civilizaciones. Paidós.
Kant, I. (2004). Idea de una historia universal en sentido cosmopolita. Alianza.
NATO Innovation Hub. (2020). Cognitive warfare.
Paul, C., & Matthews, M. (2016). The Russian “firehose of falsehood”. RAND Corporation. https://doi.org/10.7249/PE198
Pomerantsev, P., & Weiss, M. (2014). The menace of unreality.
Tsinghua University. (2023). Algorithmic governance.
Villoro, L. (1997). El poder y el valor. Fondo de Cultura Económica.
Wallerstein, I. (2004). Análisis de sistemas-mundo.
Weber, M. (2002). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica.