VIOLENCIA SEXUAL EN LAS ESCUELAS: TODOS TIENEN ALGO QUE HACER
05 de Octubre de 2026
Gabriel García-Márquez
Una niña de siete años presuntamente víctima de tocamientos en una primaria de Córdoba. Una adolescente de 13 años cuyo caso fue denunciado por su madre contra un profesor de una escuela particular en Veracruz. Un menor cuyo presunto abuso, ocurrido años atrás en una primaria de Coxquihui, derivó recientemente en la detención de un hombre señalado por esos hechos. Y mientras estos casos aparecen en Veracruz, en otras entidades estudiantes salen a las calles para denunciar presuntos casos de acoso y abuso sexual dentro de sus propias escuelas.
La pregunta ya no puede ser solamente ¿quién está abusando de nuestros niños y adolescentes? La pregunta incómoda es otra:
¿Dónde están los padres, los maestros, los directores, las autoridades educativas y los propios alumnos cuando estas conductas comienzan a aparecer?
Porque sería muy fácil y también muy cómodo poner toda la responsabilidad sobre los maestros. Pero la realidad es mucho más compleja. Un abuso puede ser cometido por un adulto, pero también existen agresiones entre estudiantes. Una denuncia puede ser ignorada por un directivo. Un padre puede minimizar una conducta. Un compañero puede saber lo que está ocurriendo y guardar silencio. Una autoridad puede enterarse cuando el problema ya se convirtió en escándalo. Y entonces todos terminamos preguntándonos cómo fue posible que nadie se diera cuenta a tiempo.
CUANDO LOS PADRES SALEN A LA CALLE (CÓRDOBA)
El caso de la primaria Venustiano Carranza, en Córdoba, debería servir para encender todas las alarmas. El 29 de septiembre, padres de familia se manifestaron para exigir una investigación después de que una madre señalara a un trabajador de intendencia del plantel por presuntos tocamientos indebidos contra su hija de aproximadamente siete años.
La denuncia debe investigarse y corresponde a las autoridades determinar si existió o no responsabilidad. Pero hay algo que no necesita esperar una sentencia: cuando se presenta una denuncia de esta naturaleza, la escuela tiene la obligación de activar todos los mecanismos de protección para los menores. No se trata de proteger la imagen del plantel. Se trata de proteger a los niños.
Alrededor del caso surgieron además otros señalamientos que tampoco deben darse por ciertos sin investigación. Y aquí aparece una primera responsabilidad: la de las autoridades educativas. Porque un protocolo no sirve de nada si solamente existe en el papel.
LOS PADRES TAMBIÉN TIENEN UNA RESPONSABILIDAD
En la ciudad de Veracruz, una madre denunció públicamente un presunto caso de contacto inapropiado contra su hija de 13 años y señaló a un profesor de una escuela particular. Nuevamente, corresponde a las autoridades investigar y determinar responsabilidades. Pero el caso nos lleva a otra pregunta: ¿Estamos escuchando realmente a nuestros hijos?
Muchas veces los adultos interpretamos cambios de comportamiento como rebeldía, flojera o problemas propios de la edad. Un adolescente que ya no quiere ir a la escuela. Una niña que cambia repentinamente de conducta. Un joven que comienza a aislarse. Un estudiante que tiene miedo de encontrarse con determinada persona.
No necesariamente significa que exista abuso, pero son señales que merecen atención. Los padres no pueden delegar completamente la educación y protección de sus hijos en la escuela. La responsabilidad comienza en casa. Hay que hablar con los niños sobre su cuerpo, sus límites, el consentimiento y la diferencia entre una conducta normal y una conducta abusiva. Y, sobre todo, hay que enseñarles que, si algo los incomoda, pueden hablar y serán escuchados.
TAMBIÉN HAY VIOLENCIA ENTRE LOS PROPIOS ALUMNOS
Aquí tenemos que romper otro tabú. No toda la violencia sexual que ocurre dentro de una escuela es cometida por un maestro. También existen conductas abusivas entre estudiantes. Y fingir que esto no ocurre es una forma de complicidad.
En la Ciudad de México, alumnos del Colegio de Bachilleres 3 denunciaron recientemente cinco casos de presunto acoso y uno de presunto abuso sexual que atribuyeron a docentes y personal administrativo.
En Jalisco, estudiantes de la Preparatoria 17 de la Universidad de Guadalajara protestaron por presuntos casos de acoso sexual atribuidos a docentes. Son denuncias que deben investigarse individualmente. Pero hay otro fenómeno que tampoco podemos ignorar: la normalización entre algunos jóvenes de conductas que deberían generar rechazo inmediato.
Burlas sexuales, presión sobre compañeras o compañeros, difusión de fotografías íntimas, amenazas, comentarios degradantes y retos difundidos en redes sociales pueden comenzar como “juegos” y terminar en situaciones de violencia. Y aquí también existe la responsabilidad de los alumnos.
No basta con decir: “Yo no fui”. El estudiante que sabe que un compañero está siendo acosado y decide guardar silencio también forma parte del problema. El que graba una agresión para compartirla en redes no es un espectador inocente. El que se burla de la víctima contribuye a revictimizarla y también se vuelve culpable.
LA SERIE “EL JUICIO”: EL ABUSO NO TERMINA EN EL SALÓN DE CLASES
Hay una producción reciente que resulta particularmente pertinente para entender la dimensión del problema: “El Juicio”, la serie protagonizada por Eugenio Derbez, Karla Gaytán y Pedro Alonso. La historia comienza cuando una adolescente denuncia haber sido víctima de abuso sexual por parte de un compañero de escuela. A partir de ahí, el problema deja de estar únicamente en la agresión y se convierte en una batalla por conseguir justicia.
El padre de la joven se enfrenta al padre del presunto agresor, un empresario con recursos e influencias que intenta proteger a su hijo a toda costa. La serie plantea así una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el dinero, el poder y las relaciones entran en una denuncia de abuso sexual?
Lo interesante es que “El Juicio” no presenta solamente el momento de la agresión. Muestra también las consecuencias familiares, sociales y judiciales que vienen después. Y ahí está su mayor coincidencia con la realidad. Una víctima no solamente enfrenta el daño original. Puede enfrentar dudas, cuestionamientos, presión, estigmatización y, en ocasiones, un sistema que le exige demostrar una y otra vez lo que ya tuvo el valor de denunciar.
La serie es ficción, pero está inspirada en múltiples casos reales y problemáticas documentadas relacionadas con abuso sexual, desigualdad, poder e impunidad. Por eso resulta imposible verla sin pensar en los casos que hoy conocemos y también los que dieron origen a esta historia en Veracruz, Boca del Río y Puebla.
La lección es clara: prevenir el abuso es fundamental, pero también lo es garantizar que cuando ocurra una denuncia la víctima no tenga que librar una segunda batalla para conseguir justicia y que le crean.
LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS
El punto central es que la violencia sexual en las escuelas no se resuelve buscando a un único culpable. Si un maestro agrede, debe responder ante la ley. Si un alumno agrede a otro, también debe haber consecuencias y atención especializada. Si un director encubre o minimiza una denuncia, debe asumir su responsabilidad. Si una autoridad educativa ignora un caso, tiene que responder por su actuación.
Y por otro lado, si los padres nunca hablan con sus hijos, nunca preguntan, nunca escuchan y solamente reaccionan cuando el problema aparece en los medios, también se debe preguntar qué estamos haciendo mal como sociedad.
Mientras tanto, los propios estudiantes tienen una responsabilidad que no podemos soslayar: aprender a respetar, rechazar la violencia y no convertirse en cómplices silenciosos de quienes agreden.
No se trata de convertir las escuelas en lugares de sospecha. Se trata de convertirlas en lugares seguros. Y eso requiere mucho más que maestros vigilantes. Requiere padres atentos, alumnos responsables, maestros capacitados, directivos que actúen y autoridades que no esperen a que el escándalo les explote en las manos. Porque cuando un niño entra a una escuela, la responsabilidad de protegerlo es de todos. Y si todos tienen responsabilidad, entonces nadie puede decir después: “Yo no sabía”. Porque cuando se trata de proteger a nuestros niños y adolescentes de la violencia sexual, no saber, no escuchar y no actuar también tiene consecuencias.
Es tiempo de poner un alto a la violencia sexual en las escuelas y entre los jóvenes, pero también es momento de cuidar más a nuestros hijos y hacerles caso cuando piden auxilio a gritos o en silencio y que las autoridades dejen de proteger a los agresores.



