SENTIDO COMÚN
Gabriel García-Márquez

SENTIDO COMÚN LAS CICATRICES INVISIBLES DEL COVID Por Gabriel García-Márquez Hay acontecimientos que dividen la historia en un antes y un después. El terremoto de 1985, la influenza AH1N1 y, por supuesto, la pandemia de COVID-19 o Coronavirus, for

24 de Julio de 2026

Gabriel García-Márquez


Hay acontecimientos que dividen la historia en un antes y un después. El terremoto de 1985, la influenza AH1N1 y, por supuesto, la pandemia de COVID-19 o Coronavirus, forman parte de esos episodios que cambiaron para siempre nuestra manera de vivir. Sin embargo, pienso que el paso del tiempo tiene una extraña virtud: nos hace olvidar incluso las tragedias más dolorosas.
Hace apenas seis años el mundo entero estaba paralizado. Las calles lucían vacías, las escuelas permanecían cerradas, las iglesias suspendían celebraciones, los negocios bajaban sus cortinas y miles de familias vivían pendientes de una llamada telefónica que podía anunciar la recuperación de un ser querido o su fallecimiento.
Hoy pareciera que nada de eso ocurrió. Volvimos a estrecharnos la mano, a llenar estadios, plazas comerciales y restaurantes, como si aquella pesadilla hubiera quedado sepultada para siempre. Pero la realidad es muy distinta. El virus dejó de ser protagonista de las noticias, aunque continúa presente en la vida de millones de personas que todavía pagan las consecuencias de haber sobrevivido.
En otras palabras, la pandemia terminó para los gobiernos; para muchos ciudadanos, todavía no.
UN ENEMIGO QUE CAMBIÓ DE ROSTRO
Por cierto, el llamado COVID prolongado se ha convertido en uno de los mayores desafíos para la medicina moderna. Ya no hablamos únicamente de una infección respiratoria, sino de un conjunto de secuelas que afectan prácticamente todo el organismo.
Fatiga permanente, falta de aire, dolores musculares, alteraciones del gusto y del olfato, problemas cardiovasculares y una disminución considerable de la capacidad física son algunos de los padecimientos que acompañan a quienes creían haber vencido la enfermedad.
Pero quizá uno de los síntomas más preocupantes sea la llamada "niebla mental". Miles de personas aseguran que les cuesta trabajo concentrarse, olvidan con facilidad nombres, fechas o tareas sencillas y sienten que su capacidad intelectual ya no volvió a ser la misma.
Toda vez que muchos de estos pacientes presentan estudios clínicos aparentemente normales, no pocas veces sus síntomas son minimizados o atribuidos al estrés, cuando en realidad forman parte de una condición médica que aún sigue siendo objeto de investigación.
Pienso que ésta es una de las grandes deudas que mantiene el sistema de salud con millones de mexicanos.
LA OTRA PANDEMIA QUE SIGUE CRECIENDO
Si algo dejó al descubierto el Coronavirus (COVID 19) fue la fragilidad emocional de nuestra sociedad.
El aislamiento, el miedo, la incertidumbre económica y la pérdida de familiares provocaron un incremento sin precedente de la ansiedad, la depresión, el insomnio y el estrés postraumático.
Mientras tanto, miles de niños crecieron alejados de las aulas durante meses; muchos adolescentes perdieron habilidades de convivencia y no pocos adultos jamás recuperaron la estabilidad emocional que tenían antes de 2020.
Lo preocupante es que la salud mental continúa siendo uno de los temas más olvidados de las políticas públicas. Conseguir una consulta especializada sigue siendo complicado para miles de familias, particularmente en las comunidades rurales, donde un psicólogo o un psiquiatra pueden encontrarse a varias horas de distancia.
Y aunque las autoridades han comenzado a incorporar la atención psicológica en algunos programas, la realidad es que los esfuerzos todavía resultan insuficientes frente al tamaño del problema.
LA MEMORIA TAMBIÉN SALVA VIDAS
Pienso que la peor secuela que dejó la pandemia no está solamente en los pulmones o en el cerebro. También quedó instalada en nuestra memoria colectiva.
Con el paso del tiempo dejamos de hablar de prevención, olvidamos la importancia de invertir en investigación científica, volvimos a descuidar los sistemas públicos de salud y, como suele ocurrir, regresamos a la vieja costumbre de actuar únicamente cuando la emergencia ya nos alcanzó.
Por cierto, México todavía carece de un programa nacional específico para atender a quienes padecen COVID prolongado. Tampoco existe un registro confiable que permita conocer cuántos mexicanos viven con secuelas permanentes ni una estrategia de rehabilitación integral para ayudarlos a recuperar su calidad de vida.
Y eso debería preocuparnos. Porque la próxima pandemia no preguntará si estamos preparados. Llegará cuando menos la esperemos tal como llegó el COVID, sin avisar.
La diferencia será que esta vez ya no tendremos el pretexto de decir que nadie imaginaba lo que podía ocurrir.
Pienso que la mayor enseñanza del Coronavirus consiste precisamente en no olvidar. No olvidar a quienes perdieron la vida. No olvidar a los médicos, enfermeras y trabajadores de la salud que arriesgaron la suya para salvar la de otros. No olvidar a las familias que aún viven con una silla vacía en la mesa.
Y tampoco olvidar a quienes todos los días siguen luchando contra esas cicatrices invisibles que nadie ve, pero que continúan marcando su existencia. Porque el coronavirus dejó de ser una emergencia sanitaria. Las secuelas, por desgracia, siguen siendo una realidad cotidiana.
RECUADRO
Las secuelas más comunes seis años después del COVID-19 según los padecimientos que más reportan los pacientes son:
- Fatiga crónica.
- Niebla mental.
- Ansiedad.
- Depresión.
- Insomnio.
- Dificultad respiratoria.
- Dolor muscular y articular.
- Alteraciones cardiovasculares.
- Pérdida o alteración del olfato y del gusto.
- Estrés postraumático.


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