Pienso, luego resisto
Fernando Tranfo

Escándalo en la Universidad de Berlín! ¡Schopenhauer insulta a Hegel!

28 de Agosto de 2017

Fernando Tranfo


¡Hola amigos de México! Hace un par de semanas que no les escribo, pero tengo una razón más que entendible: estaba abocado a algunas ideas a las que quería darle forma, y me tomé un tiempo a tal efecto.

No, no me crean nada. Quienes amamos la filosofía solemos mal utilizarla para zafar del incordio que significa justificar que en ocasiones pasan semanas enteras sin que hagamos cosa alguna, y entonces disfrazamos esa inacción improductiva: no hacer, de supuesta acción productiva: pensar. Se sabe que la Filosofía es una disciplina que admite innumerables definiciones y una de ellas, bien podría ser: “Disciplina que sirve para justificar las sagradas ganas que tiene uno de no hacer nada”.

Bien, lo cierto es que por mis tierras pasó algo en los últimos días que me llevó a escribir esta columna, que ahora comparto con ustedes y que generó su extraño, irónico y espero que atrapante título.

Lo que pasó es bien sencillo, aunque nada en el universo lo es, porque como bien sabemos desde que los meteorólogos, para justificar que no aciertan nunca con sus pronósticos, inventaron el “efecto mariposa”, un hecho sencillo puede desembocar en una cascada de eventos desmesurados y dramáticos.

El hecho: editorial XXX, una de las más prestigiosas dedicadas al mundo de la Filosofía, ha sacado un serie maravillosa de textos, a un precio que por ahora parece (al menos para quienes creen en ella) una caricia al alma (y para quienes no creen en ella, será una suelta de serotonina). Estos textos, como a veces ocurre, se venden en los puestos de periódicos y revistas, lo cual permite (o al menos me permite a mí, que ya saben soy de pensar cosas extrañas) abordar algunas cuestiones urgentes, que ya mismo pasamos a explorar.

Punto 1 – Una de las cosas que produce estas efusiones de textos filosóficos al alcance de casi cualquier bolsillo, es una mezcla en dosis iguales de alegría e indignación. Alegría porque, créanme, todavía me cuesta entender cómo por el mismo precio de una pizza (común, sin palmitos, jamón u otro artificio que pudiera encarecerla) tengo en mis manos un libro de hermosa edición, cinco kilos de peso y cuyo contenido, amén de una introducción impecable, son… ¡los primeros dieciocho diálogos platónicos! Ahhh…no se me ocurre nada que pueda depararme tanto placer, salvo, desde luego, que Mónica Belucci me mire a los ojos y me diga que le gusta mi último corte de pelo. La contracara de esta sensación agradable es mirar mi biblioteca, sentirme un perfecto idiota y ver que en ella, como riéndose de mí, hay un montón de volúmenes claramente inferiores en calidad editorial y ni qué hablar en contenido (soy un platónico ferviente…eso sí, si Mónica Belucci me mira a los ojos abandono mi platonismo en un nanosegundo), cuyo precio ha quintuplicado cómodamente el de este volumen hermoso (hermoso como el rostro de Mónica Belucci…prometo que no hablo más de Mónica Belucci).

Punto 2 – Pregunta que se desprende del punto 1: ¿Por qué cobran tan caros los libros si luego, las mismas editoriales, demuestran que se pueden vender mucho más baratos? Una respuesta posible es que el hecho de venderlos en puestos de periódicos abarata su costo… Hummm, no me convence el argumento, porque en ese caso uno debería pensar que un vino fino, que en una vinoteca vale 1000 pesos, vendido en un drugstore debería valer 50. La otra opción a pensar es que, como tantas veces ocurre, se le cobra un “impuesto al tonto” a quien va a la librería, porque hay como una especie de pacto implícito: quien concurre allí está dispuesto a pagar lo que sea por el libro que fue a buscar o que terminó encontrando. Esto también se entiende desde otra perspectiva: si alguien va a un puesto de revistas y le piden un despropósito por un libro es probable que termine diciendo “No, no, no tengo tanto dinero…por favor, deme en último número de revista Tribuna deportiva…”, cosa que no ocurre en las librerías porque, como bien se sabe, allí cualquier libro, por banal que sea su contenido vale como si fuera la primera versión de la Divina Comedia.

Punto 3 – Otra cuestión a abordar es si termina por ser una ventaja o una desventaja que quien nos vende el libro no sea literalmente un librero. Sé que son costumbres y como tales pueden variar con los usos, pero estamos habituados a esos vendedores de barba copiosa, anteojos caídos y camisas a cuadros marrones y grises; o bien a esos o esas jóvenes de apariencia inexorablemente filo marxista, que no solo fingen haber leído todos los libros del mundo, sino que a menudo opinan cuando nadie les ha pedido tal cosa (ejemplo: agarrás el libro X y te dicen: “¿Leíste W? Es mucho mejor, para mí en esta novela el tipo ya medio como que repite esquemas…”). También es cierto que los libreros no saben por lo general dónde queda tal o cuál parada de autobús (omito la información sobre calles porque el impiadoso GPS ha abolido esa potestad; de todos modos, de vez en cuando, le pregunto a algún diariero por alguna calle para que sientan que pueden seguir cumpliendo esa sagrada función).

Punto 4 – Y llegamos, por fin, al verdadero propósito de este ensayo (o al verdadero ensayo de este propósito): ¿puede afectar la abundancia de libros filosóficos los hábitos del clásico vendedor de periódicos? Sí, claro que puede (y acaso deba, porque esa es la función de la filosofía). De hecho yo me enteré de la venta de esta nueva serie de textos filosóficos porque la diariera (como llamamos en Buenos Aires a la persona que atiende un puesto de periódicos) de mi barrio tuvo una actitud extraña, o por lo menos no común, que convocó mi curiosidad. La mujer, al igual que los taxistas y otros militantes de la comunicación urbana, tiene el hábito de comentar las minucias del día luego de haber hojeado, a primerísima horas, las buenas nuevas de los periódicos. Pero la semana pasada, con el mismo tono con que a veces me comenta que Boca Juniors compró un delantero o que el ministro de energía volvió a anunciar un aumento en las tarifas, me dijo como al pasar: “Hola Fernando, cómo le va… ¿se enteró lo que andan diciendo…que Dios habría muerto?”. Me llamó la atención por supuesto la agudeza del comentario y principalmente el uso del potencial, tan caro a las conjugaciones del periodismo. Como yo estoy siempre de buen ánimo para filosofar, no quise ahondar respecto de dónde había sacado semejante información,así que fui al grano: “Eso lo dijo Nietzsche, pero él no dijo “habría” sino “ha” muerto…”. “Ah sí, pero bueno…si algo he aprendido de tanto leer noticias es que una debe cubrirse, porque el hombre dice que nosotros lo hemos matado, y yo no me voy a hacer cargo de semejante hecho…se imagina la condena que pueden darme…además yo creo en Dios…”. Con el correr de los días mi diariera favorita evolucionó exponencialmente en su conocimiento de las grandes teorías filosóficas de todos los tiempos: una tarde le pregunté por una calle y me dijo: “De esta esquina son doce cuadras, pero igual no vaya porque nunca va a llegar…el espacio es infinitamente divisible…”. Otro día, comentando el polémico divorcio entre una actriz y un futbolista, me dijo: “¿Vio? Se separaron Julio Velásquez y Jessica Gordon…parece que, a pesar de la imagen que daban, se odiaban más que Hegel y Schopenhauer…”. Ayer a la mañana pasé y la vi llevando trabajosamente las pilas de periódicos y revistas de un lado a otro: “Parezco Sísifo – me dijo -…y a veces pienso que Camus tenía razón en plantear lo absurdo de toda tarea humana…”.

Punto 5 – No sé ustedes, pero yo me planteo seriamente la posibilidad de no comprar más libros en librerías. No veo ninguna razón (algo importante para un amante de la filosofía) para seguir gastando semejante parva de dinero en libros que tal vez dentro de unos meses podré adquirir a bajísimo precio, mientras además me abandono en hermosos debates con mi diariera filósofa. Es más, no creo que sea inadecuado reemplazar la Feria del libro por un encuentro de vendedores de periódicos.

Mañana mismo iré a comprar al puesto de mi barrio la próxima entrega de Filosofía, a bajísimo costo, con altísima alegría, con la hermosa satisfacción de no sentirme estafado. Y con la secreta esperanza de encontrar, en alguna revista, una nota a Mónica Belucci.

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