Civilización y martirologio iraní: un acercamiento al Estado-civilización
08 de Julio de 2026
Luis Adalberto Maury Cruz
FALANGES: Civilización y martirologio iraní: un acercamiento al Estado-civilización
Luis Adalberto Maury Cruz
lmaury_cruz@hotmail.com
La geopolítica del siglo XXI ya no puede explicarse exclusivamente desde la lógica del Estado-nación. La consolidación de un orden multipolar ha devuelto a las civilizaciones un papel central como sujetos históricos capaces de articular identidad, poder y soberanía. En este escenario, los conflictos internacionales trascienden las disputas territoriales para expresar la confrontación entre proyectos civilizatorios y distintas concepciones del orden mundial.
Irán constituye uno de los ejemplos más representativos de esta transformación. Su comportamiento geopolítico solo puede comprenderse desde una perspectiva civilizatoria en la que convergen la herencia persa, el islam chiita y la continuidad histórica del Estado. En la Tercera Modernidad, Irán actúa como un Estado-civilización cuya proyección regional y global rebasa las categorías convencionales de territorialidad, nación o teocracia.
Sobre las civilizaciones y los Estados
La civilización no se reduce a una cultura, una etnia o un Estado. Constituye una unidad histórica, geográfica, política y espiritual de larga duración que integra pueblos vinculados por una memoria colectiva, valores, tradiciones religiosas, instituciones y una determinada concepción del mundo.
En la Tercera Modernidad, las civilizaciones recuperan protagonismo como grandes sujetos históricos de la geopolítica. Mientras los Estados pueden surgir, transformarse o desaparecer, las civilizaciones perduran durante siglos, adaptándose a distintas formas de organización política e imprimiendo a los Estados las bases culturales y simbólicas de su identidad, más allá de lo nacional.
De estas premisas surge el concepto de Estado-civilización, entendido como una forma de organización política en la que el sistema de instituciones públicas, la política interna y las relaciones internacionales responden no solo a una identidad nacional moderna, sino también a una identidad civilizatoria de larga duración. Esta trasciende las fronteras territoriales y articula elementos históricos, culturales, religiosos y geopolíticos que otorgan continuidad al proyecto político.
Autores como Samuel P. Huntington y Aleksandr Dugin, desde perspectivas diferentes, coinciden en reconocer a las civilizaciones como unidades históricas de gran alcance. Estas se definen por una memoria colectiva, un territorio simbólico y una cosmovisión compartida capaces de proyectar poder político, económico, tecnológico, militar y cultural.
En paralelo, la mente humana se ha convertido en un nuevo espacio de disputa estratégica. En ella confrontan narrativas distintas: una vinculada con las tradiciones históricas, espirituales, religiosas y culturales de las civilizaciones, y otra asociada al paradigma neoliberal universalista que, aunque atraviesa un proceso de desgaste, conserva una influencia significativa en sectores de Europa Occidental, amplios sectores del Partido Demócrata de Estados Unidos e instituciones del orden internacional construido tras la Guerra Fría.
Desde esta perspectiva, el sistema internacional atraviesa una fase de transición hacia una estructura multipolar cada vez más definida. Lo que retrocede es la pretensión de un sistema unipolar sustentado en la hegemonía política, económica y cultural de Occidente, aunque dicha influencia permanece vigente en diversos ámbitos institucionales, financieros, tecnológicos y mediáticos.
La multipolaridad civilizatoria no implica la desaparición del conflicto, sino la coexistencia y competencia entre distintas visiones del mundo. Su estabilidad dependerá del equilibrio entre grandes espacios civilizatorios, del predominio del realismo político y del reconocimiento de la pluralidad histórica de los pueblos.
Bajo esta lógica, algunos Estados constituyen expresiones políticas de civilizaciones históricas cuya permanencia trasciende las coyunturas gubernamentales. Irán es uno de los casos más significativos, pues su comportamiento estratégico no puede interpretarse únicamente desde la lógica del Estado-nación ni desde la dimensión religiosa del islam, sino como la manifestación contemporánea de una matriz civilizatoria que integra la herencia persa, el chiismo y una sólida tradición estatal.
Irán: una civilización que habla a través de su Estado
En Occidente suele reducirse a la República Islámica de Irán a la imagen de un régimen enfrentado con Estados Unidos e Israel. Esta interpretación resulta insuficiente para comprender su comportamiento geopolítico. Irán no es únicamente un Estado ni exclusivamente una teocracia; es heredero de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, cuya identidad integra la tradición persa, el islam y, particularmente, el chiismo. Esta continuidad explica por qué su política exterior y su concepción de la soberanía responden a una lógica que trasciende las categorías convencionales de la geopolítica clásica.
Con una población aproximada de 92 millones de habitantes en 2025, Irán posee uno de los sistemas educativos más desarrollados de Medio Oriente. Su tasa de alfabetización adulta se ubica alrededor del 88 %, mientras que entre la población joven supera el 97 %, como resultado de la expansión de la educación básica y superior durante las últimas décadas (World Bank, 2025; UNESCO Institute for Statistics, 2025).
Esta base educativa ha permitido la formación de un importante capital humano orientado hacia la ciencia, la ingeniería y la tecnología. De acuerdo con indicadores internacionales de educación superior, Irán se encuentra entre los países con mayor número de egresados en áreas de ingeniería, manufactura y construcción, con más de 100 mil graduados anuales en estos campos. Esta capacidad científica ha contribuido al desarrollo de sectores estratégicos como la industria aeroespacial, la energía nuclear, la nanotecnología, la biotecnología, la inteligencia artificial y la ciberseguridad.
Estas capacidades han fortalecido la resiliencia iraní frente a décadas de sanciones económicas internacionales, permitiéndole desarrollar políticas orientadas hacia la autonomía tecnológica y la soberanía científica (UNESCO Institute for Statistics, 2025; World Bank, 2025).
Aunque cerca del 99 % de la población iraní profesa el islam y entre el 90 y el 95 % pertenece al chiismo duodecimano, reducir a Irán exclusivamente a su dimensión religiosa conduce a una interpretación incompleta. El islam constituye una civilización amplia y diversa; el chiismo representa una de sus principales corrientes doctrinales, mientras que Irán constituye el núcleo histórico de la civilización persa, la cual incorporó el islam sin abandonar su lengua, su memoria histórica ni su tradición estatal.
La islamización transformó profundamente a Persia, pero no sustituyó su identidad civilizatoria. A partir del siglo XVI, con la dinastía safávida, el chiismo duodecimano se convirtió en fundamento religioso del Estado, dando origen a una síntesis singular entre la herencia persa y una cosmovisión islámica propia. Desde entonces, la legitimidad del poder político iraní se ha construido sobre la convergencia entre continuidad histórica, identidad religiosa y soberanía estatal.
Reconocer a Irán como un Estado-civilización no implica desconocer su diversidad interna. La sociedad iraní integra múltiples grupos étnicos —persas, azeríes, kurdos, baluches, árabes, turcomanos y otros—, además de una importante pluralidad lingüística, cultural, generacional y política. Uno de los principales desafíos históricos del Estado iraní ha consistido precisamente en articular esa diversidad bajo una narrativa civilizatoria común, capaz de preservar la cohesión nacional sin eliminar la complejidad social que caracteriza al país.
Aunque los chiitas representan aproximadamente entre el 10 y el 12 % de la población musulmana mundial, constituyen la mayoría en Irán e Irak y poseen en Qom y Najaf sus principales centros de formación religiosa. Su influencia política y estratégica rebasa ampliamente su peso demográfico, convirtiendo al chiismo en uno de los actores fundamentales de la geopolítica de Medio Oriente.
En este contexto, la política exterior iraní expresa una identidad simultáneamente persa, chiita e islámica. Persa, por la continuidad de una civilización milenaria; chiita, por la legitimidad religiosa que estructura su sistema político; e islámica, por su pertenencia a una comunidad civilizatoria más amplia. Esta triple dimensión permite comprender por qué Irán concibe la defensa de su soberanía como la preservación de una identidad histórica y no únicamente como la protección territorial de un Estado.
Bajo esta perspectiva, las guerras del siglo XXI ya no pueden interpretarse exclusivamente como disputas por recursos, fronteras o equilibrios militares. También expresan la confrontación entre proyectos históricos, identidades culturales y modelos diferenciados de organización política. En ese escenario, Irán no actúa únicamente como un actor estatal, sino como la manifestación política de una civilización que reivindica más de dos milenios de continuidad histórica y que busca preservar su autonomía frente a las presiones de un sistema internacional en transformación.
Comprender a Irán desde esta clave analítica permite interpretar de manera distinta el significado de su liderazgo político. En un Estado-civilización, la máxima autoridad no representa solamente el vértice institucional del poder, sino la síntesis entre tradición histórica, legitimidad religiosa y dirección estratégica del Estado.
Es precisamente desde esta lógica que debe analizarse la figura del ayatolá Ali Khamenei. Su liderazgo no solo articuló la conducción política de la República Islámica, sino que representó la continuidad histórica de un proyecto civilizatorio cuya influencia rebasa las fronteras iraníes.
Ali Khamenei: martirio y reconfiguración
geopolítica de Medio Oriente
Comprender a Irán como un Estado-civilización permite dimensionar el significado estratégico de su máxima autoridad. En una estructura política donde convergen la tradición persa, la legitimidad religiosa del chiismo y la conducción estatal, el Líder Supremo representa mucho más que la cúspide institucional del poder. Su figura sintetiza la identidad histórica sobre la que descansa la cohesión política de la República Islámica y su proyección regional e internacional.
Por ello, cualquier acción dirigida contra esa figura trasciende el ámbito estrictamente militar y adquiere dimensiones simbólicas, religiosas y geopolíticas. El asesinato del ayatolá Ali Khamenei, ocurrido el 28 de febrero de 2026 durante los ataques estadounidenses e israelíes contra objetivos estratégicos iraníes, constituyó un acontecimiento de gran relevancia para Medio Oriente y para la evolución del orden multipolar. Su desaparición puso fin a casi cuatro décadas de liderazgo al frente de la República Islámica e inició una nueva etapa de redefinición política interna, regional y global.
Desde la perspectiva militar, la operación puede analizarse dentro de la lógica del ataque de decapitación del liderazgo (leadership decapitation), una doctrina orientada a eliminar los principales centros de decisión política y estratégica de un adversario para reducir su capacidad de respuesta. Sin embargo, en el caso iraní, el objetivo trascendía la neutralización de una estructura de mando, pues alcanzaba el núcleo simbólico del sistema político surgido después de la Revolución Islámica de 1979, basado en la convergencia entre religión, soberanía nacional y resistencia frente a las presiones externas.
Esta estrategia se inserta dentro de una lógica de guerra asimétrica, en la que actores con capacidades militares convencionales superiores enfrentan a Estados que recurren a formas alternativas de defensa, combinando profundidad estratégica, redes regionales, capacidades tecnológicas, operaciones informativas y lo que diversos analistas denominan una estrategia de mosaico, basada en la dispersión, la adaptación y la combinación de múltiples instrumentos de poder.
La dimensión política de este acontecimiento solo puede comprenderse desde la tradición histórica chiita. En esta cosmovisión, el martirio no representa una búsqueda voluntaria de la muerte, sino el sacrificio de la vida en defensa de la justicia, la verdad y la dignidad colectiva. Desde el martirio del imán Husayn ibn Ali, en la batalla de Karbalá, en el año 680, esta idea se convirtió en uno de los fundamentos espirituales, éticos y políticos del chiismo.
Desde esta perspectiva, la narrativa oficial iraní interpretó el asesinato de Khamenei dentro del paradigma del martirio: no únicamente como una pérdida política, sino como un acontecimiento incorporado a una memoria histórica de resistencia y continuidad civilizatoria. En la cultura política chiita, el mártir deja de ser solamente una víctima para convertirse en un símbolo de identidad, legitimidad y cohesión comunitaria.
Las ceremonias fúnebres desarrolladas del 4 al 9 de julio de 2026 en Teherán, Qom, Najaf, Karbalá y Mashhad adquirieron una dimensión que trascendió el ámbito estrictamente religioso. Las exequias funcionaron también como una demostración de continuidad institucional, movilización social y reafirmación del proyecto histórico iraní. Más que un acto de despedida, constituyeron una expresión simbólica de permanencia del Estado-civilización frente a un escenario de confrontación internacional.
La sucesión de Khamenei representa, por tanto, mucho más que un relevo administrativo. Durante casi cuatro décadas articuló la relación entre el clero, el Estado, la Guardia Revolucionaria, las Fuerzas Armadas y la política exterior iraní. Su desaparición abre una etapa de redefinición del liderazgo dentro de una potencia regional cuya influencia trasciende sus fronteras y participa activamente en la disputa por el nuevo equilibrio multipolar.
Más allá del caso iraní, este episodio refleja una transformación profunda de la guerra contemporánea. Los conflictos actuales ya no se desarrollan exclusivamente en el campo militar convencional; incorporan sanciones económicas, presión financiera, operaciones cibernéticas, guerra informativa, confrontación cognitiva y competencia tecnológica. La lucha estratégica se despliega simultáneamente sobre territorios, infraestructuras críticas, sistemas económicos y la capacidad de las sociedades para construir narrativas de legitimidad.
En este contexto, conflictos como los de Ucrania, Irán y Taiwán representan escenarios interconectados de una transición histórica: el paso de un orden predominantemente unipolar hacia una estructura multipolar caracterizada por la competencia entre Estados, civilizaciones y modelos diferenciados de organización política, económica, tecnológica y cultural.
El asesinato de Ali Khamenei simboliza, así, el cierre de una etapa política y la apertura de una nueva fase en la evolución del Estado-civilización iraní. Su significado geopolítico no reside únicamente en la desaparición de un líder, sino en la capacidad de un acontecimiento histórico para movilizar memoria, identidad y voluntad política.
En la Tercera Modernidad, donde las civilizaciones recuperan centralidad como actores de la política mundial, el caso iraní demuestra que el poder no depende exclusivamente de los recursos materiales o de las capacidades militares, sino también de la profundidad histórica de sus narrativas colectivas y de la capacidad de transformar civilización, cultura y memoria en estrategia geopolítica.
Algunas conclusiones
La geopolítica de la Tercera Modernidad ya no puede comprenderse exclusivamente desde la lógica del Estado-nación. El escenario contemporáneo evidencia el retorno de las civilizaciones como sujetos históricos capaces de articular identidad, memoria colectiva, soberanía y proyectos de poder. En el orden multipolar emergente, los conflictos internacionales no expresan únicamente disputas territoriales o estratégicas, sino también la competencia entre distintas narrativas civilizatorias y modelos de organización política.
Desde esta perspectiva, el concepto de Estado-civilización permite interpretar nuevas formas de poder sustentadas en la memoria histórica, la identidad cultural y una visión propia del orden mundial. Irán representa este modelo al integrar la herencia persa, el chiismo y una tradición estatal milenaria, en la que la soberanía no se limita al control territorial, sino que implica la preservación de una continuidad histórica y civilizatoria.
En la multipolaridad contemporánea, el poder no dependerá únicamente de las capacidades militares o económicas, sino también de la fortaleza cultural, científica, tecnológica e institucional de las civilizaciones. La Tercera Modernidad se caracteriza por la coexistencia, la competencia y la negociación entre diversos espacios civilizatorios que buscan definir la arquitectura del nuevo orden mundial.
El orden multipolar no supone únicamente una redistribución del poder entre los Estados, sino también el retorno de las civilizaciones como actores históricos de primer orden. En este escenario, la capacidad estratégica dependerá tanto del potencial económico, científico y militar como de la fortaleza de las identidades colectivas, de la legitimidad política y de la preservación de la memoria histórica. Comprender a Irán desde la categoría de Estado-civilización permite advertir que las disputas del siglo XXI ya no se libran exclusivamente por el control del territorio, sino también por el significado de la historia, la soberanía y la continuidad cultural de los pueblos.
Referencias
Dugin, A. (2012). The Fourth Political Theory. Arktos.
Huntington, S. P. (1996). The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Simon & Schuster.
UNESCO Institute for Statistics. (2025). Education data and statistics. UNESCO.
World Bank. (2025). Iran, Islamic Rep. — Education and population indicators. World Development Indicators.
United Nations Population Fund. (2025). State of World Population 2025. United Nations Population Fund.
Reuters. (2026). Coffin of slain Iranian supreme leader arrives in Iraq's Najaf, Iraqi state TV says.
Associated Press. (2026). What to know about the funeral and burial of Iran's Supreme Leader Ayatollah Ali Khamenei.
Al Jazeera. (2026). Iran announces funeral and burial arrangements for late Supreme Leader Khamenei.



