Pienso, luego resisto
Fernando Tranfo

Titanic II: el regreso del iceberg

09 de Agosto de 2017

Fernando Tranfo


Titanic II: el regreso del iceberg

A Fede Barela

Jack Dawson se va al fondo del mar congelado, pero un último esfuerzo lo devuelve a la superficie.

Mientras un silbato tembloroso y su voz quebrada le dan a Rose la chance tibia de salvarse entre tanto hielo, Jack se ha ido al fondo del mar.

Pero ha vuelto y Rose no lo sabe. De pronto, un ángel metamorfoseado en pedazo de madera o de plástico o vaya a saber de qué cosa que flota, se le acerca y el hermoso muchacho, que había vuelto a la superficie en un último, sobrehumano esfuerzo, se aferra a él, e inicia un azaroso derrotero que lo pone a tiro de bote salvavidas. Está congelado, con apenas un manojo de signos vitales ya en su declive final; sus ojos que alguna vez compitieron con la belleza del mar y del cielo ahora son los de un maniquí al que algún conjuro debe regresarlo a la vida. Entonces otros ángeles, ahora disfrazados de marineros, se obstinan en lo imposible y van en busca del muchacho para reanimarlo.

Una manta (no quiero abusar de la analogía con ángeles, pero bien podría decir “un ángel disfrazado de manta”) lo devuelve a la temperatura de un ser vivo y una taza de café o sopa (sí…el elixir de los ángeles) empieza a firmar su pasaporte de regreso a la existencia.

Jack Dawson ha sobrevivido y el amor que lo une a Rose también.

Rose no lo sabe, pero ese amor, más indestructible que un trasatlántico, no necesita saber sino creer, y Rose sigue creyendo.

Luego de unos meses de desencuentros, de fatigosas odiseas por registros civiles, morgues, iglesias, cementerios, hospitales, asilos y otras instituciones al servicio de la mejor o la peor de las noticias, los enamorados vuelven a encontrarse y se funden en un abrazo de siameses rubricado por un beso que parece convertir dos bocas en una. Ninguno podría haber pensado que algún día se darían un beso más profundo que el que se dieron en la cubierta del Titanic, antes de caer al mar.

Llenos de vida, van a vivir a una humilde casita a orillas de un lago, para que ese amor que nació entre el pánico pueda por fin transitar las tranquilas aguas de la paz doméstica, para que ese amor condenado a una noche pudiera por fin desplegarse en la noche multiplicada.

Una mañana, por alguna de esas razones o sinrazones que surcan las minucias de todo matrimonio, Jack y Rose discuten. Como siempre, el debate se construye sobre cuestiones que perfectamente podrían dominarse si se sosegaran a tiempo. Pero se sabe que el matrimonio, como el fundamentalismo, se especializa en el minucioso arte de la escalada de conflicto. Una frase hiriente por acá, una pasada de factura por allá, un cuestionamiento injusto que es contestado con otro cuestionamiento más injusto. Y de pronto, lo más sagrado de ese amor pasa a ser la munición gruesa, el arma química, el bombardeo al hospital que cualquier guerra desaforada puede desatar. Y entonces aparecen los cuestionamientos sobre aquella trágica, apasionada y mágica noche del naufragio. Rose le recrimina a Jack no haberse jugado más por ella en algunas situaciones, le cuestiona incluso la precoz faena la noche que hicieron el amor, vuelve a poner entre paréntesis aquella vieja sospecha que había caído sobre Jack cuando desapareció el diamante. Jack, iracundo, responde con la furia de Caín. Le dice a Rose que ella lo usó para no casarse con Cal Hockley, que jamás se mostró del todo convencida del amor que los unía y, como no podía ser de otra manera, la acusa de haber acaparado aquella puerta que la salvó en el mar, cuando perfectamente sobre ella podrían haberse salvado los dos. En un éxtasis final de odio, Rose le jura a Jack que no son pocas las noches en que piensa si su vida no habría sido mejor de haberse casado con Cal. Jack, como si fuera la última injuria que quiere vociferar antes de irse al fondo del océano, brama: “No hay caso, sos una nena tonta con plata…y encima, ahora, sin plata”.

Hay un portazo que hace temblar las cerraduras, Jack sale de la casa con la sensación de que no habrá de volver. Rose se queda derramando lágrimas sobre un delantal de cocina que su alcurnia jamás le enseñó a usar, deseando que Jack no vuelva nunca.

La impensada catástrofe ha vuelto a ocurrir: la pasión, ese barco al que nada parece hundir, se despedaza ante la rutina, ese hielo que todo lo hunde.


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