Pienso, luego resisto
Fernando Tranfo

Sorteo del mundial: Borges enfrenta a Argentina

04 de Diciembre de 2017

Fernando Tranfo


Pocas personas (pocas de su dimensión e importancia para la cultura argentina) han habido tan declaradamente enemigas del fútbol como el grandísimo Jorge Luis Borges.

El hombre, que en los ratos libres se ocupaba de humillar con su fina ironía anglosajona todo lo que fuese sagrado para la cultura popular, desplegaba, desde luego, sus inagotables recursos (artificios, diría él) para vituperar las grandes pasiones nacionales. Lo hizo con el tango (y especialmente con Gardel), al que reducía a una expresión bárbara, meramente especular, pues toda su aceptación en Argentina se debía, según Borges, a que había sido adoptado en París. Se burlaba del “lunfardo”, una lengua-jerga que nutre muchas de las letras tangueras, aduciendo que era un invento de falsos poetas populares, poniendo como ejemplo de esta falsía una frase que alguna vez habría dicho Roberto Arlt: “Yo viví en los suburbios, no tuve tiempo de estudiar lunfardo…”. Me llevaría un libro entero, por supuesto, ilustrar el encono político, ético, antropológico y ontológico que supo tener, hasta el fin de sus días, con el peronismo. Menoscabó en su momento la lucha contra el imperio británico por las Malvinas, aconsejando que Argentina regalara las islas a algún país que las necesitara…

Los argentinos que amamos a Borges, los “borgeanos”, hemos tenido que hacer grandes contorsiones ideológicas para sostener nuestro amor ante esa tormenta de frases, reflexiones, ironías, silogismos y epigramas, que daban siempre en el centro de la dignidad “argenta”. Para colmo el hombre era un genio, y despertaba esa mezcla de furia y admiración que generan los enemigos cuando son geniales. Lo cierto es que ese Borges que tanto representaba el sentir aristocrático (donde era más querido que leído) y tanto ofendía el popular (donde era más leído que querido), terminó siendo asimilado en aquellas zonas de la cultura que su literatura y su pensamiento repudiaban: hasta los peronistas terminaron llamándolo, como a Perón, “el viejo”, orgullosos de que su líder tuviese un antagonista de semejante estatura. Tal vez para terminar de probar su teoría de que todas las culturas terminan siendo representadas por escritores que no se les parecen, nuestro emblema cultural de cara al mundo es Jorge Luis Borges.

Vamos ahora al fútbol. Borges despreciaba este deporte por amplificar, según él, lo peor de la naturaleza humana. No estoy exagerando, el autor de “El Aleph” pensaba al fútbol como una ominosa alquimia de brutalidad y pasión exacerbada, que solo fomentaba el nacionalismo fanático, se regodeaba en la derrota ajena y no tenía otro propósito que el de decretar quién perdió y quién ganó. Borges detestaba además que se hiciera referencia a los conceptos “victoria-derrota” predicados de los nombres de países; así, cuando alguien le dijo que “Argentina había derrotado a Holanda”, el genio comentó: “¿Derrotamos a Holanda?… Caramba, ¿anexamos Amsterdam?...” Quiso la paradoja (o la sincronía) que Borges muriera en el mismo mes en que la selección argentina de fútbol conquistó la copa del mundo en México 86, pero hay otra paradoja (o sincronía) aún mayor, doble en verdad, que se gestó por estos días: por un lado, que quien sacara los papeles del sorteo para el mundial de 2018 en representación de Argentina fuera otro de nuestros dioses mayores: Diego Armando Maradona, quien justamente hizo sus dos goles más recordados una semana después de su fallecimiento; y por otro, que este sorteo deparara al combinado argentino compartir la zona del mundial de Rusia 2018 con el país más borgeano de todos…¡Islandia!

Vamos ahora a hablar un poco de Islandia. Por estos días, todo el mundo tiene algo que decir sobre Islandia, casi siempre al borde de ese asombro que coquetea con la falta de respeto. Por cierto, muchos de estos datos son muy “borgeanos”. Como ustedes recordarán, en mi columna anterior hablé de la extraña clasificación de animales que hace Borges en su artículo “El idioma analítico de John Wilkins”, y por estas horas, cuando se habla de Islandia, se merodean esas zonas absurdas del lenguaje. Se afirma, por ejemplo, que la cantidad de futbolistas profesionales de este país es… 120, como para ilustrar un milagro nórdico, tal vez atribuible a sus poderosos dioses: que una nación con tan pocos jugadores haya podido formar una selección de fútbol y clasificar al mundial.

Hasta aquí, un dato realmente revelador e interesante; pero después, como la vida es corta y los noticieros son largos, se procede a destilar todo tipo de comparaciones, cuanto menos, cuestionables. Ejemplos: que en Islandia hay más ovejas que habitantes (bueno…con el frío que hace por lo pronto es más razonable que haya muchas ovejas y no tucanes), que hay más volcanes que jugadores de fútbol (¿?)…con este esquema se podrían multiplicar las comparaciones hasta el vértigo: que hay más fiordos que botines, que hay más estalactitas que silbatos de árbitros, que hay más estufas que pelotas, que hay más hielo que pasto. Además, caramba, en Argentina hay más psicólogos que neuróticos y más abogados que causas judiciales… y si hablamos de fútbol, hay más periodistas de fútbol que futbolistas, más vacas que defensores que salgan jugando con pelota dominada y más pingüinos que volantes de creación y nadie anda haciendo escándalo por esto. La otra cuestión que se presenta como insólita es que su técnico es odontólogo… ¿Y? Mientras el hombre no dé las charlas técnicas mostrando una lámina con la cavidad bucal, mientras no abuse de las analogías con su profesión, del tipo “Hoy tenemos que ser valientes…como quien acepta un tratamiento de conducto sin anestesia…” o “Quiero que sean solidarios como las muelas, que hacen el trabajo para que se luzcan los dientes…”, digo, no hay problemas.

Volvamos ahora a Borges. Como es sabido, el gran Jorge Luis era devoto de las sagas islandesas, esos poemas épicos que según él contenían toda la maravilla que la poesía podía parir, y como al hombre no le gustaba distinguir la literatura de la vida, terminó sintiendo un amor profundo, casi devoto, por Islandia. Yo, lo reconozco, tengo mis contradicciones con los países nórdicos. Los admiro, los creo el casi ideal de organización social, los supongo el punto medio que logra crear un socialismo no autoritario o un capitalismo no deshumanizado. Por otro lado, mi lado latino supone que vivir allí debe ser complicado, creo que a los pocos días pediría a gritos un poco de azar, algo de pasión exacerbada, una dosis de anomia. La otra cosa que no me gusta de los países nórdicos es cómo son usados por personas que están ideológicamente en mis antípodas, para ilustrar sus quejas. “En Suecia tal cosa, en Noruega tal otra, andá a hacer esto en Dinamarca…” dicen, y luego se quejan si tienen que “mantener” a los empleados públicos, sin saber que en esas latitudes la mitad de la población lo es. Tampoco me gusta la alusión a estos países por parte de los simpáticos economistas neoliberales, capaces de afirmar emocionados que adoran el sistema educativo finlandés…pero proponen financiarlo como el de Bangladesh…

Lo cierto es que, sabiendo que Borges amaba a Islandia y odiaba el fútbol, me parece que lo mejor que podrían hacer los players islandeses es ser un equipo bien borgeano. Con mi amigo, el politólogo forense Nacho Maciel, creemos que esta es una gran oportunidad para que las tribunas desplieguen una bandera con la cara de Borges, pero sobre todo que los jugadores sean dignos del maestro. Esperamos ansiosos que luego de errar un penal, declaren: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, le he errado al arco…”, o que luego de una derrota afirmen: “La única derrota es el olvido…”, o que luego de anunciar su retiro digan “Este año cumpliré treinta y seis años, la muerte me desgasta, incesante…”, o que alguno, luego de que un periodista le pregunte: “Han derrotado a Croacia…¿cómo se sienten?”, conteste: “¿Hemos derrotado a Croacia?...Caramba, ¿anexamos Zagreb?”…

¡Salud borgeana y paradojal Islandia! Que tus sagas sigan siendo la madre de toda la poesía pero tu saga de defensores sean una metáfora del horror futbolístico, que tus dioses llenen de gloria tu suelo pero tus jugadores llenen de pifias el césped, que la épica de tus grandes batallas capitule ante la habilidad de nuestro pequeño héroe.

Ojalá pasen de fase, islandeses, y les toque enfrentar a Suecia. No me interesa tanto la cuestión futbolística… moriría (literalmente) por ver ese partido junto a Borges y Swedenborg...

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