FALANGES
Luis Adalberto Maury Cruz

El estrecho de Ormuz o el orden que dejó de operar

06 de Mayo de 2026

Luis Adalberto Maury Cruz


FALANGES: El estrecho de Ormuz o el orden que dejó de operar

Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com

¿Estamos ante una crisis geopolítica coyuntural en el Estrecho de Ormuz o frente a la manifestación de una transformación estructural del orden internacional? ¿Es este conflicto un episodio más de tensión o el síntoma visible del agotamiento de un orden que, durante décadas, organizó la economía, la seguridad y el sentido mismo de la estabilidad global? Y, más aún, ¿puede la guerra seguir funcionando como mecanismo eficaz de orden o asistimos ya a la pérdida de su capacidad organizadora dentro del sistema internacional?
El estrecho de Ormuz entre hechos, datos y narrativas
El Estrecho de Ormuz vuelve a colocarse en el centro del tablero global, pero su centralidad no responde únicamente a la coyuntura, sino a su función estructural. Por este corredor transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial —entre 17 y 20 millones de barriles diarios—, además de flujos críticos de gas natural licuado, lo que convierte a Ormuz en uno de los principales puntos de estrangulamiento energético del sistema internacional (U.S. Energy Information Administration [EIA], 2026; International Energy Agency [IEA], 2026).
Entre una cuarta y una tercera parte del comercio mundial de fertilizantes —incluyendo hasta la mitad de los nitrogenados— depende del Estrecho de Ormuz, lo que lo convierte no solo en un corredor energético, sino en un nodo estructural de la seguridad alimentaria global (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo [UNCTAD], 2026; Food and Agriculture Organization [FAO], 2026).
El Estrecho de Ormuz forma parte, además, de un corredor estratégico de infraestructura digital. Cables submarinos como FLAG, SEA-ME-WE y FALCON enlazan Europa y Asia en una red por la que circula la mayor parte del tráfico global de datos, convirtiendo a Ormuz no solo en un nodo energético, sino también comunicacional (International Telecommunication Union [ITU], 2026; TeleGeography, 2026).
Por lo tanto, no se trata de un punto geográfico más: es un nodo de circulación. Lo que ahí se tensiona no es únicamente una relación bilateral ni una escalada regional; es la continuidad de los flujos que sostienen la economía global. Reducir el conflicto a la relación entre Estados Unidos e Irán no solo simplifica el problema: desactiva su significado. Tampoco puede omitirse el factor israelí como detonante y componente estructural de la confrontación.
Ormuz no es un episodio; es una superficie de visibilidad. Lo que ahí aparece no es una crisis dentro del orden internacional, sino la evidencia de que ese orden ha comenzado a perder capacidad operativa. Durante décadas, la estabilidad se sostuvo en la articulación entre poder militar, control energético y dominación financiera —petrodólar—. Hoy, esa articulación persiste, pero ya no produce los mismos efectos. La fuerza continúa presente; lo que se ha debilitado es su capacidad de organización.
Por eso, más que hablar de crisis, conviene precisar: el orden unipolar estadounidense no está en colapso; ha dejado de ser plenamente funcional. Sus instrumentos no han desaparecido, pero han perdido eficacia. La presencia militar no garantiza estabilidad; la disuasión no asegura contención; la intervención no produce orden. A mayor despliegue, menor capacidad de estabilización: esa es la paradoja que comienza a definir el momento histórico.
Esta paradoja no se limita al ámbito militar. Los mercados energéticos nunca habían estado tan integrados; sin embargo, esa integración no genera estabilidad, sino exposición permanente a la disrupción. Basta una amenaza sobre Ormuz para que los precios del crudo reaccionen de inmediato, trasladando incertidumbre a las cadenas de suministro, los costos logísticos y la seguridad alimentaria y digital.
Del mismo modo, la guerra no ha desaparecido; se ha vuelto más frecuente, más difusa y más híbrida, pero simultáneamente menos resolutiva. Se combate más, pero se resuelve menos. El conflicto ya no cierra: se prolonga.
Lo que emerge de este conjunto de tensiones no es una anomalía, sino un desplazamiento histórico. Los mecanismos que durante décadas sostuvieron la reproducción del sistema han perdido eficacia sin que haya surgido aún un principio organizador capaz de sustituirlos. No se trata solamente de una transición entre potencias, sino de una fase histórica en la que el centro de acumulación comienza a desplazarse, mientras la anterior conserva fuerza, pero pierde capacidad de estructurar el conjunto. La hegemonía no desaparece: se vuelve insuficiente.
En términos de Immanuel Wallerstein, las crisis estructurales del sistema-mundo capitalista –estadounidebse-- no expresan únicamente conflictos entre Estados, sino momentos históricos en los que los mecanismos de reproducción de la hegemonía pierden capacidad de estabilización, mientras emergen disputas por la reorganización del sistema global (Wallerstein, 2005).
En ese contexto, el problema ya no es únicamente quién posee más poder, sino quién puede definir qué es orden, qué es amenaza y qué es estabilidad. Durante décadas, esa capacidad estuvo relativamente concentrada en Washington; hoy se encuentra en disputa. Irán emerge como potencia regional en Medio Oriente, aun cuando Israel mantiene una condición de potencia nuclear.
La intervención estadounidense e israelí ya no producen consenso; la disuasión ya no garantiza obediencia y la decisión ya no organiza el sistema. Lo que se erosiona no es únicamente el poder, sino la narración que lo hacía inteligible.
La narrativa occidental —desde The New York Times hasta The Washington Post— continúa interpretando la crisis bajo categorías de “seguridad” y “estabilidad”, aun cuando la arquitectura que sostenía ese orden ha comenzado a perder eficacia (The New York Times, 2026; The Washington Post, 2026). El despliegue militar estadounidense ya no garantiza estabilidad; apenas contiene, y cada vez con menor capacidad, una dinámica que lo rebasa.
En este contexto, The Guardian enfatiza el riesgo humanitario y Financial Times la volatilidad energética y la fragilidad de las cadenas de suministros (The Guardian, 2026; Financial Times, 2026). Por su parte, Global Times, RT y Sputnik interpretan la crisis como evidencia del debilitamiento de la hegemonía occidental y del avance de una realidad multipolar (Global Times, 2026; RT, 2026; Sputnik, 2026). La Associated Press, en contraste, privilegia un registro descriptivo basado en hechos militares y diplomáticos (Associated Press, 2026), aunque ese enfoque corre el riesgo de naturalizar un orden en transformación.
Las narrativas mediáticas reflejan esta fragmentación. Mientras algunos medios occidentales insisten en categorías como “seguridad” y “estabilidad”, otros introducen la mediación, la multipolaridad o incluso el agotamiento del orden vigente como claves interpretativas. No se trata únicamente de diferencias editoriales: lo que está en juego son marcos de interpretación incompatibles. El mundo sigue siendo el mismo en términos materiales, pero ya no lo es en términos de sentido.
En este escenario, la cobertura basada exclusivamente en hechos —movimientos militares, declaraciones oficiales o advertencias diplomáticas— permite registrar el conflicto, pero no comprenderlo. Hace visible el acontecimiento, pero no la transformación que lo atraviesa. En esa medida, corre el riesgo de presentar como continuidad lo que en realidad constituye una mutación histórica.
El núcleo del problema se desplaza entonces del territorio a la circulación. El poder ya no se define primordialmente por la ocupación de espacios, sino por el control de flujos energéticos, logísticos, alimentarios y digitales. Ormuz concentra esa lógica: su importancia no radica únicamente en su geografía, sino en su función como punto de estrangulamiento de la economía global. Interrumpir o garantizar esos flujos se convierte en la forma contemporánea del poder que Irán ejerce desde su soberanía.
Este desplazamiento reconfigura también el plano simbólico. Durante décadas, Occidente no solo dominó: definió el significado mismo del orden internacional. Hoy, esa capacidad se debilita. No se trata simplemente de una crisis de legitimidad, sino de la pérdida de capacidad para imponer las categorías con las que se interpreta el mundo. La hegemonía persiste como fuerza, pero se erosiona como principio organizador del sentido.
En ese marco, la hipótesis se vuelve inevitable: el orden internacional no está colapsando por la guerra, sino porque la guerra ha dejado de poder sostenerlo. La guerra no desaparece; cambia de función. Ya no organiza el sistema: lo desestabiliza. No resuelve el conflicto: lo prolonga. No produce orden: introduce incertidumbre.
Algunas conclusiones
El Estrecho de Ormuz no es el origen de la crisis, sino su punto de visibilidad. En él convergen la circulación energética global, la vulnerabilidad de los mercados, la competencia entre potencias y la crisis de los marcos de interpretación. Lo que está en juego no es únicamente un equilibrio regional, sino la forma misma en que el sistema internacional se organiza.
No estamos ante una crisis coyuntural, sino frente al agotamiento de un orden unipolar estadounidense que ha dejado de ser plenamente funcional. La persistencia del poder no contradice este proceso; lo evidencia en su incapacidad de producir estabilidad.
La guerra ha perdido su función histórica como mecanismo de organización del sistema internacional. No desaparece, pero ya no ordena. Se convierte, cada vez más, en un factor de desorganización estructural.
El dato decisivo no es que exista conflicto, sino que el conflicto ha dejado de cumplir la función que lo hacía central en la arquitectura del sistema. En ese sentido, Ormuz no explica la crisis: la revela.

Referencias
Associated Press. (2026). Cobertura sobre las tensiones en el Estrecho de Ormuz y Medio Oriente. Associated Press.
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). (2026). Informe sobre comercio marítimo y cadenas globales de suministro. Naciones Unidas.
Financial Times. (2026). Energy markets and Strait of Hormuz instability. Financial Times.
Food and Agriculture Organization (FAO). (2026). Global fertilizer markets and food security assessment. Naciones Unidas.
Global Times. (2026). US decline and multipolar restructuring in the Middle East. Global Times.
International Energy Agency (IEA). (2026). Oil market and global energy security report. IEA.
International Telecommunication Union (ITU). (2026). Global submarine cable infrastructure and digital connectivity report. ITU.
RT. (2026). Hormuz tensions and the decline of Western hegemony. RT.
Sputnik. (2026). Multipolarity and geopolitical transformation in the Persian Gulf. Sputnik.
TeleGeography. (2026). Submarine cable map and global internet infrastructure analysis. TeleGeography.
The Guardian. (2026). Humanitarian implications of escalation in the Strait of Hormuz. The Guardian.
The New York Times. (2026). Security concerns and geopolitical tensions in the Strait of Hormuz. The New York Times.
The Washington Post. (2026). US strategy and instability in the Persian Gulf. The Washington Post.
U.S. Energy Information Administration (EIA). (2026). World oil transit chokepoints: Strait of Hormuz. U.S. Department of Energy.
Wallerstein, I. (2005). Análisis de sistemas-mundo: una introducción. Siglo XXI Editores.