SENTIDO COMÚN
Gabriel García-Márquez

LAS ESCUELAS YA NO SON UN LUGAR SEGURO

02 de Octubre de 2026

Gabriel García-Márquez


Hay noticias que nos indignan, otras que nos preocupan y algunas que, por su gravedad, deberían obligarnos a detenernos y preguntarnos qué nos está pasando como sociedad. Los recientes hechos violentos ocurridos en escuelas de México pertenecen a esta última categoría.
En apenas unos días, una secundaria de Querétaro fue escenario del ataque de un estudiante de 13 años contra cuatro personas; posteriormente, en Torreón, Coahuila, dos hermanos gemelos, de 18 años y exalumnos del plantel, ingresaron a su antigua escuela armados con machetes y petardos, provocando la muerte de la subdirectora y dejando varias personas lesionadas.
En Córdoba, Veracruz, padres de familia también denunciaron presuntos actos de abuso contra menores en una escuela primaria, situación que provocó protestas y la intervención de las autoridades educativas.
Son hechos diferentes y cada uno deberá investigarse por separado, pero todos tienen algo en común: ocurren dentro de espacios donde los menores deberían sentirse seguros.
Las escuelas ya no son un lugar seguro. Y aceptar esta realidad no significa sembrar miedo entre estudiantes y padres de familia. Significa reconocer un problema para poder enfrentarlo.
TORREÓN: CUANDO LOS EXALUMNOS REGRESAN CON VIOLENCIA
El caso de Torreón resulta particularmente perturbador, cuando dos hermanos gemelos, de 18 años y antiguos alumnos de la Secundaria General número 13, regresaron al plantel donde alguna vez estudiaron, pero esta vez lo hicieron armados con machetes y petardos.
La agresión terminó con la vida de la subdirectora Nery Edith Nevárez González y dejó personas lesionadas. Las autoridades tendrán que determinar las circunstancias y motivaciones del ataque. No corresponde anticipar conclusiones mientras la investigación está en curso. Pero sí corresponde formular varias preguntas.
¿Qué señales pudieron existir antes de la agresión? ¿Había antecedentes que pudieran haber alertado a familiares, maestros o autoridades?
Por cierto, el hecho de que los agresores fueran exalumnos merece especial atención. Conocían la escuela, sus instalaciones y posiblemente sus rutinas. Y esto nos lleva a un asunto todavía más delicado: el riesgo de que una tragedia pueda convertirse en referencia para otros jóvenes vulnerables.
En distintos países se han documentado ataques posteriores que reproducen elementos de agresiones anteriores. No significa que cada nuevo ataque sea producto de imitación, pero sí existe suficiente experiencia internacional para que las autoridades consideren este riesgo dentro de sus estrategias de prevención. Mientras tanto, los padres de familia tienen derecho a preguntarse si sus hijos están realmente protegidos cuando cruzan la puerta de una escuela.
QUERÉTARO Y CÓRDOBA: DOS ALERTAS DIFERENTES
El caso de Querétaro ocurrió apenas un día antes del ataque de Torreón. Un adolescente de 13 años atacó con cuchillos a cuatro personas dentro de la Secundaria Esperanza Cabrera. El menor fue detenido y las autoridades iniciaron las investigaciones correspondientes.
No se trata de comparar ambos acontecimientos ni de establecer una causa común. Pero cuando dos hechos violentos ocurren prácticamente al mismo tiempo dentro de planteles educativos, la sociedad tiene derecho a exigir una revisión de los mecanismos de prevención. Porque la violencia escolar no tiene una sola cara. Puede aparecer como una agresión entre estudiantes, como una amenaza, como acoso, como abuso o, en los casos más extremos, como un ataque deliberado.
En Córdoba, Veracruz, padres de familia denunciaron presuntos actos de abuso sexual de trabajadores de intendencia contra menores en la primaria Venustiano Carranza. Las protestas llevaron a la intervención de las autoridades educativas, mientras las investigaciones correspondientes deben determinar responsabilidades.
Aquí aparece otra dimensión del problema. Proteger a los alumnos no significa únicamente impedir que alguien ingrese armado a una escuela. También significa garantizar que las personas que trabajan dentro de ella sean adecuadamente seleccionadas, supervisadas y sujetas a mecanismos eficaces de denuncia y protección de los menores.
Toda vez que hablamos de niños y adolescentes, la prevención debe ser una prioridad absoluta. Y cuando existe una denuncia, las autoridades deben actuar con rapidez, pero también con responsabilidad, respetando la investigación, el debido proceso y la protección de las víctimas.
¿QUÉ DEBEN HACER LAS AUTORIDADES?
La primera reacción después de una tragedia suele ser reforzar la vigilancia, con más policías, más revisiones y cámaras. Más controles en las entradas, lo cual puede ayudar, pero no es suficiente.
El problema requiere una estrategia mucho más amplia. Primero, cada escuela debería contar con mecanismos claros para detectar y reportar amenazas. Un estudiante, maestro o padre de familia que advierta una conducta preocupante debe saber dónde denunciarla y tener la certeza de que alguien atenderá la alerta.
Segundo, se necesita fortalecer la atención psicológica. No como una actividad ocasional, sino como un servicio permanente que permita detectar situaciones de crisis, violencia, acoso y conflictos que puedan escalar.
Tercero, deben establecerse equipos especializados de evaluación de amenazas que involucren a autoridades educativas, especialistas, trabajadores sociales y, cuando sea necesario, autoridades de seguridad.
Cuarto, las familias tienen que formar parte de la prevención. La comunicación entre padres, maestros y alumnos es indispensable para conocer cambios de conducta, amenazas o conflictos que difícilmente pueden detectarse desde un escritorio.
Y quinto, está el enorme desafío de las redes sociales. Las autoridades deben trabajar con las plataformas digitales para atender amenazas creíbles y contenidos que inciten directamente a la violencia.
También deben cuidar la manera en que se comunican estos acontecimientos. Informar es necesario. Convertir al agresor en protagonista, reproducir sus mensajes o difundir de manera innecesaria imágenes y detalles que puedan alimentar la notoriedad, no lo es.
NO ESPEREMOS A LA SIGUIENTE TRAGEDIA
México no puede esperar a que ocurra otro ataque para comenzar a preguntarse qué se debió hacer antes. La prevención debe empezar ahora. Y prevención no significa convertir las escuelas en cárceles ni a los estudiantes en sospechosos permanentes.
Significa crear ambientes seguros, fortalecer la convivencia, atender oportunamente los conflictos y proporcionar ayuda profesional cuando sea necesaria. Significa también revisar los protocolos de seguridad, capacitar a maestros y directivos, establecer canales confidenciales de denuncia y garantizar que cada amenaza sea evaluada con seriedad.
Por cierto, tampoco podemos cargar toda la responsabilidad en los maestros. Los docentes no pueden convertirse simultáneamente en educadores, psicólogos, policías o investigadores. La tarea tiene que ser compartida por las familias, las autoridades educativas, las instituciones de seguridad, los especialistas y las plataformas digitales.
Y hay algo todavía más importante: debemos recuperar la capacidad de hablar con nuestros hijos. Preguntarles qué les preocupa. Qué ocurre en su escuela. Si alguien los amenaza. Si conocen a algún compañero que esté atravesando una situación difícil. Si están viendo contenidos violentos. A veces una conversación puede revelar lo que ninguna cámara de vigilancia alcanza a detectar.
Una escuela puede tener libros, computadoras, maestros preparados y tecnología de última generación, pero si no puede garantizar la integridad de quienes están dentro, algo fundamental está fallando.
No podemos acostumbrarnos a que los padres despidan a sus hijos por la mañana con la preocupación de si regresarán sanos y salvos. Tampoco podemos aceptar que los maestros tengan que trabajar con el temor de convertirse en víctimas dentro de sus propios salones.
Lo ocurrido en Querétaro, Torreón y Córdoba debe servir como una llamada de atención, no solamente como una sucesión de noticias que mañana serán reemplazadas por otras.
La pregunta ya no es si existe violencia en nuestras escuelas. La pregunta es qué vamos a hacer para impedir que esa violencia se normalice, se repita o encuentre imitadores.
LA VIOLENCIA SEXUAL CONVERTIDA EN ESPECTÁCULO
Y, por si esto fuera poco, desde Estados Unidos llega otro caso que debería encender todas las alarmas: el de una menor que habría sido víctima de una agresión sexual colectiva en un entorno relacionado con estudiantes, mientras en redes sociales se convocaban reuniones utilizando expresiones de contenido sexual IMPUBLICABLE.
Si el caso se confirma en los términos que han trascendido, estaríamos ante algo todavía más preocupante: la violencia sexual convertida en espectáculo, convocatoria y motivo de diversión entre jóvenes.
Son hechos diferentes y cada uno deberá investigarse por separado, pero todos tienen algo en común: ocurren en un entorno donde nuestros hijos deberían sentirse seguros. La escuela, que durante generaciones fue considerada el segundo hogar, enfrenta ahora una amenaza que ya no puede minimizarse.
Las escuelas ya no son un lugar seguro. Y aceptar esta realidad no significa sembrar miedo entre estudiantes y padres de familia. Significa reconocer un problema para poder enfrentarlo.


OTRAS ENTRADAS