La condición de América Latina en la Tercera Modernidad
27 de Mayo de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: La condición de América Latina en la Tercera Modernidad
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
Las disputas geopolíticas de la Tercera Modernidad ya no se libran exclusivamente sobre territorios, recursos naturales o capacidad militar convencional, sino que suponen el control de tecnologías capaces de reorganizar la economía, la seguridad, la soberanía y las relaciones internacionales. Entiendo aquí por Tercera Modernidad la etapa histórica caracterizada por la convergencia de tecnologías críticas y la transición hacia un orden internacional crecientemente multipolar.
La competencia global ocurre cada vez menos en fronteras visibles y cada vez más sobre infraestructuras invisibles —algoritmos, semiconductores, sistemas digitales, telecomunicaciones, biotecnología y redes energéticas— que condicionan la capacidad de influencia de los Estados. Como ha sostenido Manuel Castells, el poder en la sociedad red depende crecientemente del control de flujos de información, conocimiento e infraestructura tecnológica (Castells, 2009). La disputa contemporánea ya no se limita al dominio territorial: se extiende al control de arquitecturas tecnológicas capaces de producir dependencia estructural.
Todo ello configura un orden internacional donde unas cuantas potencias disputan la centralidad tecnológica, mientras otros países ocupan posiciones subordinadas dentro de cadenas globales de valor y producción. América Latina expresa aquí una contradicción estructural: posee abundantes materias primas estratégicas, pero mantiene rezagos tecnológicos y continúa inserta en relaciones históricas de dependencia. De ello surge una pregunta decisiva: ¿cuál es hoy la condición geopolítica de América Latina en la Tercera Modernidad y qué posibilidades reales posee para construir soberanía tecnocientífica e industrial dentro de un orden internacional crecientemente multipolar?
Las tecnologías críticas
La guerra tecnológica dejó de ser sectorial para convertirse en el núcleo de la competencia geopolítica contemporánea. Tecnologías críticas de doble uso —civil y militar— como inteligencia artificial (IA), computación cuántica, biotecnología, robótica, telecomunicaciones avanzadas, sistemas cibernéticos, energía avanzada y semiconductores reconfiguran producción, finanzas, seguridad, defensa y soberanía estatal (World Intellectual Property Organization [WIPO], 2025).
La pandemia de 2020 reveló, además, el carácter estratégico de la biotecnología. Vacunas, biofabricación, edición genética y biología sintética dejaron de ser asuntos exclusivamente sanitarios para convertirse en instrumentos de seguridad nacional, soberanía farmacéutica y poder económico (Ferrazzini, 2025). La capacidad de producir insumos biomédicos, proteger cadenas de suministro y controlar patentes comienza a perfilarse como un indicador de poder estratégico.
El desplazamiento tecnocientífico global es significativo. El Critical Technology Tracker del Australian Strategic Policy Institute muestra un ascenso sostenido de China en múltiples sectores estratégicos —baterías, drones, materiales avanzados e ingeniería genética—, mientras Estados Unidos mantiene ventajas decisivas en diseño de microchips avanzados, IA de frontera, computación cuántica, defensa aeroespacial e innovación disruptiva (Australian Strategic Policy Institute [ASPI], 2025).
Sin embargo, la competencia tecnológica no puede comprenderse únicamente como una rivalidad bipolar. Han emergido potencias especializadas con capacidades diferenciadas: India consolida liderazgo en software, farmacéutica y servicios digitales; Corea del Sur domina segmentos clave de chips, baterías y telecomunicaciones; Japón conserva ventajas en robótica, manufactura avanzada y materiales estratégicos; Alemania mantiene fortalezas en automatización industrial; y Reino Unido continúa siendo relevante en biotecnología e inteligencia artificial.
Rusia, frecuentemente subestimada en indicadores occidentales, conserva capacidades relevantes en energía nuclear, sistemas hipersónicos, defensa aeroespacial, guerra electrónica y ciberoperaciones, funcionando más como una superpotencia tecnomilitar estratégica que como una superpotencia tecnológica civil diversificada. Su desempeño en conflictos recientes demuestra que los indicadores de innovación no siempre reflejan plenamente la capacidad efectiva de resistencia y proyección estatal.
No obstante, el dominio tecnológico depende también del acceso a recursos estratégicos. La transición energética y la digitalización requieren litio, cobre, hidrocarburos, cobalto y tierras raras indispensables para baterías, sistemas energéticos avanzados e infraestructura tecnológica.
La IA descansa, además, sobre una infraestructura menos visible pero decisiva: los semiconductores. Sin microchips avanzados no existe supercomputación, armamento inteligente, soberanía digital ni autonomía algorítmica. De allí la centralidad geopolítica de Taiwán y el papel estratégico de Japón, Corea del Sur y Países Bajos en segmentos esenciales de la cadena global de microprocesadores.
Sin embargo, los conflictos recientes en Ucrania y Medio Oriente muestran los límites del paradigma tecnológico occidental. La ventaja en IA militar, drones o armamento sofisticado no garantiza automáticamente victorias estratégicas definitivas. Persisten variables clásicas del poder —resiliencia estatal, autonomía energética, capacidad industrial, cohesión política y adaptación militar— que los rankings tecnológicos no capturan plenamente.
Por ello, las tecnologías críticas constituyen una condición necesaria, aunque no suficiente, de hegemonía. La superioridad tecnológica requiere articularse con capacidad industrial, poder militar, legitimidad política y autonomía energética para traducirse en predominio geopolítico efectivo. La hegemonía contemporánea no depende únicamente de la innovación, sino de la capacidad para convertir conocimiento en poder estructural.
En consecuencia, el conflicto central del siglo XXI no consiste solamente en controlar territorios o materias primas, sino en monopolizar las infraestructuras capaces de producir dependencia económica, militar, financiera y cognitiva. La disputa por el poder global transita así desde la geopolítica del territorio hacia una geopolítica del conocimiento y de los sistemas tecnológicos críticos.
América Latina: riqueza estratégica y vulnerabilidad estructural
América Latina ocupa una posición paradójica dentro del orden mundial contemporáneo: es geológicamente estratégica, pero tecnológicamente dependiente. La región posee recursos decisivos para la transición energética, la IA y la industria avanzada —litio, cobre, biodiversidad, hidrocarburos y potencial energético—; sin embargo, carece de soberanía sobre semiconductores, IA de frontera, computación cuántica e infraestructura digital avanzada. Exporta materias primas e importa tecnología, patentes y alto valor agregado (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2025).
La subordinación regional presenta un carácter dual. Respecto a Estados Unidos persiste una dependencia financiera, tecnológica y digital, expresada en plataformas, servicios en la nube, cadenas manufactureras y sistemas de innovación. Frente a China predomina una relación comercial-extractiva centrada en minerales, energía e infraestructura. América Latina oscila así entre el nearshoring estadounidense y la expansión económica china, sin consolidar todavía una estrategia autónoma de inserción internacional (CEPAL, 2022).
A esta disputa tecnocientífica debe añadirse un factor clásico aún decisivo: petróleo y gas. Aunque el discurso sobre transición energética enfatiza baterías, hidrógeno verde y descarbonización, el sistema mundial continúa dependiendo de combustibles fósiles para transporte, petroquímica, fertilizantes, industria pesada y generación eléctrica. La transición energética no supone una sustitución inmediata, sino una coexistencia prolongada entre energías convencionales y nuevas tecnologías.
En este contexto, América Latina mantiene una relevancia geopolítica considerable. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo; Brasil fortalece su posición energética mediante el presal, responsable de buena parte de su producción petrolera; y Argentina adquiere centralidad con Vaca Muerta, uno de los principales reservorios globales de gas y petróleo no convencional.
En México, los recursos estratégicos se distribuyen territorialmente de manera diferenciada: Sonora concentra los principales yacimientos de litio; el noreste destaca por el gas natural; mientras Campeche y Tabasco continúan siendo el núcleo petrolero nacional. Esta configuración otorga al país relevancia simultánea en la disputa energética y mineral del siglo XXI.
El denominado Triángulo del Litio —Argentina, Bolivia y Chile— sintetiza la contradicción estructural latinoamericana: concentra gran parte de las reservas mundiales conocidas, pero el refinamiento, la industrialización y la captura de valor agregado permanecen principalmente fuera de la región, particularmente en China. América Latina aporta insumos estratégicos sin controlar plenamente la innovación, las patentes ni las cadenas tecnológicas avanzadas (Australian Strategic Policy Institute [ASPI], 2025).
Existen, no obstante, capacidades parciales de autonomía. Brasil conserva fortalezas en aeronáutica, biotecnología y energía; México participa activamente en cadenas manufactureras norteamericanas; y Argentina mantiene nichos relevantes en tecnología nuclear y espacial. Sin embargo, ningún país latinoamericano puede considerarse plenamente soberano en tecnologías críticas (CEPAL, 2025).
La cuestión decisiva para la región ya no consiste únicamente en poseer recursos estratégicos, sino en industrializarlos, controlar cadenas tecnológicas y construir soberanía científico-industrial propia. De lo contrario, América Latina corre el riesgo de reproducir una nueva fase de dependencia: ayer exportó plata, petróleo o alimentos; hoy podría limitarse a exportar litio, biodiversidad, hidrocarburos y datos, mientras el conocimiento, las patentes y las ganancias estratégicas permanecen concentrados en las grandes potencias.
Capital humano y soberanía tecnocientífica
La vulnerabilidad tecnocientífica no constituye solo una consecuencia del subdesarrollo, sino una de sus expresiones estructurales. La ausencia de autonomía científico-industrial se traduce en baja inversión en investigación, sistemas educativos débiles y escasa articulación entre universidad, industria, innovación y seguridad nacional.
La disputa por las tecnologías críticas depende menos de la mera posesión de recursos naturales que de la capacidad para formar científicos, ingenieros y tecnólogos capaces de sostener procesos de innovación, industria y defensa. India gradúa anualmente entre 1.2 y 1.5 millones de ingenieros; Rusia, hasta 500 mil; e Irán, pese a las sanciones internacionales, entre 230 y 300 mil, preservando capacidades relevantes en defensa, energía nuclear y tecnología estratégica (UNESCO, 2025; Worldometer, 2026).
El contraste latinoamericano resulta significativo: Brasil forma entre 110 y 130 mil ingenieros al año; México entre 120 y 140 mil; y Argentina entre 30 y 40 mil (World Bank, 2025). La diferencia no es únicamente cuantitativa; expresa distintos niveles de prioridad estatal otorgados a ciencia, tecnología e industrialización.
La consecuencia geopolítica es clara: sin capital humano especializado no existe soberanía tecnológica efectiva. La región permanece atrapada en una jaula geopolítica donde exporta recursos estratégicos mientras importa innovación, patentes y capacidades de alto valor agregado.
Como advierte Shoshana Zuboff, el control de datos, plataformas digitales e infraestructura informacional configura nuevas formas de acumulación y asimetría de poder (Zuboff, 2019). La dependencia ya no opera únicamente mediante deuda, comercio desigual o subordinación financiera, sino también a través de arquitecturas digitales que concentran información, vigilancia y capacidad de decisión.
En la misma dirección, Alfredo Jalife-Rahme ha advertido que la competencia global se desplaza hacia corredores energéticos, rutas logísticas, infraestructura digital y disputas monetarias (Jalife-Rahme, 2022). Bajo esta lógica, América Latina aparece más como un espacio de disputa entre potencias que como un actor con autonomía estratégica.
De forma simultánea, tanto gobiernos progresistas como libertarios suelen privilegiar disputas ideológicas o culturales mientras relegan una cuestión estructural: en numerosos casos, países como China, India, Rusia e Irán fortalecieron márgenes de autonomía mediante políticas sostenidas de industrialización, educación científica y soberanía tecnológica concebidas como razón de Estado.
Algunas conclusiones
El punto decisivo del siglo XXI ya no radica únicamente en la riqueza o la fuerza militar, sino en el control de tecnologías capaces de generar dependencia estructural y reorganizar el orden mundial. Ayer fueron las rutas comerciales, el carbón y el petróleo; hoy son algoritmos, microchips, biotecnología y conocimiento aplicado.
La IA constituye uno de los núcleos del poder contemporáneo al influir en vigilancia, finanzas, seguridad y decisiones estratégicas. Sin embargo, la superioridad tecnológica solo adquiere eficacia geopolítica cuando se articula con capacidad industrial, autonomía energética y fortaleza estatal.
La subordinación tecnocientífica convierte a América Latina más en un espacio de disputa geoeconómica que en un actor autónomo. Aunque posee litio, hidrocarburos y minerales estratégicos, su limitada capacidad científico-industrial restringe soberanía e influencia internacional.
La región corre el riesgo de consolidarse como una periferia extractiva de potencias como Estados Unidos, China y Rusia. En la Tercera Modernidad, la dominación opera crecientemente mediante el control del conocimiento, las patentes, las plataformas digitales y las tecnologías críticas: una nueva forma de colonialidad tecnocientífica.
Referencias:
• Australian Strategic Policy Institute. (2025). Critical technology tracker. Australian Strategic Policy Institute.
• Castells, Manuel. (2009). Communication power. Oxford University Press.
• Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2022). Un camino digital para el desarrollo sostenible de América Latina y el Caribe. Naciones Unidas.
• Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2025). Superar las trampas del desarrollo de América Latina y el Caribe en la era digital: El potencial transformador de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial. Naciones Unidas.
• Ferrazzini, A.. (2025). Quantum, diplomacy, and geopolitics.
• Jalife-Rahme, Alfredo. (2022). Geopolítica de la multipolaridad. Editorial Orfila.
• UNESCO. (2025). UNESCO science report 2025.
• World Bank. (2025). World development indicators.
• World Intellectual Property Organization. (2025). Global innovation index 2025.
• Worldometer. (2026). Population data.
• Zuboff, Shoshana. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.



