Estrategia, comunicación y gobernanza
Irma Chesty

¿Qué historia nos contamos sobre quiénes somos cuando juega México?

10 de Junio de 2026

Irma Chesty


¿Qué historia nos contamos sobre quiénes somos cuando juega México?
Dra. Irma Chesty Viveros
Hay un sonido que no se aprende. Sale solo, desde algún lugar que no es exactamente la garganta. Es un grito sin palabras, sin acuerdo previo, sin ensayo. Y sin embargo, en el momento en que la pelota toca la red, millones de gargantas mexicanas lo producen al mismo tiempo, con la misma armonía, la misma pasión, la misma duración, el mismo dolor y la misma euforia mezclados en una sola sílaba larga y colectiva. Gooooooooollll.
Ese grito es, quizás, el acto de comunicación más honesto que existe en nuestro país.
No hay institución alguna que lo convoque, que lo pida. No hay empresa o campaña publicitaria que lo diseñe ni estratega que lo anticipe. Simplemente ocurre; algunos dirían que les sale del alma. Y en ese mismísimo instante, algo que en muchas ocasiones nos cuesta construir —un nosotros— aparece sin esfuerzo, sin negociación, sin acarreos, sin falsas promesas, sin exclusiones visibles. Por noventa minutos, México se vuelve una sola historia, una sola voz, contada, sentida y vivida en tiempo real.
Eso no es deporte. Eso es mitología.
El fútbol en México se heredó como memoria afectiva, como lenguaje compartido que atraviesa clases, generaciones, ideologías y geografías. Nadie recuerda las estadísticas; todos recuerdan dónde estaban cuando su equipo perdió o ganó. El partido no se archiva, se narra. Y cada narración agrega una emoción, un rostro familiar, una historia. Así funcionan los mitos: dándole sentido de pertenencia a los individuos, cohesionándolos, haciéndolos parte de un grupo social sin máscaras, haciendo de cada partido una oportunidad de comunidad.
Pero toda mitología o historia que nos contamos tiene su sombra.
El mismo estadio que produce ese grito unánime también produce otras cosas. Produce el insulto racista coreado en grupo. Produce la violencia que se justifica con los colores. Produce la exclusión de quienes no caben en el molde del aficionado que se imagina como norma. El storytelling del fútbol mexicano celebra una identidad, sí , pero también silencia otras. Lo que nos contamos sobre quiénes somos cuando juega la selección no es toda la verdad. Es la versión que queremos que sea verdad.
Y ahí, precisamente ahí, es donde entra la comunicación política.
Porque un evento capaz de suspender el tiempo, de desplazar toda conversación pública hacia un solo tema, de inundar redes, pantallas y conversaciones, y hasta unir familias con una narrativa única (el futbol nos une), ese evento no es solo un fenómeno cultural. Es un interruptor de agenda. Y los interruptores de agenda no son inocentes.
Mientras México grita, otras cosas ocurren. El país sigue caminando, las declaraciones y los hechos se dan, las decisiones se toman mientras nuestra mirada, nuestras pláticas y la narrativa de los medios están en una cancha. No siempre es una operación deliberada, a veces es simplemente la mecánica conocida del espacio mediático: la atención es finita, y el fútbol la absorbe practicamente toda. Pero quien conoce esa mecánica puede usarla. Y quien no la conoce, termina por padecerla.
La pregunta, entonces, no es si el Mundial nos distrae. Es quién aprovecha esa distracción, y quién podría disputarla.
Porque el vacío narrativo que deja un evento masivo como el Mundial de fútbol, no permanece vacío. Alguien siempre lo llena. Los marcos narrativos no se destruyen, se reemplazan; y si los actores que deberían disputar la agenda están también viendo el partido, el espacio lo ocupa quien no está distraído. La pregunta es si ese alguien somos nosotros los ciudadanos, los comunicadores, los partidos políticos, la iniciativa privada, las instituciones y los gobiernos o si lo dejamos llenar por defecto, por inercia, por estar demasiado ocupados viendo el partido.
El grito que sale solo cuando anota México es real. La identidad que revela, también. Pero entre ese grito espontáneo y la historia que terminamos contándonos sobre quiénes somos hay una distancia que vale la pena recorrer con los ojos abiertos.
¿El México que aparece cuando juega México es el que somos, el que queremos ser, o el que alguien más necesita que creamos que somos?
La respuesta no está en el marcador.