Cuando la muerte nos invita a reflexionar sobre la vida
20 de Octubre de 2026
Javier Ramírez Cruz
CARTA ABIERTA
Cuando la muerte nos invita a reflexionar sobre la vida
Naolinco, Coacoatzintla, Jilotepec y los pueblos de nuestra región: tradición, identidad y memoria
Javier Ramírez Cruz
Hay tradiciones que no solamente se celebran: se sienten, se viven y se llevan en el corazón. El Día de Muertos es una de ellas. Cada año, cuando se aproximan el 1 y 2 de noviembre, México se transforma en un escenario de colores, aromas y recuerdos que nos conectan con quienes estuvieron antes que nosotros.
En nuestra región de Veracruz, municipios como Naolinco, Coacoatzintla, Jilotepec, Banderilla, Rafael Lucio, Tlacolulan, Tonayán, Miahuatlán, Las Vigas de Ramírez, Acatlán y las comunidades vecinas conservan una riqueza cultural que merece ser reconocida y transmitida a las nuevas generaciones. Naolinco destaca por su tradicional Cantada, expresión profundamente arraigada de memoria y respeto a los difuntos; Coacoatzintla, por sus campos de cempasúchil y las celebraciones vinculadas con el campanero. Por su parte, Jilotepec y las comunidades de esta zona montañosa nos recuerdan que la cultura también vive en nuestros hogares, en el trabajo de los campesinos, en las manos de los artesanos y en las familias que preservan sus costumbres.
Comerciantes, ciudadanos y autoridades municipales contribuyen a estas celebraciones mediante ofrendas, altares, desfiles, catrinas monumentales y diversas actividades culturales. Detrás de cada iniciativa hay personas que invierten tiempo, creatividad y recursos para mantener vivas nuestras raíces. Este esfuerzo merece reconocimiento, pero también exige recordar que el Día de Muertos no debe convertirse en una competencia por tener la decoración más grande o el festival más concurrido. Su verdadero valor reside en la memoria de nuestros seres queridos, el amor que permanece y la oportunidad de reencontrarnos con nuestra historia.
La muerte nos enseña el valor de estar vivos
¿Por qué nos asusta tanto la muerte si sabemos que forma parte de nuestra existencia? Tal vez porque nos cuesta aceptar que todo es temporal. Suponemos que siempre tendremos tiempo para abrazar a nuestros padres, visitar a nuestros abuelos, conversar con nuestros hijos, reconciliarnos con un hermano o expresar cuánto significa alguien para nosotros. Sin embargo, la vida no garantiza una segunda oportunidad para cada palabra que callamos ni para cada abrazo pendiente.
Reconocer nuestra mortalidad no debe conducirnos al miedo, sino a comprender nuestra responsabilidad con la vida. Saber que nuestro tiempo es limitado debería impulsarnos a actuar con honestidad, disfrutar de nuestra familia y dejar una huella positiva en quienes nos rodean.
No basta con existir; también debemos preguntarnos para qué vivimos. ¿Hacemos felices a quienes nos aman? ¿Somos justos con los demás? ¿Dedicamos nuestro tiempo a construir o solamente a discutir? ¿Educamos a nuestros hijos con el ejemplo o esperamos que aprendan de palabras que nosotros mismos no practicamos?
Son preguntas que no necesitan responderse frente a un altar. Basta con tener la humildad de planteárnoslas frente al espejo.
Recordar a los muertos también es aprender a vivir
Una ofrenda puede contener flores, veladoras, alimentos, fotografías y objetos de quienes ya partieron. Sin embargo, su significado más profundo está en los sentimientos de quienes la preparan. Cada fotografía representa una historia; cada alimento evoca una costumbre; cada vela simboliza la esperanza y cada flor nos recuerda que la belleza, como la vida, tiene su propio tiempo.
Durante estas fechas, nuestros pueblos reciben visitantes y familias que recorren sus calles para contemplar la creatividad de sus habitantes. También se generan oportunidades económicas para comerciantes, productores de flores, artesanos, cocineras tradicionales y pequeños negocios. Preservar nuestras tradiciones implica, por tanto, reconocer el trabajo de las comunidades y procurar que los beneficios lleguen a las familias que mantienen viva esta herencia cultural.
Pero ninguna festividad puede sustituir el tiempo que compartimos con nuestros seres queridos. De poco sirve levantar un altar espectacular si durante el resto del año olvidamos a nuestros padres, hablar de fraternidad si somos incapaces de ayudar a un vecino o celebrar la memoria de quienes ya no están mientras descuidamos a quienes todavía caminan a nuestro lado. Honrar a quienes se fueron también significa aprender a amar mejor a quienes se quedan.
Una invitación a los pueblos y a sus autoridades
A los ciudadanos, comerciantes, promotores culturales y autoridades de Naolinco, Coacoatzintla, Jilotepec, Banderilla, Rafael Lucio, Tlacolulan, Tonayán, Miahuatlán, Las Vigas de Ramírez, Acatlán y las comunidades vecinas nos corresponde una tarea compartida: conservar nuestras tradiciones sin perder de vista su esencia.
Que las celebraciones sean motivo de unión y no de división; que la creatividad se acompañe de respeto; que el turismo fortalezca la economía local y que los niños y jóvenes comprendan el significado de aquello que admiran en las calles.
Los gobiernos municipales pueden contribuir mediante la promoción cultural, el apoyo a los productores locales, la organización responsable de los eventos y la difusión de las costumbres de cada comunidad. Sin embargo, la continuidad de estas tradiciones depende también de las familias que enseñan, los abuelos que cuentan historias y los ciudadanos que se niegan a olvidar.
La mayor riqueza de nuestros pueblos no está únicamente en sus paisajes, sus flores o sus monumentos, sino en su gente, su memoria y su capacidad de preservar aquello que les da identidad.
Al final, ¿qué nos llevamos de esta vida?
Cuando llegue el momento de partir, probablemente nadie preguntará cuántos eventos organizamos, cuánto dinero acumulamos o cuántas veces tuvimos la razón en una discusión. Lo importante será el recuerdo que dejamos: cómo tratamos a nuestra familia, cuánto ayudamos a quien lo necesitaba, qué enseñanzas compartimos y si nuestra presencia hizo mejor la vida de alguien.
No elegimos todas las circunstancias que nos toca vivir, pero podemos decidir cómo responder ante ellas. Elegir la bondad en lugar del rencor, la reconciliación en lugar del orgullo y la solidaridad en lugar de la indiferencia también es una manera de dar sentido a nuestra existencia.
Por eso, cuando caminemos entre los altares de Naolinco, observemos los campos de cempasúchil de Coacoatzintla, recorramos las calles de Jilotepec o participemos en las celebraciones de nuestros pueblos, hagámoslo con alegría y conciencia. Que cada flor nos recuerde la fragilidad de la vida, cada vela mantenga viva la esperanza y cada abrazo nos permita comprender que el presente es el único tiempo que verdaderamente podemos compartir.
Algún día nosotros también seremos recuerdo: una fotografía sobre un altar, una historia contada por nuestros hijos o una anécdota evocada con una sonrisa. Ojalá que nuestro paso por este mundo haya dejado algo más valioso que los bienes materiales: amor, respeto, enseñanzas y la satisfacción de haber vivido con dignidad.
Que este Día de Muertos nos invite a recordar a quienes partieron, reconciliarnos con la vida y disfrutar de nuestras familias. El mejor homenaje a nuestros antepasados consiste en preservar sus tradiciones y procurar que nuestras propias acciones nos hagan dignos de ser recordados.
La muerte pone fin a nuestra presencia física, pero el amor, las enseñanzas y las buenas obras pueden perdurar en quienes nos conocieron. Preservemos nuestras tradiciones, honremos nuestra historia y comprendamos que cada día es una oportunidad para amar, construir y dejar huella.



