¿Bailar o Escribir?
David Martín del Campo

DESPACITO

04 de Julio de 2017

David Martín del Campo


DESPACITO

Por David Martín del Campo

¿Cuál es la prisa? Vivimos 77 años, muy buenos, si antes no nos atropellan o nos dan un balazo. Así que volvamos a la pregunta de origen, cuál es la prisa para llegar a la meta, si la hay, y si no la hay… con mayor razón, ¿cuál es?

El INE ya sacó la tarjeta amarilla antes de la sanción. Aquel que se quiera pasar de listo y asome en los medios su alegre rostro anunciando la redención del país a través del voto ciudadano (desde ahorita)… será sancionado por quererse pasar de listo. Así que todos a trabajar (es cierto, ¿en qué trabaja un precandidato?), a merendar su atolito y ampararse a San Judas Tadeo, patrono de las causas desesperadas, aunque también al otro, el Iscariote, que es el apóstol de la traición.

La melodía ha revolucionado al medio. “Despacito, deja que te diga cosas al oído; sabes que tu corazón hace bam-bam; pasito a pasito, suave suavecito, lo vamos pegando poquito a poquito…” la canción de Luis Fonsi se ha convertido en la sensación musical del año desbancando en idioma español a “Macarena”, la melodía que en 1996 puso de moda Bill Clinton en sus fiestas.

La duda, entonces, persiste. ¿Despacio y bien, o rápido y al a’i se va? La respuesta podría estar en la melodía interpretada por el portorriqueño Daddy Yankee, que lleva más de dos mil millones de visitas en internet y se canturrea en todos los antros del mundo (búsquenlo en Youtube). Es una melodía que festeja la sensualidad latina o, como advierte la reseña en inglés, “reggaeton-pop song about having sexual relationship in a smooth and romantic way”.
La disputa es por la velocidad. Hay los que prefieren saltarse las normas y correr a 150 kilómetros por hora, o los que se ciñen al reglamento y no pasan de los 60; cada quien. Los primeros son parientes de Speedy González, el simpático ratoncito que al grito de ¡yépale, yépale, yépale! se escabullía de todos los peligros (o del Correcaminos, que lo mismo, ¡bip-bip!, dejaba a Rufo el Coyote con el costal en las manos). Los otros son los seguidores de José Alfredo Jiménez, cuando adelantándose a Daddy Yankee nos advertía en su canción homónima, “Despacito, muy despacito se fue metiendo en mi corazón”, con mentiras y cariñitos…”

Ideólogo del trago pausado, José Alfredo nos legó ese apotegma nacional que reza “después me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”. No había prisa, murió a los 47 años, y como adalid de la flema abajeña nos advirtió antes de morir, “poco a poco, me voy acercando a ti; poco a poco se me llenan los ojos de llanto” porque, insistía su verso, ¿cuál es la prisa?

En los años del radicalismo nos quejábamos, como ahora, de que nada cambiaba y todo permanecía igual. Era necesario transformar el mundo de raíz, acabar con los símbolos, alcanzar el cielo de la redención (proletaria) en un santiamén… (¿dónde he vuelto a escuchar lo mismo?). Se nos advertía, entonces, que padecíamos de “prisa histórica”. Fum, de un golpe, dar la voltereta a las relaciones sociales… Una de las consignas coreadas bajo la mirada hostil de los granaderos, entonces, era: “¡arriba los de abajo, abajo los de arriba!”. Será por eso que nunca dejamos de estar en medio.

La contraparte está en las pantallas de cine. “Rápido y furioso”, la película estelarizada por el fortachón Vin Diessel, lleva ya ocho versiones más o menos similares: la violencia que acompaña a los poseedores de los autos deportivos es el requisito para la fama furiosa, la testosterona “reloaded”, la masculinidad del supremo octanaje.

Todo a su paso, ha venido a recordarnos el boricua Luis Fonsi, obligando a zafarnos del imperio inmediatista del twitter y el whatsap. Con calma y nos amanecemos, despacito, sin comer ansias, falta un año, precisamente, para las elecciones del 18, así que no pierdan la cabeza, ¿cuál es la prisa?, se los dice el arriero, aunque su corazón haga bam-bam.

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