Pienso, luego resisto
Fernando Tranfo

En estado de Grecia…

03 de Julio de 2017

Fernando Tranfo


En estado de Grecia…

Desde hace unos años, viene ocurriendo en Argentina un fenómeno que no me atrevo a afirmar sea moneda corriente en otras latitudes: la filosofía se ha puesto de moda.

Hay programas de televisión sobre filosofía, espacios radiales superpoblados de gente que opina sobre filosofía, políticos que tienen entre su equipo de asesores (y tal vez, entre sus guardaespaldas) a ciertos hombres que se presentan a sí mismos, no sin cierta soberbia, como filósofos. Incluso, en los últimos meses, se han multiplicado las obras de teatro en las que se mixturan los debates filosóficos con otras formas de la creatividad humana como la música, la actuación o la gastronomía. Que yo sepa, la moda aún no ha alcanzado al cine, pero no sería extraño que pronto alguna película llamada “Kant y el imperativo categórico” desaloje a “Rápidos y furiosos 23” del primer lugar de la taquilla.

Dicho esto, sé que alguno se apresurará a abrazarme, mientras me susurra al oído “Qué bueno Fer…es como tu gran sueño cumplido…”.

Y no, no es tan así. Es verdad que en mi condición de profesor de filosofía no puedo menos que alegrarme al ver que aquellas perplejidades tantas veces acusadas de exóticas, inútiles y delirantes, hoy son parte del paisaje cotidiano en los medios, los espacios públicos y las charlas ocasionales. Pero esto, como todas las cosas de la vida, es más complejo de lo que parece (o, como siempre ocurre, es más complejo de lo que parece para quienes amamos la filosofía). Examinemos, pues, algunos aspectos de este extraño fenómeno.

Primero: no sé si es tan bueno que algo (en este caso, filosofar) se transforme en moda. Como bien decía Oscar Wilde, la moda es algo tan poco importante que hay que cambiarla cada tres meses (no sé si esta frase es de Oscar Wilde, pero yo tiendo a pensar que el 80% de las frases geniales son de Wilde…el otro 20%, desde luego, son mías). Digo, no sería extraño, que estas actividades que hoy se multiplican pronto sean reemplazadas por el crossfit, el parapente, el feng shui o el sexo grupal.

Segundo: si bien es cierto que esta multiplicación de “filosofadas” es importante, no es exponencial. No es que vas al carnicero y, mientras te corta un kilo de bola de lomo te dice “Hay días en que me pregunto si los humanos tenemos derecho a matar un animal para alimentarnos…”, que algunos muchachos mientras están viendo un partido de fútbol y el árbitro cobra un penal inexistente reflexionan: “No llamemos a esto injusticia, reservemos esa palabra para cosas más importantes…” o que la bioquímica de la esquina de mi casa cuando me entrega los análisis clínicos me dice “Por ahora te dieron bien, pero ya sabés, tarde o temprano la muerte nos llega a todos…” .

Tercero: en verdad, si nos remitimos a la filosofía tal como era en su surgimiento, veremos que no tenía nada que ver con esos seres serios, ensimismados, meditabundos, que hablan una jerga solo entendible para ellos mismos (y uno sospecha que ni tal vez para ellos). La filosofía comenzó en las plazas, en los gimnasios, en las ferias, y fue allí, en los gloriosos recovecos de la vida cotidiana griega, donde emergieron esos enigmas que todavía hoy nos convocan como humanos.

Cuarto: no sé si, en el fondo, uno quiere que todo el mundo se vuelva súbitamente sensible a los misterios del ser, porque en ese caso, ¿qué papel termina por jugar uno, que siempre ha ejercido la profundidad como nota distintiva? ¿Qué sentido tiene poner cara de torturado por los enigmas de la existencia si en la pizzería todos tiene la misma cara?

Quinto (en realidad primero, porque de esto quería hablarles):
efectivamente toda actividad, por profana y vulgar que sea, puede combinarse con el ancestral deseo de hurgar los secretos del cosmos y de la existencia. Con dos de mis grandes amigos, Nacho Maciel y Santo Sclafani, hemos compartido rutinarias tareas en que los burdos avatares de la actividad física terminaron desembocando en los agudos problemas de la metafísica.

Comencemos por Nacho. En los fundacionales garabatos de una amistad que hoy es firme y bella, supimos compartir la pileta de natación de un club de barrio. Allí, durante los primeros días, nos abocamos al duro entrenamiento al que nos sometía nuestro implacable profe. Pero a poco que los días pasaron, los secretos de la brazada mariposa fueron desalojados por los cada vez más inagotables y feroces secretos de la filosofía. Seguramente estimulados por el agua elemental, de la que todo procede según Tales (el primer filósofo), pronto las grandes cuestiones del logos nos arrebataron. Un día simulamos correr una carrera estilo crol, dándonos ventaja el uno al otro, pero en realidad estábamos recreando la aporía de Aquiles y la tortuga (que hoy podría llamarse, como nota de actualidad, la carrera entre Michael Phelps y yo). Con la suma de las jornadas, sabiendo que ir de un lado al otro de la pileta era un trabajo de Sísifo, nos quedamos en un ángulo reflexionando, debatiendo, llorando de a ratos.

El profe, consciente de que los nuestro era en serio, no nos llamaba la atención sino que, por el contrario, nos estimulaba a enfrentar cada vez mayores desafíos: “Fíjense si pueden demostrar la objetividad de los valores morales…y de paso hagan cinco largos de pecho, ida y vuelta…”. Una tarde estuvimos a punto de entender el concepto de “dasein” en Heidegger, pero justo nos interrumpieron unos petulantes púberes, en plena (e irreflexiva) faena natatoria. Huelga decir que con el tiempo comprendimos que era más lógico (y barato) filosofar en otros lugares, aunque en verdad lo que nos alejó de la pileta, nobleza obliga reconocerlo, fue un frustrado proyecto: con Nacho habíamos intentado fundar la “Acuasofía”, pero no tuvimos éxito, quiero decir que propusimos eso como actividad del club, pero excepto nosotros dos, todo el resto de la gente prefirió actividades absurdas como acuaerobics o spinning acuático. Una vez más, para solaz de los anti platónicos, las apetencias del cuerpo triunfaron sobre los alados propósitos del alma.

Con Santo, mi otro amigo patafísico, probamos con otro deporte filosófico, al que denominamos, “Aerosofía”, aunque esta vez sin pretensiones de extenderlo al resto de la humanidad. En un principio (era el verbo, diría San Juan) comenzamos trotando a velocidad de treintañeros en el parque, pero pronto nuestras capacidades físicas declinaron y debimos aminorar la marcha. Pocos saben que, en verdad, eso fue un problema filosófico. Ocurre que a velocidad trote, es una empresa ardua hablar de filósofos como Schopenhauer o Wittgenstein, pues su pronunciación es imposible en estado de fatiga. Así es que nuestras charlas comenzaron a redundar en pensadores como Locke (“loc”), Hume (“Jium”) o Kant (“Kant”) sencillamente porque podíamos pronunciar sus nombres entre inspiración y expiración. Si bien es cierto que durante muchos días fingimos que estos eran los filósofos más importantes para disimular nuestra falta de aire, en un momento preferimos caminar, para poder así nombrar tranquilos a Husserl, a Protágoras y a Aristóteles.

En esas caminatas, comprendimos que un parque es el escenario ideal para abordar todos los extraños problemas que han acuciado a las mentes filosóficas de todas las épocas. El implacable paso del tiempo, representado en esos jóvenes que nos pasaban a toda velocidad; los efectos devastadores del capitalismo, patentes en esas fábricas químicas que lanzan sus desechos al arrollo que rodea el parque; la anomia de la sociedad, hecha carne en esa manada de perros que preside el cartel que dice “prohibido el ingreso al parque con perros”; los misterios del amor y el deseo, exhalando de esa parejita que se besa como si fuera la primera o última vez; la condición endeble de la percepción, cuando comprobamos que eso que a cien metros parecía un árbol es en verdad un custodio. Con mi amigo nos animamos incluso a conjeturar sobre vidas pasadas; hay algunos perros en los cuales ya reconocimos a nuestros padres, y una tarde una paloma se obstinó en mirarme de una manera ciertamente impropia de animales tan poco expresivos, mientras caminaba formando ciertos patrones matemáticos, hecho que nos permitió suponer que se trataba de Pitágoras. Ese clima de sosiego y libertad intelectual es ideal, además, para que aparezcan elucubraciones que brillan por su ausencia en otros escenarios como el autobús, el supermercado o el pub; de hecho, una cálida mañana de primavera, casi sin proponérnoslo, logramos demostrar la existencia de la realidad fuera de la mente que la percibe.

El sábado pasado, mientras desandábamos los metros finales de la segunda vuelta al parque, con Santo ya estábamos a punto de descubrir el sentido de la vida, pero justo pasó una morocha hermosa en patines y no pudimos seguir concentrados en semejante aguda especulación.

Prometo que si logramos resolver ese misterio, ustedes serán los primeros en enterarse.

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