EL RUIDO DEL FÚTBOL Y EL SILENCIO DE LA TRAGEDIA
30 de Junio de 2026
Gabriel García-Márquez
Por Gabriel García-Márquez. Hay acontecimientos que paralizan al mundo. El fútbol es uno de ellos. Basta con que ruede el balón en una Copa del Mundo para que millones de personas cambien sus horarios, los comercios adapten sus estrategias, las redes sociales se saturen de comentarios y los medios de comunicación dediquen horas enteras a analizar cada jugada. Durante varias semanas, el planeta parece hablar un solo idioma.
Sin embargo, mientras los reflectores iluminan los estadios y las cámaras persiguen cada jugada, otras historias quedan relegadas a un segundo plano. Pienso que ese es uno de los grandes contrastes de nuestro tiempo: la capacidad que tenemos para celebrar con intensidad y, al mismo tiempo, pasar casi inadvertidos frente al dolor ajeno.
CUANDO EL ESPECTÁCULO ECLIPSA LA REALIDAD
Mientras millones de aficionados mantienen la atención puesta en los partidos mundialistas, Venezuela enfrenta una de las peores tragedias de los últimos años. Dos poderosos terremotos dejaron un panorama de muerte, destrucción y desesperación. Las cifras de personas fallecidas, heridas, desaparecidas y damnificadas continúan creciendo conforme avanzan las labores de rescate, mientras miles de familias observan cómo, en cuestión de segundos, perdieron su patrimonio y, en muchos casos, a sus seres queridos.
Toda vez que comienzan a conocerse los primeros análisis técnicos, especialistas han advertido que el elevado número de edificios colapsados no puede atribuirse únicamente a la fuerza de los sismos. También pesan las deficiencias estructurales, la falta de supervisión en las construcciones, el incumplimiento de normas de seguridad y la escasa inversión en mantenimiento. La naturaleza golpea con fuerza, pero muchas veces son la corrupción, la negligencia y la improvisación las que multiplican las consecuencias de una tragedia.
LA SOLIDARIDAD QUE NO CONOCE FRONTERAS
En medio de la devastación, hay un clamor que trasciende las fronteras. Desde las calles convertidas en montañas de escombros, desde hospitales rebasados por la emergencia y desde los refugios improvisados, miles de venezolanos levantan la voz para pedir ayuda. Son hombres, mujeres, ancianos y niños que, a voz en cuello, imploran piedad, auxilio y solidaridad. Sus gritos no distinguen ideologías ni fronteras; son el desgarrador llamado de un pueblo que lucha por sobrevivir y que espera encontrar con vida a quienes permanecen sepultados bajo los edificios derrumbados, pero el tiempo se extingue. Toda vez que transcurren las horas, la angustia crece y la esperanza comienza a agotarse.
Mientras tanto, la ayuda internacional ha empezado a movilizarse. Brigadas de rescate, personal médico, equipos especializados y toneladas de víveres llegan desde distintos países para apoyar a la población afectada. Como suele ocurrir en estos casos, cada minuto resulta decisivo para encontrar sobrevivientes entre los escombros.
Por cierto, una vez más México ha dado muestra de su solidaridad. Los rescatistas de “Los Topos”, quienes son parte de la sociedad civil no del gobierno, participan en las labores de búsqueda y rescate, poniendo al servicio de otro pueblo la experiencia que durante décadas han adquirido enfrentando desastres naturales dentro y fuera del país. Su presencia vuelve a recordar que la solidaridad no reconoce fronteras y que, cuando la vida humana está en juego, el deber moral de ayudar debe estar por encima de cualquier diferencia política o diplomática. Cabe recordar que Los Topos fueron primordiales durante el terremoto de México en 1985.
EL VERDADERO CAMPEONATO DE LA HUMANIDAD
En otras palabras, mientras el mundo celebra un campeonato que inevitablemente llegará a su fin, miles de venezolanos libran una batalla infinitamente más importante: la de sobrevivir, reconstruir sus hogares y recuperar la esperanza. El ruido de los estadios no debería apagar el silencio de quienes hoy lloran a sus muertos.
Pienso que disfrutar del fútbol no tiene nada de reprochable. El deporte une pueblos, despierta emociones y regala momentos de alegría que también son necesarios. Lo verdaderamente preocupante sería permitir que el entusiasmo colectivo nos haga olvidar que, al mismo tiempo, existen tragedias que reclaman atención, ayuda y solidaridad.
Hoy, mientras unos celebran un gol o lamentan el fallo de un penal, otros escarban con sus propias manos entre los escombros buscando a un hijo, a una madre o a un hermano. Mientras unos levantan una bandera para festejar una victoria deportiva, otros levantan una sábana blanca para despedir a sus seres queridos. Esa es la dolorosa paradoja de nuestro tiempo.
Hay que unir fuerzas para apoyar a Venezuela, no esperar hasta que termine el Mundial para que las cámaras de televisión se enfoquen más en esta tragedia, porque hoy Venezuela necesita hospitales, viviendas, alimentos, medicinas, escuelas y, sobre todo, la ayuda de una comunidad internacional que no puede darse el lujo de olvidar su sufrimiento.
La historia recordará quién ganó la Copa del Mundo de 2026. Pero la conciencia de la humanidad será la que juzgue si fuimos capaces de escuchar el desesperado grito de auxilio de un pueblo que, entre el polvo y los escombros, imploró piedad a voz en cuello. Porque, por encima de cualquier campeonato, el verdadero triunfo siempre será salvar una vida. Ese, pienso yo, es el único campeonato que realmente vale la pena ganar.
NUMERALIA DE LA TRAGEDIA EN VENEZUELA
• 2 terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron el norte de Venezuela el 24 de junio de 2026.
• 1,719 personas fallecidas, de acuerdo con el balance oficial más reciente.
• 5,034 personas lesionadas permanecen registradas por las autoridades.
• 15,866 personas quedaron sin hogar tras el colapso de viviendas y edificios.
• Cerca de 58,870 edificios presentan daños o fueron destruidos, según estimaciones preliminares basadas en imágenes satelitales.
• Más de 600 réplicas se habían registrado cinco días después de los sismos, manteniendo el riesgo para la población y dificultando las labores de rescate.
• Al menos 30 países han enviado ayuda humanitaria, brigadas de rescate, perros especializados, equipo médico y víveres.
• Los daños económicos preliminares podrían superar los 6,700 millones de dólares, según estimaciones de organismos internacionales.



