¿Bailar o Escribir?
David Martín del Campo

UN MIRLO BLANCO

13 de Abril de 2026

David Martín del Campo


Por David Martín del Campo / Tenía 29 años y se transportó como pudo a ese rincón del país. Era septiembre de 1955, el servicio meteorológico vaticinaba de posibles tormentas arribando al litoral quintanarroense, como ya había ocurrido semanas atrás con el huracán Hilda.

Y el territorio caribeño enfrentó ese nuevo ciclón. El 30 de septiembre, dictándolo por vía telefónica, el despacho del reportero afirmaba: “El huracán Janet tocó ayer las costas del Caribe mexicano dejando un sudario de horror y destrucción que suma ya 97 muertos, en su mayoría niños. Se puede afirmar que Chetumal, la capital de este territorio, ha dejado de existir”. Firmaba la nota el osado reportero Julio Scherer García.
Estos días se cumplen cien años de nacimiento del, quizás, más destacado periodista del siglo XX mexicano. Una semblanza de él, publicada por Arno Burkholder en las páginas de Letras Libres, refiere que el inquieto jovencito no se conformó con iniciar las carreras de Jurisprudencia y Filosofía en la Universidad Nacional, y así fue a dar (recomendado por su padre) a la redacción del diario Excélsior, que dirigía Rodrigo de Llano. De “office-boy” y “hueso” no pasó el primer año, pero poco a poco fue comprendiendo ese oficio de colmillo, astucia y filantropía.
Muy pronto el joven Julio Scherer aprendió las claves y mañas que ejercían, en ese oficio, Enrique Borrego, Carlos Denegri, Luis Spota y el mismo Regino Hernández Llergo (director de Impacto) quien, al conocer su insobornable honradez, lo bautizó como “el mirlo blanco” del periodismo de aquel entonces. (Un mirlo, como todos recordarán, es negro renegrido).
Su desempeño y buen oficio lo llevaron a dirigir el periódico iniciando el año de 1968, hasta el golpe administrativo ocurrido en julio de 1976, y que fue auspiciado por el gobierno de Luis Echeverría. Así lo cuentan las hemerotecas: los reportajes, artículos y entrevistas de esos dos años (1974 y 75) eran feroces en cuanto al despilfarro y desatino de las medidas gubernamentales. Las firmas de Daniel Cosío Villegas, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Froylán López Narváez, Miguel Angel Granados Chapa, Vicente Leñero, Ángel Trinidad Ferreyra, Carlos Monsiváis, así como las caricaturas de Abel Quezada irritaron tanto al gobierno, que se decidió ese “golpe interno” manipulando una asamblea de cooperativistas que decidió la expulsión de Scherer y su equipo. Para bien.
A poco de eso los periodistas proscritos decidieron fundar una publicación igualmente crítica e insobornable. Así nació, en noviembre de 1976, la revista Proceso, cuya lectura fue obligatoria para mi generación. Los cartones de Naranjo, las colaboraciones de José Emilio Pacheco, los artículos de Heberto Castillo y Ricardo Garibay.
Decíamo que para bien fue el golpe de Echeverría al periodismo que representaba don Julio, ya que la embestida provocó la multiplicación de medios analíticos y esclarecedores que poco a poco fueron poblando los kioskos de prensa… después de Proceso, los diarios Unomásuno (luego LaJornada), Reforma, Milenio (en sustitución del viejo Novedades), El Financiero, El Heraldo (refundado), La Crónica, La Razón…
Los jueves por la tarde, a la hora del café en el Vip's de Plaza California, era muy divertido encontrarse en la mesita del rincón a Vicente Leñero, don Julio, el jesuita Enrique Maza, Carlos Marín… callaban sus secretos de Estado y me saludaban. La secta se reunía ahí en preparación de la junta que decidiría la edición de Proceso, a dos cuadras de ahí.
La escisión aquella que me permitió tratar, y cruzar alguna copa, con reporteros, jefes y editores como René Arteaga, Manuel Becerra Acosta, Jorge Hernández Campos, Rodolfo Roja-Zea, Rafael Cardona, Raymundo Riva Palacio, Carlos Duayhe, Antonio Andrade, Enrique Loubet, David Siller, Abelardo Martín, Jaime Avilés, Antonio Marimón, Carmen Lira, Agustín Gutiérrez Canet, José Manuel Fortuny, Guadalupe Irízar, Javier Molina, Ramón Márquez, Víctor Avilés, Ramón Colombo y Eduardo Deschamps quien, después de entrevistar a Brigitte Bardot en el Aeropuerto Internacional, a instancias de ella se bebieron una botella de champagne en el Ambassadeur de Reforma.
Y todo por la honorabilidad de don Julio. A mucha honra.


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