Pienso, luego resisto
Fernando Tranfo

El idioma analítico de…Netflix

27 de Noviembre de 2017

Fernando Tranfo


En Las palabras y las cosas, libro emblemático de Michel Foucault, el filósofo, filólogo, sociólogo, semiólogo y pelado francés, hace una extensa introducción en la que reconoce, con acopio de elogios y todo tipo de loas, que su libro nació de la jocosa profundidad que le produjo leer el artículo de Jorge Luis Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, incluido en su obra de 1952: Otras inquisiciones.

Seguramente más de un lector inteligente (tengo más de un lector, y todos son muy inteligentes) se estará preguntando por qué cito a Borges a través de Foucault y no desde su propia obra. La respuesta es obvia: porque citando a dos genios multiplico por dos mi fama de persona culta, cuyos escritos merecen ser leídos…

Bien, en ese artículo el genio argentino alude a las infinitas y eventualmente absurdas posibilidades clasificatorias que posee el lenguaje, refiriendo la existencia de una enciclopedia china llamada Emporio celestial de conocimientos benévolos, que tiene una extrañísima clasificación de los animales, producto de una exótica taxonomía. Allí leemos que los animales se dividen en: a) pertenecientes al Emperador b) embalsamados c) amaestrados d) lechones e) sirenas f) fabulosos g) perros sueltos h) incluidos en esta clasificación i) que se agitan como locos j) innumerables k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello l) etcétera m) que acaban de romper un jarrón n) que de lejos parecen moscas.

Como siempre, Borges nos regala con su omnisciente pluma la posible clave de este estupor semiológico. Al explicar el aparente caos al que está condenada toda clasificación, afirma: “…He registrado las arbitrariedades de Wilkins, del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no hay descripción del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo (…) No hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, el secreto diccionario de Dios”.

Este texto de Borges, que produjo en mí tanto encantamiento como en Foucault (aunque no, de mi parte, un libro como Las palabras y las cosas) no dejó de parecerme siempre, no obstante, como uno de los tantos juegos borgeanos que suelen encantar las serpientes de nuestros pensamientos vulgares.

Hasta que tuve Netflix.

Antes de pasar al objeto de estudio de este ensayo (Netflix), quiero detenerme en algo muy común que coquetea, en estos tiempos, con los arabescos de la clasificación de Borges: los grupos de “WhatsApp”. Cualquiera que tenga esta aplicación en su celular sabe que los grupos arrancan con nominaciones más o menos cercanas a cierta coherencia mundana, a saber: padres del colegio, amigos del fútbol, compañeros de trabajo, amigos de la escuela, primos; para pronto devenir en etiquetas ciertamente “wilkinianas”: organización de fiesta egresados, torta de fin de año, chicas de zumba…por no citar aquellas denominaciones que esconden alguna trampa (no pienso ni siquiera rozar este tema, cuya relevancia emocional dejaría en un segundo plano lo que quiero decir). Baste, para despedirme de Whatsapp, terminar la analogía con Borges-Wilkins diciendo que la posibilidad de multiplicar los grupos es infinita y, por ello, también absurda: amigos que suben videos insoportables, compañeros que comparten chistes larguísimos, gente incapaz de escribir algo sin agregarle emoticones, los que escriben con todo tipo de errores, como si estuviera arriba de un camello. Y también, la posible paradojal “Personas que no quieren estar en un grupo de wassap”.

Volvamos ahora a Netflix.

Sé que hoy hay millones de personas que tienen Netflix, pero por si acaso alguien que está leyendo este artículo adolece de tal plataforma, la explico con brutal economía de palabras: es un servicio pago que permite acceder a una enorme cantidad de películas, series, documentales y otros artificios de la distracción visual.

El problema borgeano de Netflix, que seguramente escandalizaría a John Wilkins y volvería a convocar la hilaridad filosófica de Foucault, es la clasificación que hace de su inagotable galera de filmes. De entrada nomás, las categorías básicas se agotan y entonces aparece en escena una posible enciclopedia: Emporio celestial de filmes benévolos. En efecto, hay un manojo de categorías que caben en ese zapato bastante previsible que es el sentido común: Nacionales, comedias, dramáticas, infantiles, documentales, series, ciencia ficción. Hasta acá, todo va más o menos bien, pero enseguida hace su irrupción una segunda secuencia categórica que ya muestra las garras de la arbitrariedad lingüística: Ganadoras de Oscars, clásicas, independientes, éxitos de la década del 90, multipremiadas. Hummm…uno empieza a sospechar que esto no va a buen puerto, y la sospecha se confirma: dramas basados en libros, aclamadas por la crítica, películas de impacto visual (¿?), dramas inspiradores, comedias disparatadas, dramas discretos independientes (¿eh?)…

Volvamos ahora a Foucault, a Borges y a los arabescos del lenguaje. Como toda clasificación decide qué aspecto de la realidad nombrar (dicho de un modo más adecuado: qué aspecto que, al nombrarlo, se vuelve realidad), las categorías no solo son arbitrarias sino que además, en algunos casos, se chocan, se repelen, se anulan y se yuxtaponen. Pongamos por caso el filme “El silencio de los inocentes”: es drama, se de terror, ganó Oscars, fue multipremiada, fue elogiada por la crítica, tuvo un gran impacto visual, estuvo basada en un libro, fue éxito en los 90, fue dramática… podríamos extender estas clasificaciones a otras tantas: película cuyo protagonista tiene ojos celestes, drama sobre presos peligrosos, thriller psicológico, thriller sociológico, película cuya, películas con guardiacárceles ineptos…

Lo mejor queda, sin embargo, por explicar, y tiene que ver con el “zeitgeist” del nuevo milenio: la insoportable intromisión de los algoritmos en nuestras decisiones. Basta con que hayamos visto una película con Brad Pitt para que la inteligencia artificial netflixiana ya deduzca que entonces queremos ver todas las películas del bellísimo Brad (no soy gay, pero por Brad lo sería), deseo que se engloba en la categoría “Porque viste x…”. Y entonces creen que si la pasamos bárbaro viendo “Bastardos sin gloria” soportaremos “Siete años en el Tibet” (prefiero estar siete años en el Tibet antes que ver esa película) o disfrutaremos de los diálogos en cámara lenta de “¿Conoces a Joe Black?”(en la que actúa el gran Hopkins, así que también debería querer verla porque vi “El silencio de los inocentes”…ah, y además tanto Hopkins como Pitt tienen ojos celestes).

Bueno, no quiero soltar este artículo sin proponer, modestamente, algunas nuevas categorías que sin dudas serán de gran utilidad para optimizar la oferta de la plataforma. Ahí van: película que no entiendo cómo soporté hasta el final, film multipremiado al que yo no le hubiese dado un premio ni loco, película en la que Tom Cruise actúa mal (o sea: todas las películas en las que actúa), film argentino donde no trabaja Ricardo Darín, película con grandes efectos especiales que además tiene un guión, película en la que Antonio Banderas no seduce a una mujer, película de acción norteamericana en la que no choca un auto contra un puesto de frutas…y finalmente, el mejor homenaje a Borges, Focucault y Wilkins: película que no se puede ver…en Netflix.

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